El agua nunca olvida CAPÍTULO 9 #4
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CAPÍTULO 9 #4

Nadie se movió durante unos segundos que a todos les parecieron mucho más largos de lo que realmente fueron.

Laura mantuvo las manos inmóviles sobre el volante y notó cómo el corazón le golpeaba el pecho con una intensidad impropia de quien llevaba dos décadas trabajando entre cadáveres y asesinos.

Había aprendido hacía mucho que el valor no consistía en no sentir miedo, sino en seguir funcionando a pesar de él.

Aun así, existían ciertos encuentros para los que ninguna experiencia profesional parecía preparar adecuadamente.

La mujer seguía inmóvil bajo la lluvia. Los faros del vehículo recortaban su silueta con una claridad casi irreal, y el agua resbalaba por el vestido claro formando pequeños regueros oscuros sobre la tela.

Laura intentó concentrarse en los detalles concretos, porque los detalles eran territorio seguro.

La altura, la constitución física, la postura corporal.

El análisis era una forma de resistencia frente al desconcierto.

Sin embargo, cuanto más observaba aquella figura, más difícil resultaba ignorar el hecho evidente: si no era Marta Pereira, se trataba de alguien extraordinariamente parecido a ella.

—No salgáis del coche —dijo en voz baja, sin apartar la vista del camino.

Todos obedecieron y fue Sandra quien advirtió un detalle, que, al principio creyó efecto de la lluvia.

—Inspectora… mire los pies —la mujer estaba de pie sobre el camino embarrado, pero no dejaba huellas, como si flotara levemente. Ahora cobraba sentido lo que los agentes desde el puesto en el puente le habían transmitido por la emisora.

La lluvia caía con suficiente intensidad como para marcar el suelo alrededor de sus zapatos, y el barro registraba perfectamente las rodadas del vehículo y las pisadas antiguas de animales pequeños.

Sin embargo, bajo los pies de aquella figura no existía marca alguna, como si su peso no descansara realmente sobre la tierra o como si hubiera llegado hasta allí sin necesidad de caminar.

Entonces, Laura tomó una decisión. No podían quedarse eternamente dentro del vehículo y tampoco avanzar, mientras la mujer se interpusiera en su camino, así que abrió la puerta del vehículo ligeramente, lo justo para hablar.

—Marta —dijo con voz firme—. Si puedes oírme, quiero ayudarte.

—Quedan seis días —contestó la mujer, como si hubiera estado esperando que los ocupantes del coche dieran el primer paso para escuchar lo que ella tenía que decir.

Laura sintió cómo se le tensaba la mandíbula.

—¿Seis días para qué? —Laura sentía la mandíbula tensa y su voz sonaba trémula, vacilante y torpe… nerviosa, muy nerviosa.

La mujer alzó lentamente la cabeza y, por primera vez, pudieron verle el rostro de frente. Estaba completamente sereno, como si se hubiera desprendido de algo esencial y hubiera dejado atrás una parte de sí misma.

—Los muertos sólo cruzan el río cuando los vivos les abren el camino.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire con una extraña cualidad de permanencia, como si la lluvia, el bosque y el propio río se hubieran detenido durante un instante para escucharlas.

Laura sintió un estremecimiento que recorrió su espalda y se obligó a respirar despacio.

Mantuvo la puerta del vehículo entreabierta. No estaba asustada exactamente.

—Marta —dijo con voz firme—. Escúchame bien, porque quiero ayudarte, pero necesito saber qué ha pasado.

La mujer no reaccionó de inmediato. Permanecía inmóvil bajo la lluvia, con una delicadeza impropia de quien acaba de escapar de una morgue o regresar de la muerte, según cuál fuera la explicación que uno prefiriese aceptar.

Durante unos segundos sólo se escuchó el golpeteo del agua sobre el techo del vehículo y el murmullo constante del Tea, que seguía fluyendo en la oscuridad con la indiferencia paciente de las cosas antiguas.

Cuando finalmente habló, lo hizo sin levantar la voz, como quien recita algo aprendido mucho tiempo atrás.

—No he vuelto. Nadie vuelve —murmuró—. Sólo regresan los nombres.

—¡Basta de enigmas! —replicó Laura—. ¿Quién te ha hecho esto? ¡Déjate de acertijos y habla de una puta vez!

Por primera vez la expresión de Marta cambió ligeramente. No fue miedo, ni dolor. Se parecía más a la tristeza serena que aparece en el rostro de quienes comprenden algo que los demás todavía ignoran.

—Nadie lo hizo.

Aquella frase provocó un silencio incómodo dentro del vehículo, sólo interrumpido por la determinación de Laura de esclarecer el caso lo antes posible y olvidar aquella pesadilla.

Salió del coche y se detuvo a poco más de tres metros de Marta Pereira.

La ira le había infundido el valor suficiente como para acercarse a una mujer muerta, que, de algún modo, había dejado de estarlo…

una resucitada, en definitiva. Durante un instante tuvo la extraña impresión de que el tiempo se había vuelto más lento.

Más cerca de Marta, Laura vio que llevaba en la mano izquierda un trozo de papel rectangular.

La mujer lo levantó para mostrarlo. Era una vieja fotografía antigua, con los bordes recortados en diferentes filigranas.

El papel era de muy buena calidad, pues la lluvia no le había afectado.

No obstante, no era esta la peculiaridad más importante de la foto, pues parecía estar animada, como una imagen en una pantalla que avanzase a ritmo exageradamente lento.

En la foto se observaba a una mujer joven, que bien podría haber sido la propia Marta y, a su lado, a otra mujer con un parecido asombroso a Sonia, la primera de las víctimas del caso.

Ambas sonreían sentadas sobre el tronco caído de un árbol en un remanso durante el curso del río.

Marta lo mostraba con paciencia. Sus ojos delataban una fuerte ansiedad por hacerse entender, como si deseara dejar un mensaje que sólo alguien perspicaz e intuitivo como Laura pudiese detectar.

De repente, nuevas figuras aparecieron en la imagen con una lentitud exasperante.

No surgían como lo harían los personajes añadidos digitalmente a una fotografía moderna ni se desdibujaban como en una película.

Era algo mucho más extraño y, precisamente por ello, más difícil de describir.

Recordaba a los antiguos procesos de revelado químico, cuando las imágenes emergían poco a poco del papel sumergido en líquidos oscuros.

Laura era lo bastante mayor para haber conocido aquellos laboratorios fotográficos y sintió un escalofrío involuntario al reconocer aquella transformación imposible.

Detrás de ella, Fernando abrió la puerta del vehículo y avanzó unos pasos, aunque mantuvo la prudente distancia de quien sabe que el desconocimiento constituye uno de los mayores peligros para el ser humano.

—Laura —murmuró—. No toques la fotografía.

Ella no respondió. Mantenía la vista fija en el papel.

Una tercera figura comenzaba a definirse, la de un hombre joven al que Sandra, que se había acercado a la posición de Fernando y Laura, pudo reconocer.

Había visto su rostro antes en un expediente policial amarillento, entre recortes antiguos y documentos escaneados del archivo municipal.

Era uno de los cinco desaparecidos de 1968.

Laura volvió la vista hacia Sandra y comprendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo.

—¿Lo conoces?

—Se llamaba Álvaro Soutelo —afirmó Sandra—. Tenía veintitrés años cuando desapareció.

—Pero ¿cómo puedes saber eso? —indagó Fernando, sorprendido de la absoluta certeza de la afirmación, teniendo en cuenta la calidad de la imagen sobre una vieja fotografía.

—Ya lo dije antes, en el río. Estos días he estado investigando en el archivo municipal, rebuscando entre libros, diarios, carpetas y viejos dosieres, para documentarme sobre el caso.

Tengo la suerte de poseer memoria fotográfica y no tengo la menor duda de quién es la tercera persona que aparece en la imagen.

Aquella respuesta dejó suspendida en el aire una posibilidad inquietante.

Si la fotografía mostraba a las víctimas del pasado y del presente compartiendo el mismo espacio imposible, ¿qué criterio seguía aquella lista?

¿Pertenecían a una misma historia? ¿A un mismo ciclo?

¿O acaso la propia pregunta era equivocada?

Mientras esta pregunta flotaba en el aire, una cuarta figura, alta y delgada comenzó a adquirir contornos. Vestía ropa oscura y apoyaba la mano sobre un bastón.

Sandra dejó escapar el aire lentamente pues conocía aquella silueta.

Había caminado a su lado durante la infancia.

La había visto inclinarse sobre cuadernos, recoger castañas y limpiar cuidadosamente unas gafas que siempre parecían deslizarse por la nariz.

Era su abuelo, un hombre que había enseñado a medio valle a leer, el mismo hombre cuya tumba visitaba cada mes de noviembre.

Fue entonces cuando Marta levantó lentamente la mirada. Hasta ese momento había permanecido serena, casi ausente, como si una parte de ella se encontrara en otro lugar. Pero algo había cambiado y sus ojos parecían más claros.

Cuando habló, su voz sonó cansada.

—Oigo a los que llaman desde el fondo.

De repente, el suelo tembló y no fue un terremoto.

Duró apenas un segundo, quizá menos. Una vibración breve y profunda recorrió la tierra bajo sus pies, hizo estremecerse las aguas del río y arrancó pequeñas piedras del talud.

Los pájaros ocultos entre los árboles levantaron el vuelo de golpe y el bosque entero pareció despertar sobresaltado.

Cuando el temblor se detuvo, llegó un ruido grave y lejano, parecido al de una enorme masa de agua desplazándose bajo tierra.

A varios kilómetros de allí, en algún punto invisible del valle, una campana comenzó a sonar, deteniéndose al sexto tañido.