CAPÍTULO 10 #2
—Éramos seis junto al pozo. Pero el agua devolvía siete reflejos y aquella fue la primera vez que lo vimos…
Ninguno de nosotros supo describirlo después —continuó el anciano tras una breve pausa para respirar hondo—, y ése fue el primer error.
Las personas creemos que todo lo que existe debe poder explicarse con palabras, pero el lenguaje tiene límites.
Hay experiencias que el cerebro entiende y que, sin embargo, la boca es incapaz de traducir.
Durante años pensé que aquello había sido una ilusión provocada por el miedo o por los gases de la cueva.
Me aferré a esa idea con todas mis fuerzas.
Los seres humanos no siempre creemos aquello que parece verdadero; a menudo creemos aquello que nos permite seguir viviendo.
El problema es que las alucinaciones no dejan huellas y tampoco matan personas.
Sandra notó que las manos le temblaban ligeramente.
No era sólo el hecho de tener delante a su abuelo.
Era la sensación de que toda su infancia estaba reorganizándose ante sus ojos.
Recordó tardes enteras en las que el anciano se detenía a mirar el río más tiempo del necesario.
Recordó cómo evitaba ciertos caminos y cómo cambiaba de expresión cada vez que alguien mencionaba el verano de 1968.
Hasta aquel momento había atribuido aquellas rarezas al carácter melancólico de la vejez.
Ahora empezaba a preguntarse si había sido miedo.
—¿Qué visteis en el agua? —preguntó en voz baja.
Manuel levantó la vista hacia ella y, durante un instante, volvió a parecer el maestro que había enseñado a leer a generaciones enteras del valle.
—Nos vimos a nosotros mismos —respondió—, pero no como éramos entonces. El agua no mostraba el presente, sino otra cosa muy diferente. Algunos vimos nuestro futuro. Otros vieron aquello que más deseaban. Y otros… —hizo una pausa apenas perceptible— vieron aquello que terminaría encontrándolos.
El viento recorrió el bosque con una ráfaga fría y las ramas más altas se agitaron sobre sus cabezas. A lo lejos, el Tea seguía murmurando en la oscuridad con esa paciencia infinita que tienen los ríos, ajenos a las urgencias humanas y a la brevedad de las vidas que transcurren junto a ellos.
—Álvaro fue el primero —continuó—. Se inclinó sobre el borde y dijo que veía a su hija. El problema era que entonces no tenía hijos y ni siquiera estaba prometido. Un año después nació una niña que murió de fiebre antes de cumplir los seis años…
—¿Y los demás? —Sandra sentía escalofríos.
—Tomás vio el mar. Siempre soñó con marcharse a América y finalmente desapareció en un naufragio frente a Terranova.
Elisa dijo que veía una iglesia llena de flores blancas y a todo el pueblo vestido de negro y murió el mismo día de su boda.
Carmela se negó a contar lo que había visto, pero nunca volvió a ser la misma y murió poco después.
—¿Y tú qué viste, abuelo? —preguntó Sandra.
Por primera vez desde que apareció en el camino, el anciano pareció verdaderamente cansado. No físicamente, sino con ese agotamiento profundo de quienes llevan demasiado tiempo cargando con un secreto.
—Os vi a vosotros. Vi a una niña que todavía no había nacido y a una mujer vestida de uniforme caminando junto al río. Vi campanas, tumbas abiertas y algo más. Vi que uno de nosotros no moriría cuando le correspondiera.
Sandra dejó escapar lentamente el aire. Aquellas palabras no sonaban a amenaza, maldición o a condena.
Y, por primera vez desde el comienzo de aquella noche imposible, comprendió que quizá el verdadero castigo de su abuelo no había sido regresar.
Quizá el castigo había sido esperar. Fue entonces cuando ocurrió algo que ninguno de ellos olvidaría jamás.
Desde el bosque, más allá del círculo de luz de los vehículos, llegó el sonido de pasos calmados avanzando hacia ellos sobre la tierra empapada.
Manuel Gómez cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos, el miedo que había permanecido oculto bajo décadas de silencio resultó por fin visible en su rostro.
—No miréis al río —murmuró—. Pase lo que pase, no miréis al río.
Manuel Gómez no elevó la voz al pronunciar aquella advertencia y no hizo falta. Había en su tono una gravedad tan desnuda y ajena al dramatismo que todos sintieron el impulso inmediato de obedecer.
Los pasos continuaban acercándose entre los árboles con una regularidad desconcertante.
No sonaban como el avance cauteloso de un animal ni como el de una persona que intenta ocultarse.
Había algo deliberado en aquel ritmo, una especie de paciencia antigua que resultaba difícil de explicar y aún más difícil de soportar.
—¿Por qué no debemos mirar al río? —Laura mantenía la vista fija en Manuel, haciendo caso a su advertencia sin saber muy bien la razón.
—Porque no devuelve lo mismo que recibe —murmuró—. Nunca lo ha hecho. El río no mata y eso es lo que nunca comprendimos. Es sólo un umbral y los umbrales no eligen quién cruza: sólo permanecen abiertos.
Los pasos sonaron más cerca. Procedían del interior del bosque, más allá del alcance de los faros, donde la oscuridad y la niebla se confundían hasta formar una sola materia.
Laura notó cómo varios agentes dirigían instintivamente la mirada hacia los árboles.
Era un impulso profundamente humano y entonces comprendió el verdadero sentido de la advertencia.
—Escuchadme bien —dijo finalmente Manuel—. Lo que viene no es el origen del problema. El origen está debajo del agua. Esto sólo es lo que el río devuelve cuando la memoria de los hombres empieza a fallar.
Sandra sintió cómo se le tensaban los músculos del cuello.
—¿Qué devuelve?
Manuel levantó la vista hacia ella, y durante un instante dejó de parecer una figura imposible salida de una tumba abierta para convertirse de nuevo en el abuelo que la había llevado de la mano por aquellos mismos caminos.
—Las deudas… y yo he contraído una muy grande escapando a la muerte cuando mi hora había llegado.
Súbitamente, desde el interior del bosque surgió una segunda silueta, luego una tercera y después una cuarta.
No avanzaban deprisa, al contario, caminaban bajo la lluvia con la misma paciencia inquietante de los muertos en los sueños, como si el tiempo transcurriera para ellas a otra velocidad.
Los faros todavía no alcanzaban a iluminar sus rostros, pero sus figuras comenzaban a distinguirse con suficiente claridad para que Sandra sintiera cómo el corazón se detenía durante un instante.
Eran cuatro y todos caminaban apoyándose en bastones.
Sandra sintió cómo el aire abandonaba lentamente sus pulmones.
No fue una reacción teatral ni el sobresalto brusco que tantas veces describen las novelas; fue algo mucho más simple y mucho más humano: la certeza silenciosa de que el mundo acababa de desviarse unos centímetros del lugar donde siempre había estado.
Los cuatro ancianos avanzaban bajo la lluvia con un paso lento y regular, apoyándose en bastones semejantes y conservando entre sí la misma distancia, como si siguieran un orden aprendido hacía mucho tiempo.
La escena poseía una extraña solemnidad que resultaba más inquietante que cualquier gesto amenazador, porque nada inspira más desasosiego que contemplar algo imposible comportándose con absoluta normalidad.
A medida que se acercaban al límite del círculo de luz proyectado por los vehículos, comenzaron a distinguirse sus rostros.
El primero era un hombre alto y delgado, de nariz aguileña y frente amplia.
El segundo tenía el cuerpo encorvado y una cicatriz visible junto a la mandíbula.
El tercero caminaba con dificultad, arrastrando ligeramente una pierna.
La cuarta figura era una mujer de cabello completamente blanco y ojos oscuros, tan oscuros que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla.
Manuel Gómez cerró los ojos. Lejos de parecer sorprendido, su rostro reflejaba cansancio.
—Han llegado antes de lo que esperaba —murmuró con una tristeza que no necesitaba explicación.
Sandra sintió un escalofrío involuntario y observó a las figuras, que extrañamente no proyectaban sombra a su paso.
Respiraban como humanos y sus ropas se movían con el viento.
La lluvia empapaba sus abrigos y todo en ellas obedecía a las leyes ordinarias del mundo.
Todo salvo una circunstancia esencial y es que, según los archivos municipales, aquellas personas llevaban muertas entre treinta y sesenta años.
Lo cierto es que los archivos municipales le habían revelado gran cantidad de información, como las caras de los desaparecidos en 1968, reconocidas en algunas viejas fotografías adjuntas al dosier del caso.
Ella sintió un escalofrío al distinguir al primero de los desaparecidos.
Era Álvaro Soutelo, el hombre que, según el relato de Manuel, había visto a su hija reflejada en el agua tiempo antes de que naciera.
El anciano levantó lentamente la cabeza y observó a Manuel con una expresión difícil de interpretar. No había en ella odio, alegría, ninguna emoción humana diferenciable salvo el cansancio de quienes llevan demasiado tiempo esperando el final de algo.
—Ha sonado la sexta campana —dijo con una voz sorprendentemente suave—. Ya no puedes detenerlo.
Manuel apoyó ambas manos sobre el bastón y bajó la cabeza durante unos instantes. Sandra comprendió entonces algo que hasta ese momento nadie había formulado en voz alta: su abuelo no parecía un hombre que hubiera regresado.
Laura abrió la boca para preguntar, pero fue Marta quien habló antes. La mujer seguía retrocediendo lentamente hacia el río sin apartar la vista de los cuatro ancianos. Sus ojos reflejaban un terror tan profundo que parecía proceder de un lugar más antiguo que el miedo ordinario.
—No los miréis demasiado tiempo —susurró—. Ellos recuerdan.