CAPÍTULO 10 #6
Laura detuvo el vehículo sin apagar el motor por precaución y permaneció unos segundos observando la casa a través del parabrisas cubierto de lluvia.
Era una construcción baja, de piedra oscurecida por la humedad, con ventanas pequeñas y un tejado de teja vieja sobre el que la lluvia resbalaba como si conociera el camino desde hacía generaciones.
No parecía el escenario de una revelación sobrenatural ni el centro de una conspiración familiar.
Parecía, sencillamente, una casa de aldea donde alguien preparaba caldo en invierno y empanada los domingos.
Sandra no apartaba la vista de la ventana iluminada.
Reconocía la postura de su madre con esa exactitud que sólo proporcionan los años de convivencia: la espalda recta a pesar de la edad, los hombros ligeramente elevados cuando estaba nerviosa y aquella manera de permanecer junto al fregadero sin hacer nada, como si lavar un plato o pasar un paño por la encimera pudiera ofrecerle una excusa para no mirar de frente aquello que la preocupaba.
Sin embargo, la sombra situada detrás de ella no pertenecía a ningún mueble, ni al perchero de la cocina, ni a la vieja alacena heredada de sus abuelos.
Era demasiado alta, demasiado estrecha y, sobre todo, estaba colocada en un ángulo imposible para ser proyectada por la luz del techo.
—¿Hay alguien más en casa? —preguntó Laura sin apartar la vista de la ventana.
—No debería —contestó Sandra.
—¿Qué coño hay detrás de ella, entonces? —preguntó Laura.
Manuel observó la casa durante unos segundos.
La luz de la cocina dibujaba sobre sus facciones un relieve extraño, acentuando arrugas que quizá no pertenecían del todo a la edad, sino a la culpa.
Cuando respondió, lo hizo sin dramatismo, y eso resultó mucho peor que cualquier advertencia pronunciada con voz solemne.
—Un recuerdo que ha aprendido a sostenerse de pie.
Fernando soltó un suspiro breve, casi imperceptible, de esos que un hombre de ciencia emite cuando la poesía invade un escenario que agradecería desesperadamente un informe técnico.
Laura, en cambio, no se molestó siquiera en protestar.
Empezaba a comprender que las frases de Manuel, por irritantes que resultaran, rara vez eran simples adornos.
El anciano hablaba como hablan quienes han convivido demasiado tiempo con algo que no admite vocabulario ordinario.
—Voy a hacerle una pregunta muy sencilla —dijo la inspectora—, y le agradeceré que conteste como si estuviéramos en un interrogatorio y no en una romería metafísica. ¿Esa sombra puede hacernos daño?
Manuel apartó por fin la mirada de la ventana y la fijó en ella.
Durante un segundo, Laura tuvo la impresión de que el anciano estaba midiendo cuánto podía decir sin convertir el miedo en pánico.
Era una actitud que conocía bien. La practicaban los médicos cuando hablaban con familiares en pasillos de hospital y los policías cuando informaban de una muerte sin revelar aún los detalles más espantosos.
—No si no se le da entrada —respondió.
Laura respondió con un gesto de desaprobación, desesperada por encontrar sentido a aquel galimatías. Si ya debía ser complejo tratar con un fantasma con un bien nutrido repertorio de frases enmarañadas, todavía lo era más si éste era de origen gallego.
—Mi madre nunca abre la puerta después de medianoche —interrumpió Sandra.
—Pues esta noche va a hacer una excepción —atajó Laura.
—¡No! —intervino Manuel. Su voz adquirió una dureza que no admitía discusión—.
Si entramos, debe abrir ella por propia voluntad, pero no porque se la obligue ni porque se la asuste.
Hay reglas antiguas que no dependen de creer en ellas.
Uno puede no creer en la gravedad y aun así romperse los dientes al caer por una escalera.
Laura lo observó con los ojos entrecerrados.
Detestaba recibir instrucciones de sospechosos, muertos, aparecidos o cualquier categoría híbrida que Manuel Gómez representara en aquel momento.
Pero había algo en su tono que desaconsejaba la burla fácil.
Además, por mucho que le fastidiara reconocerlo, aquella noche había demostrado que las normas ordinarias estaban funcionando sólo a medias.
—Muy bien —dijo al fin—. Entonces llamará Sandra. Si su madre no abre, buscaremos otra manera de hablar con ella sin convertir esto en un episodio de Cuarto Milenio con presupuesto autonómico.
Sandra casi sonrió, aunque la expresión se deshizo antes de nacer.
Abrió la puerta del vehículo y la lluvia la recibió con un golpe frío en el rostro.
La casa estaba a pocos metros, pero el camino de piedra que llevaba hasta la entrada le pareció extrañamente largo.
Tal vez porque en cada paso reconocía algo de su infancia: la maceta rota junto al muro, la parra que su madre se empeñaba en podar mal todos los años, el escalón hundido donde se había caído una vez siendo niña y el olor a humedad vegetal que llegaba desde la parte trasera, donde se encontraba la Fonte Vella.
Aquel lugar, que durante toda su vida había representado seguridad, empezaba a transformarse en algo distinto ante sus ojos, como si la memoria familiar fuera una pintura antigua cuya superficie alguien hubiese comenzado a raspar para mostrar debajo otra imagen mucho más oscura.
Llamó al timbre, aunque dentro de la casa no se oyó movimiento alguno.
La silueta de su madre seguía visible junto a la ventana y la sombra permanecía detrás de ella con una quietud que resultaba profundamente desagradable, no porque se moviera o amenazara, sino precisamente porque parecía esperar.
Sandra volvió a llamar, esta vez con los nudillos, como hacía de niña cuando regresaba del colegio y olvidaba las llaves.
—Mamá, soy yo. Abre, por favor. Necesito hablar contigo. Es importante.
La cerradura no sonó, ni hubo pasos. Durante unos segundos la casa permaneció inmóvil, iluminada desde dentro como una fotografía detenida en el tiempo.
Laura, situada unos metros detrás junto a Fernando y Manuel, mantuvo la mano cerca del arma sin llegar a tocarla.
Había algo obsceno en aquella espera, como si todos estuvieran violando una intimidad familiar que llevaba años sosteniéndose sobre silencios cuidadosamente ordenados.
Finalmente, la voz de la madre de Sandra llegó desde el interior de la casa, apagada por la puerta de madera y por el rumor de la lluvia.
—No puedo abrirte, hija. Ya no estoy sola.
Laura dio un paso hacia la puerta, pero Manuel levantó el bastón con un gesto breve para detenerla. La inspectora lo miró con rabia, aunque no avanzó. Sandra apoyó una mano sobre la madera húmeda y notó, o creyó notar, una vibración tenue al otro lado, como si la casa respirara muy despacio.
—Mamá, ¿quién está contigo?
La mujer respondió casi en un susurro, aunque todos alcanzaron a escucharla.
—Tu padre.
Sandra se quedó inmóvil. Laura frunció el ceño y miró de inmediato a la joven, esperando una explicación que no llegó.
Sandra nunca había conocido a su padre. Su madre le había dicho siempre que había muerto antes de que ella naciera.
Y, de pronto, al otro lado de la puerta, una voz masculina comenzó a tararear una vieja canción infantil que recordaba haber escuchado muchas noches en sueños, aunque hasta ese instante jamás había sabido quién se la cantaba.
La melodía llegó hasta el exterior amortiguada por la madera de la puerta y por la lluvia que seguía cayendo sobre el tejado, pero aun así Sandra la reconoció con una precisión que le produjo una punzada casi física.
No era una canción popular ni una nana conocida, al menos no una que recordara haber escuchado en boca de otras madres o abuelas del valle.
Era una melodía sencilla, de apenas unas pocas notas, repetida con la paciencia monótona con la que se duerme a un niño que no quiere rendirse al sueño.
Durante años había creído que pertenecía a su imaginación, a esa zona brumosa donde los recuerdos muy tempranos se confunden con los sueños y con las historias familiares que otros nos cuentan después.
Sin embargo, al oírla al otro lado de la puerta comprendió que aquella música formaba parte de su vida desde antes de que pudiera ponerle nombre a las cosas.
Laura observó a la joven agente con atención.
El rostro de Sandra había cambiado de una forma que la inspectora no supo interpretar al principio.
No era miedo exactamente, ni sorpresa, ni siquiera dolor.
Era algo más íntimo y desarmado, la expresión de quien descubre que una ausencia largamente aceptada tal vez no fuera sólo una ausencia.
—Sandra —dijo en voz baja—, necesito saber quién era tu padre.
La joven no apartó la mano de la puerta.
La madera estaba fría y húmeda, pero bajo la palma notaba todavía aquella vibración tenue que no sabía si atribuir a la voz que cantaba dentro o a su propio pulso acelerado.
Durante toda su vida había repetido una versión sencilla de la historia: su padre murió antes de que ella naciera, un accidente, una desgracia familiar de la que su madre prefería no hablar demasiado porque el dolor no siempre mejora al nombrarlo.
Sandra había aceptado esa explicación con la naturalidad con la que los niños aceptan casi todo lo que dicen los adultos, sobre todo cuando perciben que preguntar más sólo sirve para abrir una herida.
—Se llamaba Daniel —respondió al fin—. Daniel Lago.
Eso es lo único que sé con certeza. Mi madre decía que murió en un accidente de coche cuando ella estaba embarazada de tres meses, pero nunca hubo fotografías en casa, ni visitas de su familia, ni aniversarios, ni nada de lo que suele quedar alrededor de un muerto.
Yo pensaba que era porque a ella le dolía demasiado recordarlo.