CAPÍTULO 9 #5
El eco de las campanadas se extendió por el valle con una lentitud extraña, rebotando entre las laderas boscosas y perdiéndose después entre la niebla que comenzaba a descender desde las montañas.
Fueron seis tañidos graves y espaciados, demasiado lentos para anunciar una celebración y demasiado solemnes para parecer una casualidad.
Cuando el último se extinguió, el bosque quedó sumido en ese silencio particular que a veces sigue a los grandes ruidos, un silencio que no nace de la ausencia de sonido, sino de la sensación de que el mundo entero ha contenido la respiración durante un instante.
Laura dio un paso hacia Marta sin apartar la vista de su rostro.
Ante ella, había una mujer muerta —o que debía estar muerta—, una fotografía imposible entre sus manos y una investigación que empezaba a parecerse peligrosamente a una leyenda.
Nada de aquello constituía todavía una explicación.
Sólo eran preguntas acumulándose unas sobre otras.
—¿Qué significa seis? —preguntó con voz firme—. ¿Seis días? ¿Seis personas? ¿Seis sellos? ¡Joder, que alguien aclare algo de una puta vez!
Marta levantó la mirada. Sus ojos seguían siendo los mismos y, sin embargo, Laura tenía la incómoda impresión de que algo esencial había cambiado en ellos.
No era una cuestión física, porque los iris conservaban el mismo color, las facciones eran idénticas y el rostro seguía perteneciendo a la mujer cuyo cadáver había examinado Fernando apenas unas horas antes.
Pero existía una diferencia difícil de expresar con palabras: la sensación de que aquella mirada observaba el mundo desde una distancia que ningún ser vivo debería conocer.
—No son seis sellos —murmuró finalmente—. Son seis nombres.
Aquella respuesta provocó un silencio inmediato entre los presentes. Seis víctimas no es lo mismo que el número seis. Seis nombres implican seis vidas, seis familias y seis ausencias.
Laura sintió cómo una idea desagradable comenzaba a abrirse paso en su cabeza.
—Por fin concretamos un poco…, pero los desaparecidos de 1968 eran cinco.
—Cinco cruzaron —asintió Marta.
La inspectora tardó apenas un segundo en formular la pregunta que se imponía por sí sola.
—¿Y el sexto?
—El sexto se quedó.
Una idea apareció en la mente de Sandra y comprendió algo que hasta entonces había permanecido oculto entre recuerdos dispersos y conversaciones incompletas.
Su abuelo nunca había hablado de los desaparecidos como si fueran víctimas ajenas.
Hablaba de ellos con la melancolía de quien recuerda a compañeros de viaje.
La revelación la golpeó con una fuerza inesperada, pues su abuelo conocía a los desaparecidos…
y no porque hubiera estudiado el caso, sino porque había estado allí...
Fernando observó el rostro de Sandra y comprendió que algo acababa de encajar.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Sandra tardó unos segundos en responder.
—Mi abuelo nació oficialmente en 1938, pero nunca vi su partida de nacimiento.
Aquella observación parecía insignificante, pero Laura sintió cómo una pequeña alarma comenzaba a sonar en su cabeza.
Las identidades falsas eran mucho más frecuentes de lo que la gente imaginaba, sobre todo en la España de posguerra, donde los registros incompletos, las adopciones irregulares y los errores administrativos habían creado más de una biografía imposible.
De repente, Marta levantó bruscamente la cabeza.
No fue un movimiento violento, pero sí el primero verdaderamente humano desde que la habían encontrado.
Sus ojos, hasta entonces serenos y distantes, se abrieron con una mezcla de miedo y urgencia.
Miraba hacia el bosque, hacia algo situado tras ellos. Parecía tener miedo
—Ha despertado —su voz ya no sonaba serena y tranquila, sino aterrada.
La reacción fue tan inmediata y auténtica que Laura sintió cómo una corriente de alarma recorría el grupo con la velocidad silenciosa del miedo compartido.
Hasta ese momento, Marta había permanecido extrañamente serena, casi ausente, como si una parte de ella contemplara el mundo desde una distancia imposible de medir.
Pero aquello era distinto. El terror que ahora reflejaba su rostro no admitía interpretaciones ambiguas.
—¿Quién ha despertado? —preguntó sin elevar la voz, porque la experiencia le había enseñado que las personas asustadas rara vez responden mejor a los gritos.
Marta no contestó de inmediato. Seguía mirando hacia el bosque situado a espaldas del grupo, con una fijación tan intensa que varios agentes se volvieron instintivamente en la misma dirección.
Sin embargo, los faros apenas iluminaban unos metros de vegetación húmeda, troncos cubiertos de musgo y la lluvia que continuaba cayendo sobre el valle con una monotonía casi hipnótica.
No había movimiento, ni figuras… Nada que justificara aquella expresión.
—Marta —insistió—. Necesito que me digas quién ha despertado.
La mujer cerró los ojos durante un instante.
Parecía agotada, como si cargara con un cansancio ajeno al paso del tiempo y a las limitaciones del cuerpo.
Cuando volvió a hablar, lo hizo con una voz apenas audible, aunque todos lograron escucharla con claridad porque el miedo posee la extraña capacidad de agudizar la atención.
—No tiene nombre. Los nombres se los damos nosotros a las cosas para fingir que las comprendemos.
Aquella respuesta habría irritado profundamente a Laura en cualquier otro momento. Estaba harta de enigmas, de palabras vacías que sólo tenían sentido para una mujer que debía estar muerta y enterrada.
Fernando dio un paso adelante. Había permanecido refugiado en esa prudencia metódica que caracteriza a muchos científicos cuando la realidad empieza a comportarse de manera poco cooperativa. Pero incluso él había alcanzado un límite.
—Escúchame bien —dijo con tono sereno—. Si eres Marta Pereira, tu cuerpo estaba en una morgue hace apenas unas horas. Necesito entender qué ha ocurrido.
La mujer lo miró. Por primera vez desde que la habían encontrado, pareció reconocerlo.
—Doctor Gómez—murmuró—. Usted lo vio sin saberlo.
Fernando sintió cómo el estómago se le contraía pues no recordaba haber dicho su apellido y, sin embargo, aquella mujer lo conocía.
—¿Qué vi?
Marta giró lentamente la cabeza hacia el río, como si escuchara un sonido distante que el resto era incapaz de percibir.
—Las marcas del cuello.
Marta levantó la fotografía y la observó durante unos segundos.
La imagen seguía cambiando lentamente bajo la lluvia.
Los rostros se definían con mayor nitidez y el lugar vacío donde antes se encontraba la figura del abuelo de Sandra permanecía abierto, como un hueco en una mesa donde alguien se ha levantado y todavía no ha regresado.
Entonces la mujer habló de nuevo y esta vez sus palabras cayeron sobre ellos con el peso de una sentencia.
—Cuando suene la séptima campana, el río reclamará al último de los seis.
El viento recorrió el bosque con una ráfaga inesperada. Las ramas se agitaron. Las aguas del Tea parecieron estremecerse bajo la lluvia, y, desde algún punto oculto entre la niebla del valle, comenzó a sonar una nueva campana.
Marta continuaba sosteniendo la fotografía bajo la lluvia, aunque el papel, en lugar de deshacerse como cabría esperar después de tantos minutos empapado, permanecía intacto. El agua resbalaba por la superficie sin alterar la tinta ni deformar los bordes.
—¿Quién es el último de los seis? —preguntó Laura, procurando mantener la voz firme y desprovista de emoción. Temía conocer la respuesta, al igual que su compañera de investigación, pero quería oírlo a viva voz—. Si de verdad sabes algo, éste es el momento de hablar.
Marta dirigió lentamente la vista hacia ella.
—Aún no lo sabe —murmuró—. Ninguno lo sabe hasta el final.
Sandra dio un paso adelante. La lluvia le empapaba el cabello y comenzaba a filtrarse por el cuello de la chaqueta, pero apenas lo notaba.
Su atención estaba fija en la fotografía y, sobre todo, en el espacio vacío que ocupaba el lugar donde antes aparecía la figura de su abuelo.
La imagen parecía seguir evolucionando y ahora, había eliminado todo rastro del hombre que jugaba con ella cuando era niña, el anciano al que tanto había amado.
—Mi abuelo era el sexto, ¿verdad? —preguntó en voz baja.
La reacción de Marta fue casi imperceptible. Sólo bajó la mirada.
Sandra sintió cómo una vieja sospecha, apenas formulada hasta entonces, comenzaba a adquirir forma.
Durante años había pensado que el anciano era un hombre singular, uno de esos maestros rurales que parecen pertenecer a otra época y que acumulan conocimientos extraños sobre plantas, leyendas y viejos caminos.
Ahora empezaba a preguntarse si aquella imagen estaba incompleta.
Quizá su abuelo no había dedicado la vida a estudiar las historias del valle.
Quizá las había estudiado porque formaba parte de ellas.
Antes de que pudiera decir nada más, el teléfono móvil de Laura vibró en el bolsillo de su chaqueta.
La inspectora lo extrajo con cierta irritación, porque en mitad de aquella noche, cualquier llamada podía significar una tragedia nueva.
Observó la pantalla. No aparecía el número o nombre del remitente, tan solo la notificación de una fotografía enviada desde un origen desconocido.
Laura abrió la imagen y, al instante, perdió el control de su expresión.