CAPÍTULO 10 #10
Laura levantó la linterna y dirigió el haz hacia el muro cubierto de musgo.
La fuente tenía una antigüedad difícil de calcular.
La piedra estaba tan erosionada que las aristas habían perdido casi por completo su forma original, y la hiedra envolvía parte de la estructura con una voracidad vegetal que parecía más propia de una ruina abandonada que del fondo de una finca familiar.
En el centro, justo sobre el caño por el que brotaba el agua, se distinguía una inscripción casi borrada.
No estaba escrita en latín ni en gallego moderno.
Eran signos. Los mismos signos, o al menos pertenecientes a la misma familia visual, que habían aparecido en la llave, en el cuaderno de Manuel y en los cuerpos de los agresores.
Laura sintió una irritación sorda al reconocerlos.
Aquellos símbolos comenzaban a comportarse como una plaga.
—Fernando —dijo sin apartar la vista de la piedra—, dime que esto puede ser romano, medieval, celta, decorativo o cualquier otra cosa con nombre académico.
El forense se acercó con la prudencia de quien no sabe si está observando un hallazgo arqueológico o un mecanismo de ejecución especialmente imaginativo. Iluminó la inscripción desde un ángulo distinto y permaneció varios segundos en silencio.
—No soy epigrafista —respondió al fin—, pero no me parece romano. Tampoco medieval en el sentido habitual. Hay algo demasiado geométrico en los trazos, como si no fuera escritura alfabética, sino una forma de notación.
—Maravilloso —resopló Laura—, notación de la Prehistoria cabreada. Justo lo que me faltaba para completar la noche.
Sandra apenas escuchaba. La llave pesaba en su mano más de lo que debería. No era una impresión física, o no solamente, sino una presión extraña que parecía nacer del propio metal y extenderse por los huesos de los dedos hasta el antebrazo.
Manuel Gómez se situó junto a ella, aunque mantuvo una distancia respetuosa.
Maruxa había permanecido unos pasos atrás, cerca de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que mezclaba miedo y derrota.
La sombra de Daniel no había salido, pero desde dentro de la casa llegaba todavía un resto de aquella melodía infantil, tan tenue que quizá cualquiera habría podido confundirla con el gemido del viento entre las rendijas.
—No mires directamente al caño cuando introduzcas la llave —dijo Manuel—. Y pase lo que pase, no bebas. La fuente siempre ofrece agua antes de abrirse, porque el agua es la primera forma que tiene de preguntar si aceptas.
Laura giró la cabeza hacia él con gesto de incredulidad cansada.
—¿La fuente pregunta? Vaya novedad… Pues espero que no se ofenda si le digo que me parece una conversadora de mierda.
Sandra se aproximó al muro. El agua brotaba con una fuerza constante, desbordando el pilón y mojándole las botas.
La cerradura no resultaba visible al principio.
Tuvo que apartar varios tallos de hiedra y retirar con los dedos una capa de musgo empapado para descubrir una pequeña abertura situada en la base de la piedra, a la derecha del caño.
Era estrecha y oscura, casi imperceptible, y tenía una forma irregular que no se correspondía con ninguna cerradura moderna.
Sin embargo, al acercar la llave, sintió que el metal vibraba suavemente dentro de su mano.
—Sandra —dijo Laura desde atrás—. No tienes que hacerlo ahora. Podemos esperar a tener equipos, refuerzos, luz de día y, si consigo convencer a algún juez sin que me interne, una orden para excavar media finca.
La joven agradeció aquellas palabras más de lo que habría sabido expresar.
Laura no era maternal, ni dulce, ni particularmente hábil con las emociones ajenas.
Su forma de cuidar consistía en colocarse delante del peligro y protestar mucho mientras lo hacía.
Y aquella noche, después de tantas revelaciones y mentiras, esa brusquedad resultaba casi reconfortante.
—Si esperamos, ¿qué pasará? —preguntó Sandra sin volverse.
Manuel respondió antes que nadie.
—El séptimo nombre será reclamado por completo y alguien más morirá. La llave no impide que el río llame, sólo permite cerrar el paso cuando la llamada todavía no ha terminado.
—¿Y cuánto falta?
El anciano miró hacia el cielo cubierto de nubes, aunque Sandra tuvo la impresión de que no estaba calculando la hora, sino escuchando algo que los demás no podían percibir.
—Menos de lo que quisiera.
Laura soltó una maldición baja. Cada vez que necesitaba una respuesta concreta, venía algún espectro a desdibujar todavía más la diferencia entre la realidad tangible y un inexplorado inframundo.
De repente, Sandra se armó de valor e introdujo la llave.
Durante un instante no ocurrió nada, y encajó con una suavidad desconcertante, como si la cerradura hubiera sido utilizada por última vez la semana anterior y no décadas atrás.
Después, desde el interior de la piedra, llegó un sonido bajo, profundo, casi orgánico, semejante al de una puerta muy pesada desplazándose en algún lugar oculto bajo tierra.
El muro entero vibró y la hiedra tembló sobre la superficie, mientras pequeñas gotas de agua caían desde las hojas como si la fuente hubiera exhalado.
Sandra intentó girar la llave, aunque no pudo.
El metal se resistía, no de una forma mecánica, sino con una oposición que parecía consciente.
Apretó los dientes y lo intentó de nuevo.
El dolor le subió por la muñeca hasta el codo.
Laura dio un paso para ayudarla, pero Manuel la detuvo con una mano en el brazo.
—No puede hacerlo nadie por ella.
La inspectora lo fulminó con la mirada.
—Como esa frase termine matándola, te juro que voy a arrestarte, aunque tenga que esposar tus restos metafísicos a una farola.
Sandra escuchó la amenaza como desde muy lejos.
La presión de la llave aumentaba y, con ella, una sucesión de imágenes comenzó a atravesarle la mente sin orden aparente.
Vio la cueva de 1968, el pozo negro, los seis jóvenes inclinados sobre el agua, el rostro de su padre emergiendo de una sombra y a su madre llorando sobre una caja metálica abierta.
Vio también algo más: una figura situada al otro lado del pozo, enorme sin ser grande, hambrienta sin tener boca, paciente sin estar viva del todo.
No era un demonio, al menos no en el sentido que le habrían dado los curas de su infancia.
Era una presencia más antigua y simple, algo vinculado al deseo primitivo de sobrevivir, devorar y ser recordado.
Entonces comprendió que el hambre no era sólo una necesidad del cuerpo.
También había hambre de nombres, de memoria, de sangre y de regreso.
Entonces, la llave giró apenas un cuarto, como si su cuerpo estuviera entrando en armonía con algo antiguo, oscuro y primitivo. Más viejo incluso que el hombre…
La fuente recuperó de golpe su sonido, aunque ya no era el murmullo del agua cayendo sobre piedra, sino un bramido subterráneo que hizo vibrar el suelo bajo sus pies.
El pilón se agrietó por el centro y una línea oscura se abrió entre las losas cubiertas de musgo.
Laura tiró de Sandra hacia atrás justo cuando el agua comenzó a retroceder hacia el interior del muro, no como si dejara de brotar, sino como si algo estuviera aspirándola desde abajo.
Fernando apuntó la linterna hacia la grieta y vio una escalera estrecha que se abría bajo la fuente, tallada en roca negra y descendiendo hacia una oscuridad húmeda que olía a metal, tierra antigua y agua encerrada durante siglos.
Manuel Gómez cerró los ojos.
—La entrada inferior —murmuró.
Laura contempló la abertura durante unos segundos y sintió que la noche acababa de adquirir una forma nueva.
Hasta entonces habían perseguido señales, símbolos, cadáveres y recuerdos.
Ahora, por primera vez, tenían un lugar al que bajar, un destino físico que al fin explorar y tal vez sacar de él alguna conclusión lógica, una respuesta humana y real.
—Muy bien —dijo, cargando la pistola con un gesto seco—. Pues bajamos, cerramos lo que haya que cerrar y luego alguien me va a explicar cómo coño se redacta esto en un atestado sin que me jubilen por trastorno psicótico.
Desde el interior de la casa, la sombra de Daniel volvió a tararear la vieja canción infantil, pero esta vez la melodía sonó distinta.
No como una advertencia, sino como una despedida.
La canción se filtró hasta la parte trasera de la casa con una dulzura insoportable, mezclándose con el olor a tierra removida y con el vapor frío que ascendía desde la abertura recién descubierta.
Sandra la escuchó sin volverse. Durante años había creído que aquella canción pertenecía a la zona indefinida de los sueños, a esa memoria anterior a la razón donde los niños guardan voces, sombras y sensaciones que más tarde los adultos reducen a fantasía.
Ahora comprendía que no había soñado a su padre, o al menos no completamente.
Daniel había estado allí, encerrado en la casa de Maruxa como una herida que la familia había aprendido a rodear sin tocar jamás el centro, y aquella despedida silenciosa contenía más amor que todas las explicaciones torpes que los vivos habían sido capaces de darle.
Maruxa permanecía inmóvil junto a la puerta trasera, con una mano apoyada en el marco y la otra cerrada contra el pecho. Tenía el rostro descompuesto, pero no intentó detenerlos.
—No bajes —dijo al fin, mirando a Sandra con una voz tan baja que casi se confundió con el viento.