CAPÍTULO 10 #9
El sonido de la fuente no era nuevo para Sandra.
Había formado parte de su infancia con la discreción de las cosas que están siempre ahí y por eso mismo dejan de percibirse.
Durante años, el agua de la Fonte Vella había corrido detrás de la casa con un murmullo bajo, casi doméstico, mezclado con el canto de los pájaros por la mañana, con el ruido de los platos en la cocina y con las conversaciones de su madre al teléfono.
Pero ahora aquel mismo sonido resultaba distinto.
No más fuerte en un sentido físico, o no sólo eso, sino dotado de una presencia que parecía reclamar atención, como si la fuente, olvidada durante décadas bajo la hiedra y el musgo, acabara de recordar que alguna vez fue algo más que un adorno viejo en la finca de una viuda.
Laura miró hacia la parte trasera de la casa y después volvió la vista a la llave.
Le molestaba admitirlo, pero había objetos que no necesitaban explicación para resultar inquietantes.
Aquella pieza de hierro no era grande ni especialmente elaborada, aunque su diseño poseía una tosquedad difícil de datar.
No parecía medieval, ni romana, ni moderna, sino anterior a todas esas categorías, como si hubiera sido fabricada por manos que comprendían el metal de otra manera.
Las marcas que recorrían su superficie recordaban a los signos del cuaderno y a los lunares encontrados en los cuerpos, aunque no reproducían exactamente ninguno de ellos.
Más bien parecían pertenecer al mismo idioma.
Fernando, incapaz de contenerse, se inclinó sobre la caja sin llegar a tocar la llave.
Laura lo observó de reojo y comprendió que, si no intervenía, el forense acabaría pidiendo unas pinzas, una bolsa de pruebas y una autorización para llevar aquel objeto al laboratorio, como si la clave de todo pudiera reducirse a una datación metalúrgica.
—Ni se te ocurra, sacamuelas —dijo.
—No he hecho nada.
—Todavía. Pero estabas a punto de mirar esa llave con cara de querer meterla en un sobre estéril, sacarle muestras y mandarla a un laboratorio donde algún becario mal pagado terminaría despertando a media prehistoria por rascar donde no debe.
El forense no sonrió, aunque la comisura de sus labios amagó con hacerlo.
Aquella pequeña normalidad, aquella forma de discutir incluso en medio de lo imposible, alivió durante un segundo la tensión de la cocina.
Maruxa, sin embargo, no parecía compartir el respiro.
Sostenía la caja con los brazos tensos, como si el objeto pesara mucho más de lo que permitía su tamaño.
—No debe tocarla nadie que no sea Sandra —dijo.
La joven miró a su madre. Durante toda su vida había visto a Maruxa como una mujer fuerte, práctica y, en ocasiones, exasperantemente cerrada.
No era una madre afectuosa en el sentido convencional.
No prodigaba abrazos ni confidencias, pero siempre había estado allí, sólida como una pared de piedra, preparando cenas, pagando facturas, arreglando grifos y aparentando que el mundo no podía hacerles demasiado daño si una se levantaba temprano y mantenía la casa limpia.
Ahora, en cambio, parecía vieja. No por edad, sino por agotamiento.
Sandra comprendió con una tristeza nueva que su madre no había sido fría.
Había estado vigilando una grieta durante más de veinte años.
—¿Qué me pasará si la cojo? —preguntó.
—No lo sé —contestó Maruxa, negando con la cabeza. Y llevo media vida temiendo este momento precisamente porque no lo sé. Tu abuelo decía que la llave reconoce la sangre, pero nunca explicó qué significaba eso. Tal vez no lo supiera, o tal vez fingía saber más de lo que sabía para no asustarnos.
Manuel dio un paso hacia su nieta, aunque se detuvo antes de tocarla.
—La llave no te hará daño por sí sola. Lo peligroso es lo que despierta cuando comprende que has aceptado llevarla.
—No he aceptado nada —dijo Sandra—. Me habéis traído hasta aquí a base de secretos, cadáveres, medias verdades y frases misteriosas. Aceptar implica elegir, y nadie me ha dejado elegir todavía.
Maruxa bajó la vista, pero Manuel sostuvo la de Sandra con una tristeza que no intentaba defenderse.
Laura observó aquel intercambio y sintió algo parecido al orgullo.
La joven agente tenía miedo, sí, pero no se estaba dejando arrastrar por él.
Eso era más de lo que podía decirse de muchos veteranos que había conocido.
—Entonces elige ahora —dijo Manuel—. Si no tomas la llave, intentaremos encontrar otra forma, aunque no creo que exista. Si la tomas, la Fonte Vella te reconocerá y quizá puedas cerrar el acceso antes de que el séptimo nombre sea reclamado por completo.
La sombra junto a la alacena volvió a emitir la melodía infantil, esta vez apenas unas notas, tan suaves que parecían más un recuerdo que un sonido real.
Sandra cerró los ojos un instante y comprendió algo que la golpeó con una ternura insoportable.
Aquel resto de Daniel, aquella presencia atrapada en la casa de su madre, no intentaba llamarla hacia el peligro.
Llevaba años cantándole para mantenerla lejos de él, del mismo modo en que se canta a un niño para que no despierte en mitad de una pesadilla.
Entonces, abrió los ojos y tomó la llave…
El contacto no produjo relámpagos, ni visiones, ni ninguna de las manifestaciones exageradas que las novelas malas atribuían a los objetos malditos.
Fue peor precisamente porque resultó íntimo y silencioso.
El hierro estaba tibio. No caliente, sino templado, como si hubiera permanecido durante mucho tiempo en contacto con una piel humana.
Sandra sintió una presión leve en la palma, parecida al reconocimiento de una mano que se cierra sobre otra, y durante un instante brevísimo escuchó en su interior el murmullo de una corriente subterránea avanzando por túneles oscuros bajo el valle.
Cuando volvió a respirar, todos la observaban.
Maruxa tenía lágrimas en los ojos y Manuel parecía haber envejecido todavía más.
Laura, en cambio, fue fiel a sí misma y rompió el silencio con una frase que habría sonado vulgar en cualquier otra boca, pero que en aquel momento resultó extrañamente necesaria.
—Bien. Ya tenemos la llave del infierno, una fuente cabreada y media familia resucitada. ¿Alguien quiere añadir algo más antes de que salgamos ahí fuera a terminar de joder la noche?
Fernando levantó la mano apenas un poco, con la prudencia de quien sabe que no conviene tentar a una mujer armada y exhausta.
—Sólo una precisión técnica. Si vamos a acercarnos a una fuente posiblemente vinculada a varios homicidios, desapariciones históricas y fenómenos que todavía no soy capaz de clasificar sin perder la licencia médica, agradecería llevar muestras, luz adicional y, si no es mucho pedir, la posibilidad de no morir por una imprudencia evitable.
Laura lo miró unos segundos.
—Me parece razonable para ser una petición tuya.
Maruxa abrió un armario y sacó una linterna antigua de carcasa metálica, varias velas gruesas y una pequeña medalla de San Benito que dejó sobre la mesa sin mirar a nadie en particular.
Laura observó la medalla, luego a Manuel y finalmente a la sombra de Daniel, antes de guardársela en el bolsillo con un gesto rápido.
—No empieces —le advirtió a Fernando antes de que dijera nada—. No creo en estas cosas, pero si esta noche aparece un vampiro administrativo pidiéndome el DNI, prefiero ir sobrada de recursos.
Salieron por la puerta trasera. El aire frío de la noche los recibió con olor a lluvia, tierra removida y vegetación empapada.
La finca descendía suavemente hacia una zona de árboles viejos donde la maleza crecía con una densidad que parecía impropia de un terreno habitado.
Sandra había jugado allí de niña, aunque nunca más allá de cierto punto.
Ahora comprendía por qué su madre la llamaba siempre antes de que se acercara demasiado a la fuente.
La Fonte Vella apareció al fondo, medio oculta por hiedra y helechos, encajada en un muro de piedra cubierto de musgo.
Durante años había sido poco más que una ruina doméstica, un rincón húmedo al que nadie prestaba atención salvo para quejarse de las zarzas.
Pero esa noche el agua brotaba con una fuerza imposible, cayendo sobre el pilón agrietado y desbordándolo hasta formar pequeños regueros que descendían por la finca en dirección al río.
Sandra apretó la llave dentro del puño y entonces la fuente dejó de sonar.
No porque se secara, ni porque el agua dejara de brotar, sino porque el murmullo se extinguió de una forma tan repentina que todos comprendieron al mismo tiempo que algo situado bajo la piedra acababa de escuchar su llegada.
Nadie se movió durante varios segundos, mientras el agua seguía brotando de la boca de piedra de la Fonte Vella, desbordaba el pilón y descendía por la pendiente formando pequeños caminos brillantes entre la hierba.
No obstante, ya no producía ningún sonido.
Aquella contradicción resultaba más perturbadora que cualquier estruendo.