CAPÍTULO 10 #5
Sandra sintió que el recuerdo del herrumbroso objeto de hierro ennegrecido regresaba con una claridad dolorosa.
La llave colgada al cuello de su abuelo, el gesto inconsciente con el que él la tocaba cuando se acercaban tormentas, la discusión de su madre durante el entierro y aquella frase que entonces le pareció una rareza sin importancia: hay cosas que deben enterrarse con sus dueños.
—¿Qué abre esa llave? —preguntó.
Manuel la miró con una ternura que hizo todavía más insoportable la respuesta.
—No abre una puerta, Sandra. La cierra.
—Estoy un poco harta de tanto misterio y palabras secretas encriptadas —atajó Laura—.
Así, que vamos a hacer algo muy sencillo.
Usted va a subir a ese coche, va a acompañarnos hasta la casa de la madre de Sandra y, durante el trayecto, va a contarnos exactamente qué cierra esa llave, dónde está la cueva y por qué demonios todo el mundo en este valle parece haber decidido que guardar secretos es una tradición local tan respetable como preparar filloas en carnaval.
Manuel la observó con una leve sombra de cansancio en los ojos. Se limitó a asentir con la resignación de quien comprende que la inspectora Rivas no estaba hecha para aceptar mitologías sin reducirlas antes a una declaración policial.
—Os acompañaré hasta donde pueda, pues esta no es mi realidad y sólo podré caminar hasta dónde me sea permitido —respondió—.
Pero debéis entender algo antes de llamar a esa puerta.
Mi hija no guardó silencio por cobardía, sino porque yo se lo pedí.
Y porque durante años creyó, igual que yo, que el precio del secreto era menor que el precio de la verdad.
Laura estuvo a punto de responder que las personas que decían aquello rara vez eran quienes terminaban pagando el precio más alto, pero se contuvo.
No por delicadeza, virtud que a menudo consideraba sobrevalorada, sino porque observó el rostro de Sandra y comprendió que cada palabra sobre su madre podía convertirse en una herida añadida.
La joven agente había pasado de colaborar en una investigación de homicidio a descubrir que su historia familiar estaba atravesada por un misterio de varias décadas, y aunque Laura no era precisamente una especialista en consuelo emocional, sí sabía reconocer cuándo alguien empezaba a sostenerse más por orgullo que por fuerza real.
Varela se acercó con la cautela de quien no sabe exactamente qué parte de una conversación imposible debe fingir haber entendido. El sargento tenía el rostro empapado y una expresión que mezclaba obediencia profesional con el desconcierto razonable de cualquier persona sensata.
—Inspectora, ¿qué hacemos con el perímetro? —preguntó—. Tengo hombres nerviosos, una escena que ya no sé ni cómo describir en el informe y varias unidades preguntando si deben acercarse al puente viejo o mantener posición.
Laura agradeció aquella pregunta precisamente porque pertenecía al mundo que conocía.
Perímetro, unidades, posición. Palabras concretas, útiles, de esas que no intentan explicar el sentido del universo, sino evitar que alguien meta la pata antes del amanecer.
Sintió el deseo de ordenar a Varela que se metiese el perímetro por dónde buenamente pudiera, pero logró morderse la lengua a tiempo.
—Mantenga el perímetro y que nadie se acerque al río sin autorización expresa.
Quiero fotografías de todas las huellas, muestras del barro, copias de los mensajes recibidos en los teléfonos y vigilancia en ambos accesos al puente viejo.
Si alguien ve luces, sombras, procesiones, abuelos resucitados o cualquier otra mierda difícil de justificar administrativamente, que no improvise heroicidades y me avise antes de hacer el gilipollas.
Y, sobre todo, que el operativo al completo trabaje siempre de espaldas al río.
Me da igual si la mismísima Mia Khalifa los está llamando a gritos para que se den la vuelta.
Lo nombro responsable directo de cualquier daño a los agentes aquí destinados, así que ya puede ocuparse bien de supervisar que mis órdenes sean correcta y puntualmente cumplidas. ¿Ha quedado bien claro?
El sargento asintió con una seriedad que, en otras circunstancias, habría resultado casi cómica. Aquella orden, por absurda que sonara, era probablemente la más razonable que había escuchado en toda la noche.
Fernando guardó la tableta y el cuaderno en una bolsa impermeable mientras observaba de reojo a Manuel Gómez.
Había algo en la presencia del anciano que lo incomodaba de un modo particular.
No era sólo el hecho evidente de que debería estar muerto, sino la forma en que su cuerpo parecía cumplir a medias las reglas de la biología.
Respiraba, sí, pero no del modo en que respiraría un hombre cansado después de caminar bajo la lluvia.
Su piel recibía el agua, pero no parecía enfriarse.
Sus manos tenían venas, arrugas y manchas propias de la edad, aunque Fernando no lograba apreciar en ellas el temblor fino que tantos ancianos desarrollaban con los años.
Pero lo que seguía llamando poderosamente su atención por encima de todo era que su cuerpo seguía sin proyectar una sombra reconocible.
Era como contemplar una copia extraordinariamente fiel de un ser humano construida por alguien que conocía todos los detalles externos, pero no terminaba de comprender del todo el desgaste íntimo de la vida ni las leyes básicas de la física que rigen el planeta Tierra.
Subieron a los vehículos con una sensación extraña de urgencia contenida.
Sandra se sentó junto a Laura, mientras Manuel ocupaba el asiento trasero al lado de Fernando, que no pudo evitar observarlo como quien comparte espacio con un fenómeno médico y antropológico imposible de clasificar.
El motor arrancó y los faros iluminaron el camino embarrado, donde la fotografía dejada por Marta seguía tendida sobre el suelo, empapada y, aun así, intacta.
Laura la vio al pasar y sintió el impulso de ordenar que alguien la recogiera, pero no lo hizo…
El trayecto hacia la casa de la madre de Sandra comenzó en silencio.
No era un silencio vacío, sino uno de esos silencios densos en los que cada ocupante del vehículo está hablando consigo mismo a una velocidad imposible.
Laura conducía con ambas manos en el volante, atenta al camino y a la vez pendiente del espejo retrovisor, donde el rostro de Manuel aparecía y desaparecía al ritmo de las curvas.
Sandra mantenía la mirada fija en la carretera, aunque no parecía ver nada de lo que tenían delante.
Y Fernando, incapaz de abandonar del todo su formación científica incluso cuando el mundo amenazaba con derrumbarla, pensaba en análisis de ADN, registros parroquiales, pruebas de temperatura corporal y cualquier procedimiento que pudiera demostrar que aquel anciano era un fraude, un gemelo desconocido o la explicación más incómoda de todas.
Manuel fue quien rompió finalmente el silencio.
—La llave cerraba la entrada inferior.
Laura no apartó la vista de la carretera. Por un mínimo instante deseó tomar de la cartuchera su arma reglamentaria y volarle la tapa de los sesos al anciano.
—¡Joder! ¿Ya estamos otra vez con los jueguecitos? ¿Entrada inferior de qué?
—De la cueva. Hay dos accesos. El que encontramos en 1968 quedó cubierto de nuevo cuando el río recuperó su nivel, pero existe otro más antiguo, excavado en la roca bajo una fuente abandonada.
Durante años creímos que bastaba con mantenerlo cerrado, pero fue otra ingenuidad, porque las cerraduras sirven para detener a los hombres y lo que espera debajo aprendió hace mucho tiempo a utilizar sus deseos.
Sandra giró lentamente la cabeza hacia él.
La palabra fuente acababa de encender algo en su memoria.
No un recuerdo completo, sino una imagen parcial: un muro de piedra cubierto de musgo, una inscripción casi borrada y su madre tirando de su brazo con una brusquedad impropia cuando ella, siendo niña, intentó acercarse a beber durante una caminata.
—La Fonte Vella —murmuró.
—Sí —Manuel cerró los ojos con dolor.
Laura sintió que el nombre encajaba demasiado bien con las piezas que llevaban horas acumulando.
Agua, río, pozo, fuente... Galicia estaba llena de fuentes antiguas, muchas de ellas olvidadas entre maleza o restauradas sin que nadie recordara ya las historias que habían justificado su existencia.
Durante siglos habían sido lugares de reunión, de culto, de superstición y de necesidad.
La gente bebía, rezaba, pedía salud, dejaba monedas, ataba pañuelos o contaba secretos al agua porque, de algún modo, siempre había intuido que ciertos lugares escuchaban mejor que otros.
—¿Dónde está? —preguntó.
Sandra respondió antes que Manuel, y el temblor de su voz hizo que Laura comprendiera que la joven acababa de recordar algo importante.
—Detrás de la casa de mi madre. A menos de cien metros del desván donde guardaba los cuadernos de mi abuelo.
—Perfecto —murmuró Laura—. Pues parece que esta noche vamos a visitar a tu madre, a una fuente vieja y, si la cosa sigue así, probablemente también a la madre que parió a medio inframundo.
Sandra, pese al miedo, casi sonrió. Aquella grosería sonaba a Laura en estado puro y, de algún modo inexplicable, le resultó reconfortante.
El vehículo tomó la última curva antes de entrar en el núcleo de casas dispersas donde vivía la madre de Sandra.
La vivienda apareció al fondo, una construcción de piedra y tejado bajo rodeada por un muro cubierto de hiedra.
Había luz en la cocina y a través de la ventana se distinguía una silueta femenina de pie, inmóvil, como si aguardara su llegada desde hacía mucho tiempo.
Sandra reconoció a su madre al instante, aunque lo que no reconoció fue la sombra que permanecía detrás de ella.