El agua nunca olvida CAPÍTULO 9 #3
42%

CAPÍTULO 9 #3

Antes de que Laura pudiera responder, uno de los agentes de científica se acercó apresuradamente sosteniendo una tableta protegida con una funda impermeable.

—Inspectora, acaba de llegar la copia de seguridad de la grabación de la morgue. Nos la han enviado hace cinco minutos.

El grupo se reunió alrededor de la pantalla.

La imagen procedía de una cámara fija situada en una esquina del depósito y mostraba la sala con esa calidad mediocre tan habitual en los sistemas de videovigilancia.

La fecha y la hora aparecían impresas en un margen de la grabación.

En ella, se veían las camillas alineadas, los armarios refrigerados y el brillo pálido de los fluorescentes reflejándose sobre el suelo pulido.

Fernando observaba en silencio. Había visto cientos de horas de grabaciones forenses y sabía que la inmensa mayoría de los supuestos fenómenos extraños terminaban explicándose por fallos técnicos, sombras mal interpretadas o simples errores humanos.

Era una de las razones por las que seguía creyendo en el método científico: porque, pese a todos sus defectos, continuaba siendo la herramienta más eficaz inventada por el ser humano para separar la realidad de sus propios miedos. Y entonces la imagen se detuvo.

El contador horario seguía avanzando, pero la nada se movió durante un largo minuto.

Las hojas del viejo ficus que Fernando cuidaba y con el que hablaba durante los eternos turnos de noche en solitario, dejaron de zozobrar bajo la suave brisa del ventilador de techo.

Los segundos continuaron pasando en el reloj de la grabación hasta que, de repente la camilla de Marta Pereira comenzó a desplazarse con una suavidad perturbadora hasta detenerse a la puerta del depósito, como si estuviera esperando a que alguien abriese.

​ Desde el otro lado alguien movió el pomo con delicadeza y abrió. Era un anciano delgado, vestido con ropa oscura y apoyado en un bastón, que levantó lentamente la cabeza hacia la cámara con la serenidad de quien sabe perfectamente que está siendo observado.

—¡Abuelo! —Sandra dejó escapar el aire con esta última palabra deslizándose a través de los labios. Sus ojos comenzaban a nublarse y fue perdiendo lentamente el sentido hasta dejarse caer a plomo sobre el lodo. No le cabía duda alguna de haber visto en la grabación a su abuelo fallecido…

Fernando fue el primero en reaccionar. Se tiró sobre Sandra y, rápidamente levantó su cabeza del suelo, evitando que el pelo quedase empapado por el barro.

Después, se quitó el chubasquero y lo extendió bajo el cuerpo de la joven agente, procurando dejar sus piernas en alto y facilitar que recobrase el sentido.

Por su parte, Laura entendía que la joven se hubiese desmayado por la impresión.

De hecho, ella misma comenzaba a sentir vértigos, así que arrancó un paraguas cerrado de la mano del policía que tenía más cerca y lo usó como bastón mientras continuaba visionando la cámara en la tableta de su compañero.

El anciano había entrado en la morgue con una tranquilidad impropia de quien invade un edificio público en plena noche.

No parecía esconderse, ni miraba a ambos lados.

Ni siquiera mostraba prisa, sino que caminaba con la serenidad de quien regresa a un lugar conocido después de muchos años de ausencia.

Fue entonces cuando un detalle heló la sangre a todos los presentes.

Se detuvo frente a la cámara y sonrió con la calma de alguien que acaba de encontrar lo que llevaba mucho tiempo buscando.

Después levantó lentamente el bastón en el que se apoyaba y les señaló.

La imagen continuó avanzando. El hombre apartó la vista de la cámara y se dirigió hacia la camilla de Marta Pereira.

La sábana cubría el cuerpo hasta los hombros, tal y como aparecía en las fotografías del levantamiento forense, y durante unos segundos no ocurrió nada más.

El anciano permaneció inmóvil junto al cadáver, con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera escuchando algo que los demás no podían oír.

Entonces, apoyó una mano sobre la frente de la mujer y, acto seguido, la cámara sufrió una interferencia.

En el siguiente fotograma, Marta Pereira no estaba en la camilla y el anciano había desaparecido.

El silencio que siguió fue denso y prolongado.

Incluso el murmullo del río pareció quedar relegado a un segundo plano mientras todos intentaban procesar lo que acababan de ver.

Laura había dedicado media vida a perseguir asesinos convencida de que la realidad podía ser cruel, absurda o injusta, pero nunca arbitraria.

—Mi abuelo no murió en el hospital —fue Sandra, al fin recuperada, la que rompió el pesado silencio—.

Mi madre siempre me dijo que sufrió un infarto en casa, pero cuando era niña escuché una discusión entre ella y mi abuela.

Recuerdo que ella lloraba y repetía una frase una y otra vez.

Entonces no la entendí, porque pensé que hablaban de otra persona, pero mi abuela decía que el abuelo no murió el día que lo enterraron.

Yo tendría unos nueve años y mi abuela pensaba que estaba dormida, pero la escuché discutir con mi madre en la cocina.

Recuerdo muy poco de aquella conversación, pero sí recuerdo una frase.

Mi abuela repetía una y otra vez que no debieron abrir la tumba.

—¿Abrir la tumba? —preguntó Fernando.

—Sí. Mi madre le decía que aquello había sido necesario, y entonces mi abuela empezó a llorar.

—¿Exhumaron el cadáver de tu abuelo? —Laura sentía cómo algo encajaba en su cabeza con un clic desagradable y justo cuando parecía que iba a encontrar encajar del todo el galimatías, la emisora empezó a crepitar.

—Bravo-Tres a central… la tenemos a la vista.

—¿A quién? —contestó Laura.

—A Marta Pereira. Está caminando sobre el río —la voz del agente al otro lado de la línea sonaba muy nerviosa, entrecortada—. No parece herida.

—No entiendo, agente. En la zona en donde están el Tea tiene más de tres metros de profundidad.

—Lo sé, inspectora. He dicho caminando “sobre el agua”, no dentro de ella…

Laura abrió los ojos y miró instintivamente hacia el río, como si esperara ver aparecer la figura de Marta entre la niebla del Tea.

Era una reacción absurda. El puente viejo, en donde se ubicaba la patrulla que acababa de contactar, se encontraba a casi un kilómetro río arriba y la oscuridad apenas permitía distinguir la otra orilla.

Sin embargo, los seres humanos llevaban miles de años dirigiendo la mirada hacia el lugar del peligro incluso cuando sabían que no podían verlo.

Algunos impulsos eran demasiado antiguos para obedecer a la lógica.

—¿La estáis iluminando? —preguntó por la emisora.

—Afirmativo.

—Escúcheme bien, Bravo-Tres. No se acerquen al agua. Repito: no entren en el río bajo ninguna circunstancia. Mantengan contacto visual y esperen nuestra llegada…

Subieron a los vehículos pocos minutos después.

Laura tomó asiento al volante del todoterreno con Varela a su lado, mientras Sandra ocupaba la parte trasera junto a Fernando, que llevaba la tableta y el cuaderno del abuelo cuidadosamente protegidos dentro de una bolsa impermeable.

El motor arrancó y los faros rasgaron la oscuridad del camino forestal, iluminando brevemente troncos cubiertos de musgo, helechos empapados y la lluvia fina que seguía cayendo sobre el valle con esa perseverancia tranquila tan característica del otoño gallego.

Durante los primeros minutos nadie habló.

El traqueteo del vehículo sobre el firme irregular y el sonido de los limpiaparabrisas componían una especie de banda sonora hipnótica que invitaba a pensar.

Laura observaba el camino sin verlo realmente.

Su mente seguía ordenando datos, descartando hipótesis y construyendo otras nuevas.

Sandra viajaba en silencio. Apoyaba la frente contra el cristal frío mientras intentaba reconstruir recuerdos que durante años había considerado insignificantes.

A veces la memoria se parecía menos a una biblioteca que a un desván, y fue entonces cuando recordó otra escena.

Una vez más, una cascada de recuerdos que creía extinguidos en su cabeza afloraba una y otra sin más razón aparente que las circunstancias ocurridas en las últimas horas, como si un mágico imán invisible los hubiera sacado a la luz con algún oscuro propósito.

Tendría unos ocho años y su abuelo estaba sentado en el porche de la casa observando el río a lo lejos.

Era verano y ella jugaba con unas piedras mientras el anciano escribía en uno de sus cuadernos.

En algún momento levantó la vista y le dijo algo que entonces le pareció una de tantas rarezas propias de los adultos.

«Escúchame bien, Sandra. Si algún día el río empieza a devolver nombres, no busques respuestas en el agua.

Búscalas en los que quedaron en tierra.» Sandra no entendía cómo era posible que, de repente, todos aquellos recuerdos afloraran tras tantos años, como si una fuerza externa los estuviera empujando de dentro a afuera.

Antes de que pudiera seguir pensando, el vehículo frenó bruscamente.

A unos veinte metros de distancia, inmóvil bajo la lluvia y alumbrada por los faros, estaba la figura de una mujer.

Llevaba una bata de hospital atada a la espalda con un descuidado y holgado lazo que dejaba ver parte de su anatomía. Sostenía algo entre las manos.

El motor continuaba funcionando y los limpiaparabrisas, moviéndose, pero nadie dentro del vehículo dijo una sola palabra.

La mujer permanecía inmóvil en mitad del camino forestal, con el cabello oscuro pegado a la espalda por la lluvia y una quietud tan absoluta que parecía formar parte del paisaje.

No hacía el menor gesto, ni se giraba y, sin embargo, todos reconocieron inmediatamente el rostro cuando inclinó ligeramente la cabeza y la luz de los faros la iluminó. Era Marta Pereira.