CAPÍTULO 10 #11
Sandra se acercó a ella y durante unos segundos ambas permanecieron frente a frente sin tocarse.
La joven habría querido reprocharle las mentiras, exigirle explicaciones, sacudir los años de silencio hasta que todas las verdades cayeran al suelo como cristales rotos.
Sin embargo, al ver el rostro de su madre comprendió que las mentiras no siempre nacen de la cobardía.
A veces nacen de un amor mal orientado, de una ignorancia desesperada o de la convicción absurda de que el dolor puede administrarse igual que una medicina amarga, en dosis cuidadosamente ocultas.
—Volveré —dijo Sandra.
—Tu abuelo dijo lo mismo.
La frase atravesó el pequeño grupo con una precisión cruel.
Manuel bajó la mirada y durante un instante pareció encogerse bajo el peso de todos los años que no había sabido resolver.
Laura, que no era dada a las delicadezas ni a los consuelos elaborados, decidió que aquella conversación familiar amenazaba con convertirse en una de esas escenas donde todo el mundo sufre mucho y nadie hace nada útil, así que encendió la linterna, comprobó por segunda vez el cargador de su pistola y señaló la escalera con el mentón.
—Muy bien. Ya hemos tenido drama familiar, revelación de secretos y canción de cuna espectral.
Ahora toca la parte en la que bajamos con cuidado, no tocamos nada que parezca diseñado por un psicópata neolítico y, si alguien escucha voces dulces invitándolo a beber agua, se aguanta las ganas como hacemos todos cuando pasamos delante de una churrería estando a dieta.
—Esa comparación es profundamente ofensiva para las churrerías —murmuró Fernando.
—Las churrerías sabrán perdonarme antes que tú.
El comentario, absurdo y necesario, alivió durante apenas unos segundos la tensión que rodeaba la abertura.
Después, Manuel se situó junto al primer peldaño y apoyó el bastón en la piedra.
La escalera descendía en una pendiente estrecha, tallada directamente en la roca negra, con paredes húmedas que reflejaban la luz de las linternas como piel mojada.
No había signos visibles de obra moderna ni de herramientas reconocibles.
Cada escalón parecía haber sido arrancado a la montaña con una paciencia anterior a la prisa humana.
El aire que ascendía desde abajo olía a hierro, a tierra sellada y a esa humedad profunda de los lugares donde el sol no ha entrado jamás.
A Laura le recordaba mucho al extraño olor que había percibido en el interior de las casas en donde se habían perpetrado los asesinatos.
—Yo iré delante —dijo Manuel—. La cueva reconoce mi deuda y quizá eso nos conceda unos minutos.
Laura soltó una risa breve, áspera, pero logró integrarla en una respiración más larga antes de responder, porque estaba cansada de que todos actuaran como si las reglas de aquella pesadilla fueran evidentes salvo para ella.
—Ni hablar. Usted es testigo, sospechoso, abuelo reaparecido y posible manual de instrucciones con patas. Si se me pierde ahí abajo, tendré que improvisar, y se me da fatal improvisar con cosas que intentan devorar nombres. Voy yo primero.
Manuel pareció dispuesto a discutir, pero Sandra intervino antes de que la conversación degenerara. La llave seguía en su mano y había comenzado a enfriarse lentamente, como si el calor inicial se hubiera retirado hacia el interior del metal.
—No. Bajo yo. Si esto me ha llamado a mí, fingir lo contrario sólo nos hará perder tiempo.
Laura la miró con dureza, aunque en esa dureza había más preocupación que autoridad.
Durante un instante pareció que iba a ordenarle que se quedara atrás.
Sin embargo, algo en la expresión de Sandra la detuvo.
La joven ya no parecía la agente local que unas horas antes tomaba notas junto a un cadáver intentando estar a la altura de una investigación demasiado grande.
Parecía alguien que acababa de comprender que el miedo no siempre indica retirada.
—Está bien —dijo Laura—. Pero vas delante sólo hasta que vea algo que no me guste. Y te advierto que, después de la nochecita que llevamos, mi criterio sobre lo que no me gusta se ha vuelto muy amplio.
Descendieron en fila estrecha. Sandra abrió la marcha con la llave en una mano y la linterna en la otra.
Laura iba inmediatamente detrás, seguida por Fernando, que llevaba su inseparable bolsa impermeable con el cuaderno y la tableta, y Manuel cerraba el grupo apoyándose en el bastón con una dignidad silenciosa que no lograba ocultar su agotamiento.
Maruxa quedó arriba, junto a la fuente, y la última imagen que Sandra tuvo de su madre antes de que la escalera girara y la ocultara fue la de una mujer envejecida por el miedo, iluminada por la luz fría de la noche y por la puerta abierta de la cocina donde una sombra tarareaba cada vez más despacio.
La bajada resultó más larga de lo que parecía desde el exterior.
Los escalones eran irregulares y estaban cubiertos de una humedad resbaladiza que obligaba a avanzar con cautela.
A cada pocos metros, las paredes mostraban pequeñas marcas grabadas en la roca.
Algunas recordaban a los símbolos encontrados en los cuerpos; otras parecían simples líneas sin relación aparente, aunque Fernando sospechó que aquella impresión podía deberse más a su ignorancia que a la falta de significado.
—Esto no lo hizo una familia de campesinos asustada en 1968 —murmuró el forense, pasando la luz por una de las paredes sin tocarla—. Esta estructura es mucho más antigua.
—Define mucho —dijo Laura.
—No puedo. Y ésa es la parte que me preocupa.
—Fantástico. Hemos bajado veinte escalones y ya has perdido vocabulario científico.
Fernando no respondió. Observaba un tramo de pared donde las marcas parecían concentrarse alrededor de una figura central.
No era exactamente el símbolo completo que habían visto en la arena del río, aunque compartía con él una geometría inquietante.
En el centro había una forma circular, semejante a un ojo o a un pozo visto desde arriba, y a su alrededor se distribuían siete trazos radiales, no cinco ni seis, sino siete.
Aquella diferencia le produjo una incomodidad difícil de justificar.
Sandra también lo vio. La llave se enfrió todavía más dentro de su mano.
—Siete nombres —murmuró.
Manuel, desde el final de la fila, cerró los ojos un instante.
—Siete no es el número de víctimas. Es el número de recuerdos necesarios para que el paso permanezca abierto.
Cinco cruzaron en 1968, yo quedé en tierra y ahora el río ha elegido a quien puede completar o cerrar el ciclo.
Durante años creí que bastaba con impedir que alguien recordara todos los nombres al mismo tiempo, pero el agua recuerda por nosotros cuando los hombres olvidan.
Laura avanzó un par de peldaños más antes de detenerse.
—Pues vamos a aclarar una cosa antes de seguir bajando hacia el parque temático de la culpa hereditaria.
Si esto necesita recuerdos, nombres o sangre, más vale que empecéis a explicar las reglas completas, porque estoy hasta el coño de que cada cinco minutos aparezca una condición nueva como si estuviéramos montando un mueble sueco con instrucciones en sumerio.
—No conocemos todas las reglas —admitió Manuel, incómodo por la ligereza con la que Laura se tomaba una certeza mística que trascendía a lo humano—. Sólo las que aprendimos pagando por ellas.
Laura suspiró contrariada. Para una mujer tan hecha a ceñirse a datos y hechos observables, aquel permanente argot creado por un fantasma sin sombra la tenía profundamente agotada y frustrada.
Por suerte, le podía más la curiosidad y el ansia de resolver el caso, que las ganas de arrancarle a Manuel el bastón de la mano y estampárselo en todo el estómago a cada nuevo acertijo que pronunciara.
Continuaron descendiendo. El aire se volvió más frío y denso, y el sonido del mundo exterior desapareció poco a poco, sustituido por un murmullo subterráneo que no procedía de la fuente, ni del río, ni de ninguna corriente visible.
Era un rumor profundo y continuo, parecido al que podría producir una gran masa de agua desplazándose detrás de las paredes de roca.
Sandra sintió que la llave vibraba de nuevo y comprendió que se aproximaban a algo.
No sabía si a la cueva original, al pozo negro o a una parte distinta de aquel entramado oculto bajo la finca familiar, pero su cuerpo lo percibía con una certeza anterior a cualquier explicación.
La escalera terminó en un corredor estrecho.
El techo era bajo y obligó a Fernando a inclinar ligeramente la cabeza.
Las paredes estaban cubiertas por una película brillante de humedad, y en algunos puntos el agua se filtraba formando hilos finísimos que descendían hasta perderse entre las grietas del suelo.
Al fondo, a unos veinte metros, se distinguía una abertura más amplia de la que emanaba una oscuridad distinta, no más intensa, sino más compacta, como si la luz de las linternas se debilitara al aproximarse a ella.
Sandra dio un paso hacia el corredor y entonces escuchó su nombre.
No vino de Laura, ni de Manuel, ni de Fernando.
Tampoco pareció proceder de la oscuridad situada al fondo.
Fue una voz interior y exterior al mismo tiempo, baja y paciente, que pronunció “Sandra Gómez” con una familiaridad tan íntima que la joven sintió el impulso inmediato de responder.
Apretó la llave con fuerza y se mordió el interior de la mejilla hasta notar el sabor metálico de la sangre.
—¿Qué has oído? —Laura había advertido el cambio en su rostro.
—Me ha llamado.
Manuel palideció. La reacción fue leve, pero suficiente para que Laura comprendiera que aquello formaba parte de las reglas que aún no habían terminado de explicar.
—No respondas —dijo el anciano—. Pase lo que pase, no respondas con tu voz.