El agua nunca olvida CAPÍTULO 10 #12
68%

CAPÍTULO 10 #12

Sandra asintió, aunque no estaba segura de poder obedecer si aquella llamada se repetía. Había en ella algo insoportablemente persuasivo, no porque prometiera poder o salvación, sino porque sonaba a reconocimiento.

Continuaron por el corredor hasta alcanzar la abertura.

La estancia que se desplegó ante ellos no era grande, pero poseía una solemnidad que ningún tamaño habría podido mejorar.

Se trataba de una cámara circular excavada en roca negra, con siete nichos abiertos en las paredes y un pozo en el centro.

El agua de aquel pozo era exactamente como Manuel la había descrito: negra de una negrura que no parecía depender de la falta de luz, sino de una cualidad propia, como si no reflejara el mundo porque pertenecía a otro lugar.

Sandra levantó la linterna hacia los nichos y sintió que el corazón se le detenía durante un instante.

En seis de ellos había nombres grabados en la piedra; Álvaro Soutelo, Tomás Barreiro, Xaquín Veiga, Elisa Fandiño, Carmela Salgado y Manuel Gómez.

El séptimo nicho estaba vacío, pero la piedra que lo rodeaba permanecía húmeda, como si alguien hubiera pasado recientemente la mano sobre ella preparando el lugar donde debía escribirse el último nombre.

Laura se acercó despacio, enfocó el hueco vacío y luego miró a Sandra.

No necesitó decir nada. A veces la realidad resulta tan brutalmente explícita que cualquier comentario sólo consigue empeorarla.

Entonces, desde el interior del pozo, ascendió una voz que imitaba perfectamente la melodía infantil de Daniel Lago, y Sandra comprendió que aquello ya no la estaba llamando desde la oscuridad. La estaba llamando desde su propia infancia.

Sandra sintió que la melodía ascendía por el interior de la cámara como una corriente tibia en mitad de aquel frío subterráneo.

No sonaba exactamente en sus oídos, aunque tampoco podía decir que estuviera sólo dentro de su cabeza.

Era una música colocada en un lugar intermedio, en esa frontera imprecisa donde los recuerdos dejan de pertenecer al pasado y empiezan a actuar sobre el presente con una fuerza inesperada.

La niña que había sido reconoció la canción antes que la mujer adulta, y quizá por eso el primer impulso no fue retroceder ni pedir ayuda, sino acercarse al pozo con la docilidad emocional de quien escucha, después de muchos años, una voz asociada a una protección que nunca llegó a comprender.

Laura percibió el movimiento antes de que Sandra llegara a dar el primer paso. No la agarró con brusquedad, porque algo en aquella cámara desaconsejaba los gestos violentos, pero sí apoyó una mano firme sobre su brazo y la obligó a mirarla.

—No des ni un paso más —dijo en voz baja—.

Si esa cosa está usando la voz de tu padre, lo hace porque sabe que funciona.

Y te lo digo con todo el cariño profesional del que soy capaz a estas horas: cuando algo que vive en un agujero bajo una fuente empieza a cantarte canciones de infancia, lo razonable es sospechar que no busca darte un abrazo.

Sandra asintió, aunque la expresión del mismo tardó en llegar.

La melodía seguía allí, repitiéndose con una dulzura obstinada, y cada nota parecía traer consigo imágenes incompletas: una habitación en penumbra, una manta de lana sobre sus piernas, el olor a leche caliente y una sombra inclinada junto a la cuna.

No sabía si aquellos recuerdos eran suyos o habían sido fabricados por la presencia del pozo con materiales robados a su memoria familiar.

Esa duda resultaba más cruel que cualquier visión, porque ponía en cuestión incluso las pocas cosas hermosas que creía conservar de un padre al que jamás había conocido.

Fernando iluminó el borde del pozo procurando no dirigir el haz directamente hacia el agua.

Había aceptado, al menos de forma provisional, que mirar demasiado aquella superficie podía tener efectos perceptivos o psicológicos peligrosos.

En otra circunstancia habría hablado de sugestión, de estrés extremo o de respuesta neurofisiológica ante estímulos ambiguos.

Allí abajo, sin embargo, esas palabras sonaban ridículamente pequeñas.

El pozo medía quizá dos metros de diámetro y estaba rodeado por una piedra lisa, desgastada en algunas zonas como si muchas manos se hubieran apoyado allí a lo largo de siglos.

En el borde interior distinguió marcas circulares, restos de pigmento oscuro y pequeñas incisiones que parecían formar una secuencia.

—Hay grabados —murmuró—. No son decorativos. Parecen instrucciones.

Manuel se acercó con la cautela de quien regresa a un lugar donde dejó enterrada la parte más luminosa de su juventud.

La luz de la linterna reveló que su rostro había cambiado desde que entraron en la cámara.

Ya no parecía únicamente cansado, sino erosionado por una tristeza antigua que la piedra, el agua y el silencio parecían devolverle multiplicada.

—No son instrucciones —dijo Manuel—. Son advertencias. Quienes construyeron esta cámara no intentaban abrir el paso, sino impedir que volviera a abrirse. Nosotros creímos haber descubierto un secreto antiguo y en realidad habíamos encontrado una tumba que todavía cumplía su función.

Laura dirigió la luz hacia los siete nichos.

Los nombres grabados parecían más recientes que el resto de las marcas, y esa diferencia le permitió aferrarse durante unos segundos a una observación concreta.

Todo allí mezclaba épocas de una forma insoportable: una cámara que tal vez era prerromana, símbolos sin alfabeto reconocible, nombres contemporáneos incrustados en piedra antigua y una llave que parecía haber esperado a Sandra durante décadas.

Las investigaciones criminales, incluso las más complejas, suelen desarrollarse en una línea temporal relativamente clara.

Aquella, en cambio, se había convertido en un ovillo donde pasado, presente y futuro se contaminaban mutuamente.

—Si esto era una tumba, ¿qué enterraron? —preguntó.

Manuel miró hacia el agua sin llegar a contemplarla directamente.

—No lo sé. Y ésa es la respuesta más honesta que puedo darle.

Los viejos del valle hablaban de algo que llegó antes que los hombres, aunque quizá ni siquiera eso sea correcto.

Tal vez no llegó nunca, tal vez estuvo siempre aquí; en el hambre, en la sed y en esa parte de nosotros que desea seguir existiendo a cualquier precio.

Los curas lo llamaron demonio porque necesitaban una palabra que encajara en sus sermones.

Los supersticiosos hablaron de un espíritu del río.

Mi abuelo decía que era memoria sin alma, y con los años he llegado a pensar que tal vez fue quien más cerca estuvo de comprenderlo.

La melodía se detuvo de pronto, aunque no de manera brusca.

Simplemente dejó de repetirse, como si la presencia del pozo hubiera decidido que aquella estrategia ya no era necesaria.

En su lugar llegó un murmullo de voces superpuestas, algunas masculinas, otras femeninas, unas jóvenes y otras viejas, todas mezcladas en una corriente baja y continua que recordaba al sonido de una multitud hablando detrás de una pared gruesa.

Sandra creyó reconocer entre ellas la voz de su madre cuando era joven, la de su abuelo en tardes de invierno y quizá incluso la suya propia de niña, aunque no se permitió escuchar lo suficiente para comprobarlo.

La llave volvió a calentarse en su mano.

Esta vez el calor fue más intenso y estuvo acompañado de una presión hacia el pozo, como si el metal quisiera regresar al lugar donde había sido concebido.

Sandra apretó los dedos hasta sentir que los bordes se clavaban en la palma.

No iba a soltarla pues había pasado demasiadas horas descubriendo que otros habían tomado decisiones por ella, y esa conciencia despertaba una obstinación nueva, un deseo casi feroz de participar por fin en la escritura de su propia historia.

—¿Dónde está la cerradura? —preguntó.

Manuel no respondió enseguida. Miró el borde del pozo y después los siete nichos, como si buscara una confirmación que quizá no deseaba encontrar.

Finalmente señaló una zona situada al otro lado de la cámara, donde la pared presentaba una hendidura vertical parcialmente oculta por depósitos de cal y humedad.

—Ahí. Pero cerrar no significa simplemente girar la llave. Para que el cierre funcione, el séptimo nombre debe ser rechazado por quien lo lleva.

—Traducción para policías agotadas, por favor —protestó Laura, levantando la linterna hacia él.

El anciano aceptó el reproche con un gesto leve.

—Sandra tiene que renunciar a lo que el pozo le ofrezca. No a cualquier cosa, sino a aquello que más desee recuperar. Ésa es la forma que adopta siempre. No devora mediante el miedo, sino mediante la promesa.

La frase produjo un efecto inmediato en Sandra.

Supo, con una certeza que no necesitaba razonamiento, qué le ofrecería aquel lugar.

No poder, ni riqueza, ni una explicación completa de la historia familiar.

Le ofrecería a su padre. No la sombra incompleta que había tarareado desde la cocina, sino Daniel Lago entero, vivo en algún sentido imposible, capaz de mirarla a los ojos y decirle todas las palabras que el silencio le había robado.

La tentación resultaba tan poderosa que sintió vergüenza de sí misma por reconocerla.

A veces el deseo no necesita ser justo para ser comprensible.

Fernando, que observaba las marcas de la pared, intervino con una prudencia extraña.

—Si esto funciona como un mecanismo psicológico, la prueba no consiste en resistir una imagen cualquiera, sino en sostener la identidad frente a una reconstrucción emocional perfecta. Sería como una alucinación dirigida a los puntos de mayor vulnerabilidad.