CAPÍTULO 10 #13
—Gracias, Fernando. Has conseguido que una maldición familiar bajo una fuente parezca una oposición de psiquiatría — Laura lo miraba con cansancio sin saber que los comentarios de aquel forense, aquel gran profesional y amante eventual, representaban la cuerda que la mantenía unida a la realidad.
Sandra avanzó hacia la hendidura señalada por Manuel.
Cada paso resultó más difícil que el anterior, no porque el suelo se moviera ni porque una fuerza invisible la empujara hacia atrás, sino porque las voces del pozo comenzaban a ordenarse alrededor de una sola.
La melodía infantil regresó entonces, más baja, más cercana, y una voz masculina la acompañó con palabras que ella no recordaba haber escuchado nunca y que, sin embargo, reconoció como propias de una intimidad perdida.
—Miña nena, non teñas medo.
Sandra cerró los ojos un instante y sintió que algo se quebraba dentro de ella.
No era un engaño burdo, ni una imitación cualquiera.
Aquella voz contenía una ternura tan precisa, tan ajustada a un hueco que llevaba toda la vida abierto, que habría sido mucho más fácil creer en ella que resistirse.
Comprendió entonces por qué tantas personas habían caído antes.
El hambre que habitaba aquel lugar no imponía su voluntad.
Simplemente ofrecía a cada uno aquello que su corazón llevaba años pidiendo en secreto.
Laura se colocó a su lado sin tocarla. Había comprendido, quizá mejor que todos, que aquella batalla no podía librarla nadie en lugar de Sandra.
Sin embargo, eso no significaba abandonarla.
A veces acompañar consiste precisamente en permanecer cerca mientras otra persona cruza una puerta que uno no puede atravesar.
—No sé qué estás oyendo —dijo la inspectora—, pero sí sé una cosa. Si tiene que usar una voz que quieres para convencerte, es porque no puede obligarte. Y si no puede obligarte, todavía tienes ventaja.
Sandra abrió los ojos. Aquella frase, sencilla y áspera como casi todo lo que salía de Laura cuando intentaba consolar a alguien, hizo más por ella que cualquier oración.
Miró la hendidura de la pared, levantó la llave y la introdujo con una firmeza que no sabía que aún le quedaba.
El metal encajó sin resistencia. Desde el pozo ascendió un susurro que pronunció su nombre con un dolor casi humano… y entonces vio a Daniel…
Ya no era una sombra, un reflejo o una ausencia, sino un joven, empapado, con los ojos claros que ella había heredado sin saberlo y una sonrisa temblorosa de padre que encuentra por fin a una hija perdida.
Sandra sintió que todas las explicaciones, todos los muertos y todos los horrores de la noche se reducían a aquella figura.
Daniel extendió una mano hacia ella y no hubo amenaza alguna en el gesto.
Sólo amor, o algo que se le parecía con una perfección insoportable.
—Sólo tienes que decir mi nombre —susurró él—. Y podré volver.
La llave tembló dentro de la cerradura. Sandra comprendió que aquella era la elección verdadera.
No se trataba de cerrar una puerta de piedra, sino de aceptar que algunas ausencias no pueden repararse sin destruir a los vivos que quedan alrededor.
Pensó en su madre, envejecida por guardar un secreto imposible; en Manuel, condenado por intentar sobrevivir; en Laura, que seguía a su lado sin entender del todo y aun así dispuesta a pelear contra lo que hiciera falta; y finalmente pensó en sí misma, en la niña que había crecido escuchando una canción al otro lado de las paredes y en la mujer que ya no quería vivir arrodillada ante una ausencia.
—No —dijo, y aunque la palabra fue baja, no necesitó repetirla—. Tú no eres mi padre. Eres lo que sabe que lo echo de menos.
El rostro de Daniel cambió apenas un instante, lo suficiente para revelar detrás de la ternura una oscuridad antigua y hambrienta.
Sandra giró la llave con toda la fuerza de su cuerpo.
Esta vez el metal cedió, y la cámara entera respondió con un temblor profundo que hizo caer polvo y gotas de agua desde el techo.
El pozo comenzó a agitarse como una garganta que intenta expulsar algo demasiado grande para su propia abertura.
Manuel gritó una advertencia, pero su voz quedó sepultada por el bramido que ascendió desde el pozo.
Laura agarró a Sandra por la cintura y tiró de ella hacia atrás justo cuando una forma oscura se elevó sobre la superficie, sin llegar a emerger por completo.
Nadie pudo verla con claridad, y quizá eso los salvó.
Era una masa de agua, sombra y rostros incompletos, una acumulación de deseos robados y nombres olvidados que durante siglos había aprendido a imitar aquello que los hombres amaban para poder alimentarse de ellos.
Fue entonces cuando la llave terminó de girar y la oscuridad del pozo pronunció, con la voz de todos los muertos del valle, el nombre de Sandra una última vez…
La voz se extinguió en el mismo instante en que la llave completó el giro, pero el eco de aquel último “Sandra” quedó suspendido en la cámara con una persistencia antinatural, como si el nombre no hubiera sido pronunciado por una garganta, sino por la propia piedra.
El temblor que recorría el suelo aumentó de intensidad y se propagó por las paredes negras en forma de vibraciones profundas que recordaban al estremecimiento de un organismo herido.
El agua del pozo comenzó a hundirse sobre sí misma formando un remolino oscuro, aunque la palabra agua resultaba cada vez menos adecuada para describir aquello.
No se comportaba como un líquido ordinario.
Su superficie se plegaba y desplegaba con la lentitud de un tejido vivo, y las luces de las linternas desaparecían en ella sin producir reflejo alguno.
Sandra respiraba con dificultad. La visión de Daniel seguía flotando en su memoria con una nitidez insoportable.
No la imagen deformada del pozo ni la sombra que había permanecido junto a la alacena, sino el hombre joven que le había sonreído con una ternura imposible de fingir.
Comprendió entonces algo que le dolió más que cualquier otra revelación de aquella noche: quizá lo verdaderamente terrible de aquel lugar no era su capacidad para mentir, sino su capacidad para decir medias verdades.
Tal vez algo de Daniel hubiera estado realmente allí.
Tal vez aquella presencia se alimentara precisamente de los restos auténticos que los muertos dejan atrás.
Laura notó que Sandra temblaba ligeramente.
No dijo nada. Simplemente mantuvo la mano sobre su hombro un segundo más de lo estrictamente necesario antes de retirarla con una naturalidad ensayada.
El gesto fue pequeño, casi invisible, y sin embargo Sandra percibió aquel contacto con una claridad inesperada.
Había pasado tantas horas moviéndose entre cadáveres, símbolos y fantasmas familiares que el simple peso de una mano viva, firme y obstinadamente presente, le produjo una sensación de seguridad que la desconcertó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Atribuyó aquel pensamiento al agotamiento, al miedo y a la intimidad engañosa que nace entre quienes han atravesado juntos demasiadas sombras en demasiado poco tiempo.
La oscuridad suspendida sobre el pozo se agitó entonces con una violencia súbita.
No adoptó una forma definida, aunque durante breves instantes pareció organizarse en rostros superpuestos que surgían y desaparecían con la velocidad de un sueño olvidado.
Sandra creyó reconocer a Elisa Fandiño. Fernando juraría más tarde haber visto a un niño desconocido.
Laura no reconoció a nadie y, en cierto modo, aquello la inquietó más que cualquier aparición concreta.
Tal vez porque comprendió que el pozo no mostraba siempre lo mismo, sino aquello que cada persona llevaba consigo al descender.
Manuel Gómez avanzó hasta el borde sin apartar la vista de aquella negrura viva. Su figura parecía más tenue que antes. No transparente, no irreal, pero sí menos sólida, como si el cierre del mecanismo estuviera reclamando un precio que llevaba demasiado tiempo aplazado.
—Está ocurriendo —murmuró con una serenidad cansada—.
Durante décadas pensé que el río exigía sacrificios, pero estaba equivocado.
No quiere muertos, sólo memoria. Los hombres olvidan.
Es lo que hacemos para seguir viviendo. Olvidamos guerras, hambres, pérdidas y culpas.
Pero hay lugares que recuerdan y esta era su función.
Conservar aquello que el tiempo borra. El problema es que la memoria sin compasión termina convirtiéndose en otra forma de hambre.
Aquellas palabras resonaron en la cámara con una lógica terrible.
Fernando sintió una punzada intelectual casi dolorosa.
Durante siglos, la humanidad había inventado archivos, monumentos y cementerios porque comprendía intuitivamente que recordar era una necesidad colectiva.
Quizá todo aquel horror naciera de una función antigua deformada por el tiempo, de una memoria incapaz de olvidar, tan monstruosa como un olvido absoluto.
Entonces el temblor aumentó. Desde los siete nichos comenzó a descender un hilo de agua oscura que recorría la piedra en dirección al pozo central.
El séptimo nicho, el vacío, seguía esperando.
Sandra lo miró y sintió un escalofrío pues ya no parecía un lugar reservado para la muerte, sino a un espacio destinado a la permanencia.
Entonces ocurrió algo inesperado. El nombre grabado de Manuel Gómez comenzó a desvanecerse lentamente, letra a letra, como hace el mar con ciertas inscripciones en las rocas costeras.
Manuel observó el proceso sin miedo. Había en su expresión una melancolía serena, la de quien contempla el final de una tarea demasiado larga.
Sandra comprendió antes que nadie.
—Abuelo…
El anciano la miró con una ternura que ya no parecía pesarle.