El agua nunca olvida CAPÍTULO 10 #4
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CAPÍTULO 10 #4

—El séptimo nombre no es una víctima cualquiera —dijo Manuel—.

Es quien puede abrir el paso de forma definitiva o cerrarlo para otra generación.

En 1968 debí haberlo hecho yo, pero fui cobarde.

Elegí vivir, o algo parecido a vivir, y dejé que otros pagaran el precio de mi miedo.

Desde entonces el río ha esperado a que mi sangre volviera al lugar donde todo comenzó.

Esta noche, tras la sexta campanada, el último sello se ha abierto y el plazo ha concluido.

Ahora, debe ser alguien vivo con mi sangre quien salde la deuda o, de lo contrario, el portal hacia el averno quedará abierto en esta dimensión… y en ambos sentidos.

Sandra sintió que aquellas palabras entraban en ella con una lentitud cruel.

Durante unos segundos no quiso comprenderlas, porque comprender implica aceptar y ella todavía necesitaba resistirse.

Miró a Laura, luego a Fernando y finalmente a Manuel, buscando en cualquiera de ellos una explicación alternativa que no llegara a la conclusión evidente.

Pero el rostro del anciano, empapado por la lluvia y marcado por una culpa demasiado antigua para pertenecer a una sola vida, le confirmó lo que su corazón ya había entendido.

—No —murmuró.

—Lo siento, niña—contestó Manuel bajando la mirada.

Laura dio un paso hacia Sandra, no con la intención de consolarla, sino de situarse instintivamente entre ella y aquello que la amenazaba. Era un gesto absurdo, quizá inútil, pero profundamente humano.

—¡Ni hablar! —gritó—. Si lo que estás insinuando es que Sandra forma parte de esto, vas a tener que explicarlo mucho mejor, porque te juro por lo más sagrado que no pienso entregar a una agente bajo mi responsabilidad a un río, a una maldición o a lo que demonios sea esta locura.

—No se entrega lo que ya ha sido llamado, inspectora. Sólo se decide si se camina hacia ello con los ojos abiertos o si se espera a que venga a reclamarlo.

Una lejana campana sonó entonces desde algún lugar imposible de ubicar, no como un golpe aislado en el aire, sino como una vibración que pareció ascender desde el subsuelo y recorrer el valle entero antes de diluirse en la lluvia.

Cuando su último eco se apagó entre los árboles, todos los teléfonos móviles comenzaron a iluminarse al mismo tiempo, mostrando una nueva imagen sin remitente ni explicación técnica posible: una fotografía tomada desde el interior de una cueva, junto a un pozo de agua negra, en cuyo borde aparecía escrito con barro fresco un nombre que nadie habría querido leer: Sandra Gómez .

Sandra no apartó la vista de la pantalla durante varios segundos, aunque la palabra que aparecía escrita sobre el borde del pozo era demasiado clara para necesitar una segunda lectura.

Su nombre, compuesto por letras torpes y gruesas de barro fresco, parecía haber sido trazado con una paciencia deliberada, como si quien lo hubiese escrito no pretendiera únicamente comunicar una amenaza, sino dejar constancia de una elección irrevocable.

La imagen estaba tomada desde el interior de una cueva y mostraba paredes húmedas, formaciones de roca oscura y un pozo circular cuya superficie negra no reflejaba la luz de ninguna linterna ni de ningún cielo exterior.

Aquel detalle resultaba absurdamente inquietante, porque incluso las aguas más turbias devuelven alguna forma de brillo cuando reciben luz suficiente. Aquella, en cambio, parecía absorberla.

Laura reaccionó antes que nadie. No arrebató el móvil de las manos de Sandra, aunque la tentación fue evidente, sino que se situó a su lado y observó la fotografía con una concentración fría, casi agresiva.

—Esto es una amenaza —dijo al fin, pronunciando cada palabra con la lentitud de quien intenta fijar una realidad sólida bajo los pies—.

Y las amenazas las hacen personas. Personas con acceso a nuestros teléfonos, a la historia de tu familia y a un lugar que, por lo que parece, alguien ha fotografiado hace muy poco.

No voy a entregar a nadie a una puta leyenda mientras exista una sola posibilidad de que detrás de todo esto haya un ser humano manipulándonos.

Manuel Gómez la miró con tristeza, aunque en aquella tristeza no había reproche.

Más bien parecía la melancolía de quien reconoce en otro la misma resistencia que un día lo condenó a él.

El anciano había sido maestro, y los maestros aprenden pronto que nadie acepta una verdad antes de estar preparado para recibirla.

—Ojalá tenga razón, inspectora —respondió—.

Ojalá detrás de esto hubiera únicamente hombres con demasiada imaginación y demasiado odio.

Los hombres pueden detenerse, se les puede encerrar, juzgar o matar si no queda otro remedio.

Lo que vive debajo del agua no obedece a las mismas normas, y ésa fue precisamente la primera lección que aprendimos tarde.

Fernando se acercó a Sandra y observó la fotografía con atención profesional, porque incluso en medio de lo imposible su mente seguía buscando detalles verificables.

—La imagen tiene metadatos —dijo después de unos segundos—.

Si no han sido manipulados, quizá podamos rastrear el dispositivo o al menos la hora exacta de captura.

También podríamos comparar la geología visible con formaciones conocidas de la zona.

Las paredes, la humedad, el tipo de roca… todo deja información.

Laura lo miró con un alivio que no llegó a manifestarse en su rostro. Aquello era útil, concreto y medible. Recibió las palabras del forense como un salvavidas al que agarrarse para regresar a la orilla de la realidad de lo humano, lo tangible.

—Hazlo —ordenó—. Y llama a quien tengas que llamar. Geólogos, espeleólogos, al primo raro que todos tenemos y que un día se apuntó a un club de cuevas para no hablar con mujeres… Me da igual, pero quiero saber dónde está ese puto pozo antes de que amanezca.

Sandra seguía en silencio. No lloraba ni temblaba ya, pero había en su rostro una expresión que Laura conocía bien.

Era la expresión de quien acaba de comprender que su vida privada ha dejado de pertenecerle.

Había comenzado aquella noche como agente local de Mondariz y ahora acababa de descubrir que su sangre, su apellido y quizá toda su infancia formaban parte de un mecanismo enterrado mucho antes de que ella naciera.

—Mi madre sabe algo —dijo finalmente con la vaga esperanza de revertir aquella situación, agarrándose a un clavo ardiendo—.

No sé cuánto, pero lo sabe. Cuando mi abuelo murió, cambió por completo.

Yo pensé que era el duelo, pero ahora recuerdo demasiadas cosas; las cajas que quemó en el patio, las discusiones con mi abuela, las veces que me prohibió acercarme sola al río.

Siempre pensé que era miedo normal, miedo de madre, pero no era eso.

Manuel cerró los ojos, y la lluvia resbaló por su rostro de tal manera que durante un instante pareció estar llorando.

—Tu madre intentó protegerte —dijo—. Igual que yo intenté protegerla a ella. Ése fue nuestro error, porque creímos que el silencio podía hacer lo que no había logrado la sangre.

Laura levantó la vista hacia él con dureza, pero cuando iba a intervenir con un duro reproche a Manuel, Marta Pereira retrocedió un paso hacia la oscuridad del camino, y el movimiento atrajo la atención de todos.

La fotografía antigua que sostenía entre las manos había dejado de cambiar, aunque las figuras aparecidas en ella seguían allí, unidas por una quietud incómoda.

La mujer la miró durante unos segundos y después la dejó caer sobre el barro con una delicadeza casi reverencial, como si depositara una ofrenda o se despidiera de algo que ya no le pertenecía.

—No puedo quedarme más —murmuró—. Debo regresar a dónde van los nombres cuando nadie los recuerda.

Marta comenzó a andar hacia el borde del camino, en dirección al sonido del Tea.

Lo hizo con pasos tranquilos, sin apresurarse, y a medida que se alejaba de la luz de los faros, su figura pareció volverse menos definida.

No desapareció de golpe ni se deshizo como una aparición de cuento.

Simplemente empezó a confundirse con la lluvia, la niebla y la oscuridad del bosque, hasta que la ropa de hospital fue sólo una mancha pálida entre los árboles y luego nada que pudiera distinguirse con certeza…

Nadie intentó detenerla, pues ninguno de ellos habría sabido cómo hacerlo.

Durante unos segundos nadie habló, y esta vez el silencio no tuvo nada de cinematográfico ni de solemne, sino la torpe incomodidad de las personas que acaban de presenciar algo para lo que no existe protocolo administrativo.

Finalmente, la inspectora se volvió hacia Manuel Gómez con el rostro endurecido por una decisión que aún no tenía forma completa, pero que ya empezaba a imponerse.

—Vamos a casa de la madre de Sandra —dijo—. Ahora mismo. Si lleva años guardando secretos, esta noche se le acaba la colección.

El anciano asintió, aunque su mirada se desplazó hacia el bosque antes de responder.

Las cuatro figuras que habían surgido de entre los árboles permanecían inmóviles a cierta distancia, como testigos silenciosos de una historia que conocían demasiado bien.

No parecían amenazantes en aquel momento.

Más bien daban la impresión de esperar el cumplimiento de algo que ya no dependía de ellos.

Parecían desear —más bien incentivar— que, con su presencia, los vivos cambiaran de opinión y volvieran a mirar hacia la superficie del río, concentrándose en los rostros desencajados de aquellos que no conocían descanso.

Sin embargo, la orden de Manuel había calado casi tanto como la sensación sobrenatural que empujaba drásticamente a los presentes a acercarse al agua, dejándose llevar por ella.

—Hacedle las preguntas adecuadas —dijo Manuel—. No sobre mí ni sobre los muertos de 1968. Preguntadle por la llave, esa es la clave de todo y la última oportunidad para mi pequeña.