El agua nunca olvida CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Nadie comprendió aquella frase excepto Sandra, que, en el mismo instante en que se pronunció, sintió una punzada aguda en la sien y una imagen completamente ajena atravesó su mente con la violencia de un relámpago: una cueva iluminada por lámparas de carburo, seis jóvenes junto a un pozo de agua negra y una séptima silueta reflejada en la superficie inmóvil del agua.

Una figura sin rostro que la miraba fijamente.

Ella cerró los ojos con fuerza y tuvo que apoyar una mano sobre el lateral del vehículo para no perder el equilibrio.

La imagen había sido demasiado nítida para confundirse con una simple imaginación y demasiado breve para analizarla con calma.

Durante años había escuchado a testigos describir recuerdos falsos, sueños confundidos con realidades o escenas reconstruidas por el cerebro a partir de fragmentos dispersos.

Sabía perfectamente hasta qué punto la mente humana es capaz de engañarse a sí misma.

Sin embargo, aquello no se parecía a un recuerdo ni a una fantasía.

Tenía la desagradable textura de las experiencias que uno no vive, sino que recibe.

—Sandra, ¿qué ocurre? —indagó Laura al reconocer su palidez.

La joven tardó unos segundos en responder. Le costaba ordenar las palabras porque ni siquiera estaba segura de haber comprendido lo que acababa de ver. A veces el cerebro rechaza ciertas experiencias no porque sean imposibles, sino porque carece de categorías adecuadas para clasificarlas.

—He visto la cueva —murmuró finalmente—. Creo que he visto la cueva.

Aquella frase provocó una reacción inmediata en Manuel Gómez. El anciano levantó la cabeza con una rapidez impropia de su edad aparente.

—¿Qué has visto exactamente?

—El pozo y los seis jóvenes junto al agua. Y había una séptima figura reflejada.

Manuel cerró los ojos, derrotado, vencido.

—Entonces ya ha comenzado.

Nadie necesitó preguntar a qué se refería.

Algunas frases poseen esa extraña cualidad de ser comprendidas incluso cuando permanecen incompletas.

Los cuatro ancianos continuaban acercándose con la misma lentitud implacable.

A medida que entraban en el círculo de luz proyectado por los vehículos, sus rasgos se volvían más nítidos y el parecido con las fotografías antiguas resultaba cada vez más difícil de ignorar.

No parecían espectros ni apariciones, sino personas reales y precisamente por eso inspiraban una inquietud mucho más profunda.

Álvaro Soutelo se detuvo a pocos metros de Manuel.

Durante unos segundos se limitaron a observarse en silencio, como hacen los viejos amigos que han compartido demasiado dolor para necesitar palabras.

Sandra tuvo la impresión de que aquella mirada contenía décadas enteras de recuerdos, reproches y pérdidas imposibles de resumir.

Fue él quien habló primero.

—Siempre fuiste el más terco de nosotros.

—Alguien tenía que quedarse —contestó Manuel con una sonrisa vieja y torcida.

—Pues te quedaste demasiado tiempo.

Aquella frase cayó sobre el grupo con el peso de una verdad largamente esperada. Laura sintió que algo empezaba a encajar en su cabeza. No eran piezas suficientes para completar el puzle, pero sí las necesarias para vislumbrar su contorno.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

—Que yo no regresé esta noche—contestó Manuel—. He estado aquí todo el tiempo. Las personas sólo entierran cuerpos, niña y no siempre entierran a quienes los habitan.

Fue entonces cuando el río cambió. Nadie supo explicar después cómo lo advirtió.

Quizá fuera el sonido, el olor, o tal vez existan alteraciones tan sutiles en el mundo que el cerebro las detecta antes de que la conciencia logre interpretarlas.

El caso es que el Tea dejó de sonar y aquella ausencia resultó mucho más aterradora que cualquier estruendo.

Los presentes volvieron instintivamente la cabeza hacia el cauce. Todos excepto Manuel y Marta, que gritaron al mismo tiempo.

—¡No miréis el agua!

Era demasiado tarde, porque el río, negro bajo la lluvia y la noche, había comenzado a devolver reflejos de personas que no estaban allí...

Durante unos segundos nadie fue capaz de reaccionar, no porque faltara voluntad, sino porque la escena que se extendía ante ellos tenía esa cualidad imposible de los sueños en los que todo parece obedecer a una lógica secreta y, al mismo tiempo, absolutamente ajena al pensamiento despierto.

La superficie del Tea, oscura y casi inmóvil bajo la lluvia, no reflejaba únicamente los árboles, los faros de los vehículos o las figuras detenidas en el camino forestal, sino rostros que no ocupaban ningún lugar en la orilla.

Rostros jóvenes, algunos borrosos, otros terriblemente definidos, que aparecían y desaparecían entre las ondulaciones del agua como si estuvieran atrapados al otro lado de una lámina demasiado fina para ser muro y demasiado profunda para ser espejo.

Laura sintió la tentación inmediata de apartar la vista, aunque no llegó a hacerlo.

Había pasado demasiados años entrenándose para mirar donde otros preferían cerrar los ojos, y quizá por eso comprendió de pronto que la advertencia de Manuel Gómez no pretendía evitarles el miedo, sino algo mucho más peligroso.

No se trataba de que contemplar aquellos reflejos resultara insoportable, sino de que el propio acto de mirar parecía establecer una forma de vínculo.

Cuanto más tiempo observaba el agua, más difícil le resultaba recordar dónde terminaba la superficie del río y dónde comenzaba aquello que se movía bajo ella, como si su mente buscara desesperadamente una explicación y, al no encontrarla, estuviera dispuesta a aceptar cualquier mentira que el agua quisiera ofrecerle.

Sandra fue la primera en reconocer uno de los rostros.

Era una muchacha joven, de pelo claro y expresión triste, que miraba desde el fondo del río con la misma melancolía que mostraba en la fotografía antigua del cuaderno de su abuelo.

Elisa Fandiño, otra de los desaparecidos del 1968.

No era una aparición nítida ni estable, sino una imagen formada por agua, sombra y memoria, pero aun así resultaba imposible confundirla.

La joven agente sintió entonces una tristeza inesperada, casi íntima, como si aquella muchacha llevara décadas esperando que alguien pronunciara de nuevo su nombre y, al ser reconocida, hubiera recuperado durante un instante una mínima parte de la existencia que el valle le había arrebatado.

Manuel Gómez levantó el bastón y golpeó el suelo con fuerza suficiente para que el sonido seco de la madera contra el barro rompiera la quietud del grupo.

El gesto no tuvo nada de teatral. Fue el acto desesperado de quien comprende que una frontera acaba de debilitarse y que cada segundo de duda puede resultar fatal.

Cuando habló, su voz sonó fuerte y rotunda, con una urgencia que Sandra no le había escuchado jamás.

—¡APARTAD LA VISTA TODOS! ¡AHORA! —gritó.

Laura obedeció más por rabia que por fe. Se obligó a girar la cabeza hacia el barro del camino y sintió de inmediato una punzada de vergüenza, porque durante un instante brevísimo había deseado seguir mirando.

Fernando, en cambio, tardó algo más en apartarse.

Lo hizo finalmente con el rostro desencajado, no por miedo supersticioso, sino por una conmoción mucho más profunda.

Acababa de ver, reflejado en el agua, a un hombre al que había abierto en canal tres años atrás durante una autopsia rutinaria.

Recordaba aquel cadáver con precisión profesional: varón de sesenta y dos años, insuficiencia cardiaca, cicatriz antigua en el abdomen y un tatuaje azul casi borrado en el antebrazo izquierdo.

Lo inquietante no era reconocerlo, sino haberlo visto en el río con los ojos abiertos, mirándolo desde una distancia imposible y moviendo los labios como si intentara decirle algo que el agua se negaba a dejar salir.

La superficie del río parecía haberse convertido en una puerta hacia otra dimensión en donde algo maligno habitaba y, a cada segundo que pasaba contemplándola, más se acercaba a la frontera y a la inherente probabilidad de terminar traspasando el portal hacia los infiernos.

Marta Pereira retrocedió hasta situarse junto a Manuel, y por primera vez desde su aparición en el camino pareció menos una emisaria de algo desconocido que una mujer aterrada atrapada entre fuerzas que no entendía.

Su figura seguía resultando imposible, pero el miedo que reflejaba su rostro era demasiado humano para ignorarlo.

Laura, que aquella misma noche había aprendido a desconfiar de los muertos y de los vivos por igual, comprendió entonces que quizá Marta no era una amenaza, sino una advertencia.

O, peor aún, una prueba de lo que les esperaba si no lograban cerrar aquel camino antes de que el séptimo nombre fuera reclamado.

—Necesito saber qué es el séptimo nombre —dijo la inspectora sin mirar al río, obligándose a fijar la atención en Manuel—. Y necesito saberlo ahora, sin metáforas, sin medias verdades y sin esa manía tan gallega de contestar a una pregunta con una frase que parece sacada de una lápida.

El anciano la observó con una tristeza paciente, como si aquella exigencia le pareciera razonable y, al mismo tiempo, insuficiente.

Luego volvió la vista hacia Sandra, y la joven comprendió antes de que él pronunciara una sola palabra que la respuesta iba a dolerle.

No fue una intuición sobrenatural ni una revelación, sino algo mucho peor: el reconocimiento de una verdad familiar que había permanecido oculta demasiado tiempo y a plena vista.