CAPÍTULO 9 #6
La fotografía mostraba el cementerio parroquial de Mondariz bajo la lluvia.
Tuvo la extraña certeza de que la imagen se había tomado hacía apenas unos minutos, quizá incluso segundos, porque la disposición de las nubes y la intensidad del aguacero coincidían con las de aquella misma noche.
Al principio no comprendió qué estaba viendo.
Después amplió la imagen y fue entonces cuando lo vio.
La tumba del abuelo de Sandra estaba abierta y no supo qué fue lo que la asustó más; si el haber visto una tumba abierta y vacía o el haber tenido la absoluta seguridad de que ésta pertenecía al abuelo de Sandra…
La tierra había sido cuidadosamente apartada a ambos lados y el féretro permanecía visible en el fondo de la excavación, iluminado por una tenue luz amarillenta cuya procedencia resultaba imposible de determinar.
Sin embargo, aquello no era lo peor. Lo peor era la inscripción que alguien había escrito sobre la madera con barro fresco: «El río ha devuelto al que quedó en tierra».
Laura permaneció unos segundos contemplando la fotografía del cementerio sin apartar la vista de la pantalla del teléfono y después pasó a la agente local el terminal.
Sandra tomó el teléfono con manos temblorosas.
No era la primera vez que veía una tumba abierta.
Los cementerios forman parte de la vida gallega con una naturalidad que sorprende a quienes vienen de fuera.
Pero aquello era distinto. Reconoció inmediatamente el nicho familiar, la vieja cruz de piedra cubierta de líquenes y el pequeño jarrón metálico donde su madre colocaba flores cada mes de noviembre.
No existía posibilidad de error. Aquella era la tumba de su abuelo.
Lo que sí admitía error, o eso deseaba creer una parte de ella, era el resto, porque la tierra aparecía removida con un cuidado casi ritual.
No había señales de violencia, herramientas abandonadas ni el desorden propio de una profanación.
Más bien parecía que alguien hubiera abierto la sepultura con la delicadeza con la que se abre una puerta esperada desde hace mucho tiempo.
Fernando extendió la mano.
—Déjame verla.
Amplió la imagen varias veces. Después aumentó el contraste. Finalmente acercó el teléfono tanto a los ojos que Laura pensó por un instante que terminaría necesitando unas gafas nuevas antes del amanecer.
—Hay algo raro —murmuró—Mirad la tierra. No hay huellas de salida.
Fernando tenía razón. La tierra húmeda conservaba perfectamente el relieve de la lluvia y las pequeñas irregularidades del terreno, pero no mostraba marcas de botas, arrastres ni pisadas recientes alrededor del ataúd. Si alguien había abierto la tumba, debía haber entrado y salido dejando rastros.
Nadie dijo nada durante varios segundos y fue Marta quien rompió aquel silencio. Seguía inmóvil bajo la lluvia, sosteniendo la fotografía, infinitamente cansada.
—Llegó demasiado tarde —murmuró con tristeza—. Creyó que podría detenerlo.
Sandra levantó la cabeza de golpe.
—¿Mi abuelo?
—El maestro fue el último guardián —asintió Marta levemente.
Aquellas palabras cayeron sobre Sandra con la fuerza de una confesión largamente esperada.
De pronto comprendió por qué el anciano había llenado cuadernos enteros con leyendas del valle.
Comprendió su obsesión por el río, por las fechas y por los nombres.
Comprendió incluso aquel miedo tranquilo que a veces aparecía en sus ojos cuando creía que nadie lo observaba.
No estaba estudiando una historia, sino vigilándola.
Y fue entonces que recordó algo más, un objeto, una pequeña llave de hierro ennegrecido que su abuelo llevaba siempre colgada al cuello bajo la camisa y que desapareció el mismo día de su entierro.
Recordaba haber preguntado por ella y la expresión de su madre al responder: «Hay cosas que deben enterrarse con sus dueños. »
Sandra sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza, porque el abuelo fue enterrado sin la llave.
Y, si la llave no estaba en la tumba... ¿Dónde estaba?
Y, de nuevo, la asaltaron un torrente de dudas: ¿Por qué razón tenía la absoluta certeza de todos aquellos extraños y delirantes hechos?
¿Cómo podía estar tan segura de que su abuelo había sido enterrado sin una llave que hasta hacía unos segundos, ni tan siquiera recordaba?
¿Estaría Marta conectando con ella de alguna misteriosa manera?
Antes de que pudiera formular las preguntas en voz alta, Marta levantó la cabeza bruscamente.
La serenidad había desaparecido de su rostro y el miedo parecía de nuevo abrirse paso a través de aquella extraña calma que la envolvía.
Miraba hacia el bosque, pero ahora no había duda alguna de que había algo allí y avanzaba hacia ellos entre los árboles.
Laura lo oyó antes de verlo. Era un ruido húmedo, lento e irregular, parecido al sonido que producirían unos pasos sobre tierra empapada.
Fue entonces, a unos veinte metros del camino, entre la niebla y los troncos oscuros del bosque, que comenzó a distinguirse una silueta apoyada en un bastón.
De repente, la figura se detuvo y levantó lentamente la cabeza hacia ellos.