El agua nunca olvida CAPÍTULO 10 #7
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CAPÍTULO 10 #7

Manuel Gómez cerró los ojos. Aquel gesto bastó para que Laura comprendiera que el anciano conocía la historia y que, como casi todo en aquella familia, llevaba años esperando encerrada en alguna habitación oscura de la memoria.

—Daniel no murió en un accidente —dijo.

Sandra giró lentamente la cabeza hacia él. La canción continuaba al otro lado de la puerta, suave y repetitiva, como si quien la tarareaba conociera perfectamente el efecto que producía en ella y estuviera usando aquella melodía no para consolarla, sino para llamarla.

—¿Qué le pasó?

Manuel tardó en responder, y aquella demora resultó casi más dolorosa que las palabras que llegaron después.

—Antes deberías saber algo sobre mi entierro simbólico.

—¿Entierro simbólico? —Laura frunció el ceño. Estaba muy cansada, harta de tanto misterio sobrenatural y sospechaba que aún quedaba para rato…

El anciano asintió lentamente, sin apartar la vista de Sandra.

—En 2013 no enterrasteis mi cuerpo. Enterrasteis lo que quedaba para que la puerta siguiera cerrada.

Durante décadas yo permanecí ligado al umbral, ni vivo ni muerto del todo, sosteniendo una promesa que ya no tenía fuerzas para cumplir.

Para ti, siempre parecí alguien real, pero tu madre conocía la verdad.

Ya no tenía fuerzas para continuar en este plano y a cada día que transcurría me sentía más y más etéreo, liviano e inmaterial.

Me estaba apagando como una vela consumida tras horas y horas resistiendo, viendo como la cera derretida se derrama sobre la superficie que la sustenta.

Cuando comprendí que no podría aguantar otra generación, pedí a tu madre que organizara el entierro y destruyera la llave, pero el río siempre encuentra las grietas por las que volver.

La explicación resultaba tan extraña que Laura sintió el impulso inmediato de rechazarla en bloque. Sin embargo, aquella noche había acumulado demasiadas anomalías para permitirse el lujo de despreciar cualquier información.

De repente, la voz masculina dejó de tararear.

El silencio que siguió no tuvo nada de teatral.

Fue la interrupción natural de una música que, al cesar, deja al descubierto todos los demás sonidos: la lluvia sobre las tejas, el motor del coche aún encendido, la respiración contenida de Sandra y el rumor lejano de la Fonte Vella detrás de la casa.

Hasta ese momento nadie había reparado en aquel último sonido, quizá porque la mente lo había confundido con la lluvia o con el río.

Pero ahora resultaba distinto. Había agua corriendo en la parte trasera de la vivienda, y su murmullo parecía demasiado cercano, demasiado constante y despierto.

Desde el interior de la casa, la madre de Sandra habló de nuevo.

—No debiste traerlo aquí, hija.

—¿A quién? —Sandra tragó saliva.

La respuesta llegó después de unos segundos, pronunciada con la resignación de quien lleva mucho tiempo temiendo exactamente esa pregunta.

—A tu abuelo.

Manuel bajó la cabeza. Laura vio cómo sus manos se cerraban con fuerza alrededor del bastón, y por primera vez desde que había aparecido entre los árboles, aquel hombre imposible pareció verdaderamente vulnerable.

No por miedo a lo que hubiera dentro de la casa, sino por el peso de enfrentarse a una hija que quizá había cargado durante años con las consecuencias de sus decisiones.

—Maruxa —dijo el anciano, y el nombre salió de sus labios con una ternura antigua—. Abre la puerta. Ya no podemos seguir escondiéndolo.

La mujer respondió desde el otro lado sin acercarse, como si hubiera aprendido que incluso la distancia exacta entre el cuerpo y la puerta formaba parte de alguna regla que no convenía romper.

—Tú no deberías estar aquí.

—Lo sé.

—Prometiste no volver.

—Y tú prometiste destruir la llave.

Aquella acusación, pronunciada sin dureza, produjo un silencio inmediato al otro lado de la puerta.

Sandra sintió que algo se quebraba dentro de ella, no porque entendiera todavía el alcance de aquella promesa, sino porque descubría en la voz de su madre una culpa que jamás había percibido con tanta claridad.

—No pude —susurró Maruxa—. Era lo único que me quedaba de él, del hombre que algún día amé. Era el vínculo que lo mantenía atado a mí. Mientras tuviera la llave, de algún modo, Daniel seguiría a mi lado.

Sandra apoyó la frente contra la madera de la puerta.

El frío le subió por la piel, pero no se apartó.

Durante toda su vida había imaginado a su padre como una ausencia cerrada, una página arrancada antes de que ella pudiera leerla.

Ahora descubría que aquella ausencia tenía forma, voz y tal vez incluso una voluntad propia al otro lado de la puerta.

—Mamá, abre —dijo, y esta vez no habló como policía ni como hija obediente, sino como una mujer cansada de vivir dentro de una historia escrita por otros—. No voy a pasarme el resto de mi vida heredando secretos que nadie se atreve a explicarme.

La cerradura sonó al fin con un chasquido pequeño y doméstico, tan vulgar que durante un instante resultó casi ofensivo.

Después la puerta se abrió apenas unos centímetros y el rostro de Maruxa Gómez apareció en la rendija, pálido, envejecido por algo más que los años y con los ojos enrojecidos de quien lleva mucho tiempo llorando sin permitirse hacerlo delante de nadie.

Miró primero a Sandra, luego a Laura y finalmente a Manuel, y al verlo no mostró sorpresa, sino una tristeza tan antigua que a la inspectora le quedó claro que aquella mujer llevaba años esperando esa visita.

—Entrad —dijo—. Pero no invitéis a nadie que no pueda cruzar por sí mismo.

Laura no necesitó entender del todo aquella advertencia para saber que convenía tomársela en serio.

A esas alturas de la noche, su catálogo de incredulidades se había reducido considerablemente y, aunque seguía prefiriendo una explicación judicialmente presentable a cualquier formulación heredada del miedo rural, había aprendido que algunas normas antiguas podían encerrar una forma primitiva de conocimiento.

No eran necesariamente verdades sobrenaturales; a veces eran sólo instrucciones de supervivencia conservadas en forma de superstición porque las generaciones que las transmitieron no disponían de un lenguaje mejor.

Por eso hizo un gesto a Fernando para que esperara antes de entrar, miró hacia Manuel y después volvió a fijarse en Maruxa, que seguía sosteniendo la puerta con una mano demasiado delgada y unos dedos tan tensos que los nudillos parecían a punto de atravesarle la piel.

—¿Quién está dentro? —preguntó Laura—. Y antes de que me conteste con otra frase de esas que parecen escritas en un muro de cementerio, le recuerdo que aquí hay una investigación abierta, varios muertos y una agente de policía a la que alguien acaba de señalar como próximo objetivo.

Maruxa observó a la inspectora con una mezcla de cansancio y respeto involuntario.

Tal vez no esperaba aquella brusquedad en mitad de una noche que parecía exigir solemnidad, pero las mujeres que han criado hijas, enterrado amores y cargado secretos durante décadas reconocen con facilidad a otras mujeres acostumbradas a no pedir permiso para entrar en habitaciones oscuras.

La madre de Sandra abrió un poco más la puerta, lo suficiente para que la luz de la cocina escapara hacia el umbral y revelara el recibidor estrecho, las losas antiguas del suelo y una hilera de fotografías familiares colgadas en la pared.

—Dentro está lo que queda de Daniel —respondió—, y si le parece una respuesta poco precisa, inspectora, es porque llevo más de veinte años sin encontrar otra mejor.

Sandra sintió que aquella frase la atravesaba con una lentitud insoportable.

Lo que queda de Daniel. No su padre, no un fantasma, no una persona escondida ni un recuerdo conservado con demasiado dolor, sino una categoría imposible situada entre todas ellas.

Durante toda su vida había deseado saber más de aquel hombre reducido a dos datos y una ausencia, pero ahora descubría que la verdad podía llegar con una violencia mucho más cruel que la ignorancia.

Los hijos de los muertos aprenden a amar a través de huecos: una fotografía, una anécdota, un apellido o una frase repetida por otros.

Sandra ni siquiera había tenido eso. Había crecido alrededor de un silencio tan perfectamente administrado que llegó a confundirlo con pudor.

Manuel avanzó hasta el umbral y se detuvo antes de cruzarlo.

No pidió permiso en voz alta, pero tampoco entró, y aquel detalle llamó la atención de Laura.

El anciano parecía conocer reglas invisibles que los demás ignoraban y, por primera vez, la inspectora comprendió que no se trataba de teatralidad.

Había en su conducta una prudencia muy concreta, aprendida a fuerza de consecuencias.

Maruxa lo miró durante unos segundos, y en sus ojos apareció una emoción compleja, hecha de amor filial, reproche y un cansancio acumulado durante demasiados años.

—Puedes pasar, padre —dijo al fin—. La casa aún recuerda tu nombre.

Manuel inclinó la cabeza y cruzó el umbral con una gravedad que habría resultado ridícula en cualquier otra circunstancia.

Al hacerlo, la luz de la cocina pareció vacilar apenas un instante, aunque Laura decidió atribuirlo a una oscilación eléctrica provocada por la tormenta.

Necesitaba seguir haciendo aquello: atribuir, clasificar, nombrar...

Cada explicación racional, aunque fuera débil, le permitía mantener en pie la arquitectura mental que la había sostenido durante toda su vida adulta.