El agua nunca olvida CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

L a figura permanecía inmóvil bajo la lluvia, apenas iluminada por el resplandor amarillento de los faros.

Laura observó al anciano sin apartar la vista de él, obligándose a respirar despacio y a hacer aquello que llevaba haciendo desde hacía más de veinte años cada vez que la realidad se volvía confusa: separar los hechos de las interpretaciones.

El hecho era simple. Frente a ellos había un hombre de edad avanzada apoyado en un bastón.

Todo lo demás —su identidad, su presencia en aquel lugar o la explicación de cómo había llegado hasta allí— pertenecía todavía al terreno de las hipótesis.

Sandra, por su parte, notaba otras sensaciones, como la de su corazón, que le golpeaba el pecho con una violencia impropia de alguien acostumbrado a enfrentarse a escenas de crimen.

A pesar de su juventud, había visto cadáveres, había informado a sus familias y hasta había sostenido la mano de personas durante sus últimos minutos de vida.

Pero nada de eso la preparaba para contemplar a un hombre al que había enterrado trece años atrás, cuando sólo contaba con nueve, avanzando lentamente hacia ella bajo la lluvia del valle del Tea.

Porque no era sólo el rostro, ni el parecido general, ni siquiera la ropa oscura que parecía salida de otro tiempo.

Era la suma de pequeños detalles imposibles de falsificar: la ligera inclinación del hombro izquierdo, consecuencia de una vieja lesión de juventud; la forma de apoyar el bastón antes del pie derecho; la manera de entrecerrar los ojos cuando intentaba enfocar algo lejano...

Miles de rasgos insignificantes que, unidos, componen esa arquitectura invisible a la que llamamos identidad y que permite reconocer a quienes amamos incluso después de décadas.

El anciano se detuvo a pocos metros del vehículo. La lluvia resbalaba sobre el ala del sombrero y por las arrugas profundas de su rostro sin que pareciera afectarle lo más mínimo.

—¡Policía, identifíquese! —Laura fue la primera en hablar. La petición sonó casi absurda nada más pronunciarla. No porque careciera de sentido, sino porque todos los presentes sospechaban que ninguna respuesta resultaría verdaderamente satisfactoria.

El anciano levantó lentamente la vista hacia ella y, durante un instante, Laura tuvo la incómoda impresión de que aquellos ojos la observaban con una familiaridad imposible.

No era la mirada de un desconocido ni la de un sospechoso.

Se parecía más a la expresión de alguien que lleva mucho tiempo esperando un encuentro inevitable.

—Me llamé Manuel Gómez —dijo finalmente con una voz grave y serena—. Hace muchos años, cuando todavía los nombres servían para distinguir a los vivos de los muertos.

Sandra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, pues aquel era el nombre de su abuelo, el mismo nombre grabado en la lápida familiar del cementerio de Mondariz y que figuraba en el certificado de defunción firmado trece años atrás.

Dio un paso hacia delante sin apenas darse cuenta.

Lo hizo movida por ese impulso antiguo e irracional que empuja a los seres humanos hacia quienes aman incluso cuando la razón les aconseja mantenerse alejados.

Sin embargo, el anciano levantó la mano con suavidad, no como quien rechaza a otra persona, sino como quien intenta protegerla de algo que ella todavía no comprende.

—No te acerques, Sandra.

Aquellas palabras fueron peores que cualquier aparición.

La voz era la misma que la había acompañado durante la infancia leyendo cuentos junto a la cocina de leña, la misma que le enseñó a distinguir el canto de los mirlos del de los zorzales y la misma que repetía, cada invierno, que los ríos conservan mejor la memoria que los hombres.

—Abuelo… —Sandra sintió cómo se le humedecían los ojos y no pudo añadir nada más.

El anciano cerró los ojos un instante y Laura creyó advertir en su rostro algo parecido al dolor.

No un dolor físico, sino otro mucho más profundo y difícil de definir: el de quien regresa a un lugar que ya no le pertenece.

Fue entonces cuando Marta Pereira, que había permanecido en silencio desde la aparición del anciano, dio un pequeño paso atrás.

El movimiento fue casi imperceptible, como si algo le produjera un primigenio y repentino horror.

Y es que ella —o ello— no temía al anciano, sino a lo que podía venir detrás de él.

Manuel Gómez siguió la dirección de aquella mirada y volvió lentamente la cabeza hacia el bosque.

El gesto fue tan natural que todos lo imitaron instintivamente.

Más allá del círculo de luz proyectado por los vehículos, los árboles permanecían inmóviles bajo la lluvia, formando esa muralla oscura e impenetrable que los bosques gallegos adquieren durante la noche.

—Escuchadme con atención —habló al fin el anciano—, porque no disponemos de mucho tiempo.

Hace cincuenta y ocho años cometimos un error junto al río, y algunos errores no desaparecen con el paso de las generaciones.

Permanecen dormidos, esperando a que alguien olvide por qué fueron enterrados.

Nosotros creímos haber cerrado el camino, pero los hombres envejecen, los recuerdos se debilitan y las promesas terminan muriendo con quienes las hicieron… Yo era el sexto.

Manuel Gómez pronunció aquellas cuatro palabras con una serenidad extraña, como si no estuviera realizando una confesión extraordinaria, sino limitándose a recordar un hecho que el tiempo había convertido en insoportable.

—¿El sexto qué? —preguntó Laura con voz firme—. Quiero respuestas claras, señor Gómez. Nada de acertijos.

El anciano la observó con una expresión que a Sandra le resultó dolorosamente familiar.

Era la misma mirada con la que explicaba matemáticas a los niños del pueblo o corregía pacientemente un error evidente sin ridiculizar a quien lo había cometido.

A Sandra le sorprendió descubrir que seguía recordando aquellos gestos con una precisión casi cruel.

—El sexto que sobrevivió —respondió finalmente—. Los otros cinco cruzaron aquella noche y yo me quedé en tierra.

Sandra tragó saliva antes de continuar.

—Los desaparecidos de 1968… ¿eran tus amigos?

—Éramos jóvenes —murmuró—. A vuestra edad uno cree que el mundo todavía está lleno de puertas por abrir y de secretos que merecen ser descubiertos. Éramos seis; Álvaro Soutelo, Tomás Barreiro, Xaquín Veiga, Elisa Fandiño, Carmela Salgado, y yo.

Sandra sintió un escalofrío. Algunos de aquellos nombres aparecían en los expedientes municipales que laboriosamente había examinado a raíz del primero de los asesinatos.

Era algo que ya había llamado la atención de Laura durante la investigación: había referencias cruzadas a personas cuya existencia apenas había dejado rastro documental, como si alguien hubiera dedicado años a borrar cuidadosamente ciertas huellas sin llegar a eliminarlas del todo.

—¿Qué ocurrió aquella noche? —exigió Laura, dando un paso adelante—.

No paraba de escuchar acertijos y frases vacías y es por ello que las piezas en el puzle imaginario que se había formado en su cabeza no terminaban de encajar.

Parecía que todos aquellos seres de ultratumba hubieran perdido la capacidad de expresarse en un lenguaje inteligible y que cada palabra que salía de sus bocas estuviera convenientemente encriptada en un dialecto extraño y antiguo que tan solo ellos mismos comprendían…

—Hubo una sequía terrible aquel verano —comenzó—.

El nivel del Tea descendió tanto que quedaron al descubierto lugares que llevaban siglos bajo el agua.

Los mayores del pueblo nos prohibieron acercarnos a una zona concreta del valle, pues decían que allí dormía algo antiguo y que el río hacía de guardián.

Nosotros nos reímos, porque los jóvenes siempre creen que las advertencias de los ancianos son supersticiones disfrazadas de miedo.

Y, en ocasiones, tienen razón. El problema es que no siempre.

La lluvia arreció durante unos segundos, golpeando las hojas y el techo de los vehículos con una intensidad repentina.

El sonido creó una especie de cortina alrededor del grupo, aislándolos del resto del mundo.

Laura tuvo la sensación absurda de que el valle entero estaba escuchando aquella conversación, una conversación concreta que al fin parecía comenzar a esclarecer alguno de los misterios que habían comenzado con la aparición del primer cadáver, en un tiempo tan cercano y que parecía tan lejano a la vez.

—Encontramos una cueva —continuó el anciano—.

No aparecía en ningún mapa. El río la había mantenido oculta durante generaciones y aquel verano la dejó al descubierto.

Entramos pensando que hallaríamos restos arqueológicos o tesoros, pero lo que encontramos fue otra cosa…

unos símbolos grabados en la piedra, marcas muy antiguas.

Más antiguas que las iglesias y que los caminos romanos.

Y, en el centro de la cueva, un pozo lleno de agua negra.

No agua oscura, era verdaderamente negra, como si la luz se negara a reflejarse en ella.

—Abuelo, ¿qué había en el pozo? —preguntó Sandra.

Manuel Gómez la miró con una tristeza infinita.

—Nada —respondió Manuel Gómez con tristeza infinita.

Tal vez no era por la pregunta, sino por haber escuchado la palabra “abuelo” —.

Y, eso fue lo peor, porque allí no había nada.

Incluso Álvaro arrojó una piedra para medir la profundidad, pero nunca escuchamos el impacto y fue entonces que Tomás acercó una lámpara al borde… y vimos nuestro reflejo en el agua.

—¿Y qué ocurrió? —apremió Laura. La conversación, que parecía estar resultando esclarecedora, de nuevo parecía añadir más misterios, fraccionando aún más las piezas de un puzle que había comenzado a parecer estar camino de ser resuelto…