CAPÍTULO 10 #8
Entraron uno tras otro. Sandra fue la última en cruzar, y al hacerlo sintió una impresión difícil de describir.
La casa olía igual que siempre: a madera vieja, a café recalentado, a humedad en las paredes del norte y a jabón de lavanda.
Sin embargo, bajo aquellos olores familiares latía otro más tenue y desagradable, un olor que no pertenecía a la muerte reciente ni a la descomposición, sino al agua estancada en espacios cerrados durante demasiado tiempo.
Era el olor de los sótanos inundados, de los pozos abandonados y de las fuentes que nadie limpia porque ya nadie recuerda por qué fueron construidas.
La cocina se encontraba al fondo del pasillo.
Sobre la mesa había dos tazas de café intactas, una junto a la silla que Maruxa solía ocupar y otra frente a ella, como si hubiera estado esperando a un invitado.
La segunda taza llamó la atención de Fernando de inmediato.
El café seguía humeando ligeramente, aunque el líquido parecía demasiado oscuro, casi negro, y no reflejaba la luz del techo.
El forense se inclinó apenas un poco, fascinado a su pesar por aquel detalle, pero Laura le lanzó una mirada que no necesitó traducción.
No toques nada, sacamuelas. Él obedeció, más por sentido común que por miedo a la inspectora, aunque ambas razones solían confundirse cuando Laura Rivas entraba en una habitación con aquel gesto.
La sombra estaba junto a la alacena. Ahora que la veían desde dentro, resultaba evidente que no pertenecía a ningún objeto.
Tenía forma humana, aunque no la consistencia de un cuerpo.
No era transparente ni sólida, sino algo intermedio, como una acumulación de oscuridad más densa que el resto de la estancia.
Sandra sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza, no porque aquella figura se moviera o amenazara, sino porque de algún modo reconoció en ella una presencia íntima, una ausencia que llevaba acompañándola desde antes de nacer.
Maruxa cerró la puerta con cuidado, echó el pestillo y apoyó la espalda contra la madera. Aquel gesto reveló más que cualquier confesión. No parecía estar encerrándolos dentro, sino impidiendo que algo más entrara.
—Daniel no murió en un accidente —dijo sin que nadie se lo preguntara—. Ojalá hubiera sido así. Un accidente es una desgracia limpia. Duele, pero termina. Lo nuestro no terminó nunca.
Sandra no se movió. Tenía la sensación de que, si daba un paso, si tocaba a su madre o si pronunciaba una sola palabra demasiado pronto, la verdad se desharía antes de adoptar una forma comprensible.
Laura, en cambio, permanecía en pie junto a la mesa con los brazos cruzados y una atención casi feroz.
—Daniel salió hacia el río una fría noche de invierno hace 23 años —continuó Maruxa—.
No fue solo. Yo lo seguí. Estaba embarazada de ti y creía que él iba a hacer una locura, porque llevaba días sin dormir, hablando de campanas, de nombres y de una deuda que no entendía.
Lo encontré junto a la Fonte Vella, con la llave de hierro en la mano y la ropa empapada, aunque no llovía.
Me dijo que tu abuelo no estaba vivo, que había cambiado de lado para mantener cerrada la entrada y que lo que veíamos cada día no era él, sino la manifestación de una realidad que no podíamos entender.
Yo pensé que el dolor lo había trastornado.
Manuel bajó la mirada. Laura observó aquel gesto y comprendió que la culpa de aquel hombre no era una abstracción y Manuel parecía soportar cada palabra de su hija como quien acepta una sentencia largamente merecida.
—Daniel intentó cerrar la fuente aquella noche —dijo Maruxa—. Quiso hacer lo que mi padre ya no podía. Pero no llevaba su sangre.
Sandra frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Su madre la miró por fin de frente, y en aquella mirada Sandra encontró el miedo que había acompañado silenciosamente toda su infancia.
—Que la llave sólo obedece a los Gómez. A los de nuestra línea. Tu padre podía tocarla, podía guardarla, incluso podía esconderla, pero no podía cerrar nada con ella y tampoco destruirla. Cuando la introdujo en la cerradura de la piedra, algo respondió desde dentro.
La sombra junto a la alacena se movió apenas un poco.
No avanzó ni cambió de forma, pero su contorno pareció ondular como lo hace el humo cuando una puerta se abre en otra habitación.
Sandra sintió el impulso de apartarse, aunque no lo hizo.
Había pasado demasiadas horas huyendo de respuestas, y ahora que una de ellas se alzaba ante ella, por monstruosa que fuera, no pensaba retroceder.
—¿Qué le pasó a mi padre?
—El río no se lo llevó entero —dijo finalmente—.
Eso fue lo peor. Durante semanas pensé que habría sido más misericordioso que lo hiciera.
Daniel regresó, pero no como era. Volvió con tu canción en la boca y con los ojos llenos de agua negra.
Me dijo que debía esperarte, que algún día tú tendrías que decidir si cerrabas lo que nosotros habíamos dejado abierto.
Después se quedó ahí —continuó Maruxa señalando la sombra junto a la alacena—, y me he pasado media vida ocultando de ti lo poco que me ha quedado de él.
Sandra sintió que el mundo se volvía estrecho, como si las paredes de la cocina hubieran avanzado unos centímetros hacia ella.
Aquella figura oscura, aquella presencia que no terminaba de adoptar forma humana, no era un extraño ni una amenaza abstracta.
Era la respuesta a una pregunta que había acompañado toda su vida.
Era su padre reducido a una sombra en la cocina de su madre, guardado como se guardan los objetos dolorosos que uno no se atreve a tirar ni a mirar demasiado tiempo.
La sombra emitió entonces un sonido bajo, casi imperceptible, que al principio pareció un crujido de madera vieja.
Después volvió a tararear la melodía infantil, esta vez con una claridad mayor, y Sandra comprendió de pronto que no la había escuchado en sueños durante todos aquellos años.
La había oído de verdad, filtrándose por las paredes de la casa cada vez que dormía allí de niña, mientras su madre fingía que el viento movía las contraventanas o que las cañerías viejas producían ruidos durante la noche.
Laura dio un paso hacia la sombra, aunque se detuvo antes de acercarse demasiado.
—Daniel Lago —dijo con voz firme—. Si queda algo de usted ahí dentro, necesito que nos escuche. Su hija está en peligro y no pienso permitir que todos ustedes sigan hablando en círculos mientras alguien, o algo, decide por ella.
Durante unos segundos no ocurrió nada. La sombra permaneció inmóvil junto a la alacena, con la canción suspendida en el aire como un hilo demasiado fino.
Luego, muy despacio, una forma comenzó a definirse en su interior.
No un cuerpo completo, no un rostro reconocible, sino apenas la sugerencia de una mano que emergía de aquella oscuridad compacta y señalaba hacia la parte trasera de la casa. Hacia la Fonte Vella.
—Quiere que vayáis —apuntó Maruxa cerrando los ojos.
Manuel apretó los dedos alrededor del bastón.
—No. Quiere que terminemos lo que él no pudo cerrar.
Laura miró a Sandra. La joven estaba pálida, pero no parecía derrotada. Había en ella una determinación nueva, nacida quizá del miedo, quizá de la rabia o quizá de esa forma de amor que no busca consuelo, sino respuestas.
—Entonces iremos —dijo Sandra—. Pero antes quiero la llave.
—No la tengo —contestó Maruxa.
La mentira fue tan evidente que ni siquiera necesitó ser desmontada. Laura lo habría reconocido en cualquier interrogatorio. Maruxa bajó la vista, y aquel gesto bastó para que todos comprendieran que la llave no sólo existía, sino que estaba cerca.
—Mamá —dijo Sandra, con una calma que hizo más daño que cualquier reproche—, ya no soy una niña a la que puedas proteger cerrando puertas. Si esa llave puede salvar vidas, me la das ahora mismo.
Maruxa permaneció inmóvil unos segundos antes de caminar hacia la vieja alacena.
Sacó del bolsillo del delantal una pequeña llave moderna, abrió el cajón inferior y retiró un doble fondo de madera que Sandra no había visto jamás a pesar de haber crecido en aquella cocina.
Dentro había una caja metálica oxidada, envuelta en un paño negro.
Maruxa la sostuvo entre las manos con el cuidado de quien manipula un objeto sagrado o maldito, y quizá, pensó Laura, en ciertos lugares la diferencia entre ambas cosas dependía únicamente del resultado.
Cuando abrió la caja, el olor a hierro húmedo llenó la cocina.
En su interior reposaba una llave antigua, oscura, pesada y cubierta por marcas que no parecían grabadas, sino nacidas dentro del propio metal.
Sandra la reconoció sin haberla visto nunca de cerca.
Era la llave que colgaba del cuello de su abuelo en todas las fotografías antiguas, la que su madre decía haber enterrado, la que Daniel no había podido usar y la que ahora parecía esperarla con la paciencia obscena de las cosas que sobreviven a quienes intentan esconderlas.
Entonces, la sombra junto a la alacena dejó de tararear y, desde la parte trasera de la casa, el agua de la Fonte Vella comenzó a sonar con más fuerza.