CAPÍTULO 9 #2
—«Han pasado treinta y dos años desde la última vez y creíamos que el valle había olvidado.
Don Manuel dice que no debemos hablar de ello fuera de Mondariz porque la gente de la ciudad se ríe de lo que no entiende.
Pero ayer encontraron otro cuerpo junto al Tea, cerca del viejo molino, y el muchacho tenía las marcas…
las mismas marcas que aparecieron cuando yo era niño».
—Treinta y dos años… —apuntó Sandra—. Si esto está fechado en 1968, la vez anterior habría ocurrido hacia 1936.
Laura asintió lentamente. Los números comenzaban a alinearse con una precisión que no le gustaba en absoluto.
—Continúa leyendo —exigió.
Sandra tragó saliva y siguió avanzando por la página.
—«El padre Benito insiste en que son supersticiones antiguas y que el mal adopta la forma que los hombres desean darle. Sin embargo, anoche vi las huellas junto al agua y no eran de hombre ni de animal que yo conozca. Eran manos, pero ningún hombre deja cuatro dedos en el barro».
Un silencio incómodo se extendió entre el grupo. Sandra pasó otra hoja y se dio cuenta de que faltaban varias páginas. No habían sido arrancadas limpiamente, sino desgarradas con violencia, extraídas con prisa o miedo.
Laura observó el borde irregular del papel y sintió ese leve cosquilleo intelectual que aparecía cada vez que una investigación cambiaba de dirección.
Los casos importantes no se resolvían gracias a grandes revelaciones, sino mediante pequeños detalles que obligaban a formular nuevas preguntas.
Y aquel cuaderno acababa de plantear unas cuantas.
—¿Cuántas páginas faltan?
—Al menos seis o siete —confesó Sandra tras examinar el cuaderno con calma.
Fernando entrecerró los ojos.
—Demasiada casualidad. Precisamente las páginas que podrían explicar qué ocurrió después.
La inspectora asintió. Había visto aquello demasiadas veces: expedientes mutilados, documentos incompletos y pruebas convenientemente desaparecidas.
La historia humana estaba llena de personas convencidas de que destruir el papel equivalía a destruir la verdad.
Lo sorprendente era comprobar cuántas veces estaban equivocadas.
Entonces pasó a la página siguiente y el cansancio acumulado durante dos días pareció desaparecer por un instante, porque ocupando casi toda la hoja, dibujado con tinta negra y una precisión impropia de una simple anotación de campo, aparecía el mismo símbolo que habían encontrado sobre la arena de la orilla y, debajo del dibujo, escrito con la misma letra nerviosa de la página anterior, podía leerse una última anotación:
"Si alguien encuentra esto, que no permita que abran el quinto sello."
Allí estaba de nuevo el número cinco, el del pentagrama.
El mismo de la hipótesis que confirmaba que el proceso todavía seguía activo.
Tres asesinatos, faltaban dos… Laura sostuvo el cuaderno abierto unos segundos más de lo estrictamente necesario.
Lo hacía a menudo cuando una prueba no encajaba con el resto de la investigación.
Era una vieja costumbre profesional, como si el simple hecho de mirar algo durante más tiempo pudiera obligar a la realidad a explicarse mejor.
El dibujo ocupaba casi toda la página. Había sido trazado con una precisión extraordinaria, sin vacilaciones aparentes y con una firmeza impropia de quien toma una nota apresurada.
—¿Qué fecha tiene la página? —preguntó Laura.
Sandra pasó los dedos por el margen superior con cuidado de no dañar el papel humedecido.
—La misma. Diecisiete de octubre de mil novecientos sesenta y ocho.
Fernando permaneció callado unos instantes. Laura lo conocía lo suficiente para saber que estaba haciendo cálculos mentales. Los científicos adoraban los números porque los números rara vez mentían, aunque a veces ocultaran verdades incómodas.
—Treinta y dos años antes fue 1936 —murmuró el forense—. Y treinta y dos años después de 1968 nos lleva al año 2000.
—Y estamos en 2026 —explicó Laura—. Veintiséis años. Eso no encaja del todo.
—O quizá sí —intervino Sandra.
Los dos la miraron.
La joven dudó un instante antes de continuar. No estaba acostumbrada a interrumpir a superiores, pero comenzaba a aprender que las investigaciones no respetaban jerarquías. Las pruebas eran profundamente democráticas: podían aparecer en manos de cualquiera.
—Tal vez el ciclo no sea exacto. O quizá ya ocurrió algo en el año 2000 y nadie supo interpretarlo o… sí lo entendió y no dejó reporte.
Laura no respondió de inmediato porque aquella posibilidad era inquietante.
Los grandes misterios rara vez nacían de sucesos extraordinarios.
A menudo se escondían en expedientes olvidados, desapariciones mal investigadas o muertes clasificadas con excesiva rapidez.
Los archivos policiales estaban llenos de casos que habían dejado de ser prioritarios mucho antes de dejar de ser importantes.
El viento agitó las ramas de los árboles y el río continuó fluyendo a pocos metros de ellos con una normalidad casi insultante.
Laura comenzaba a odiar aquella normalidad.
Porque cuanto más ordinario parecía el paisaje, más extraños resultaban los hechos que se acumulaban a su alrededor.
Fue entonces cuando algo cayó del interior del cuaderno.
Era un trozo de papel doblado varias veces sobre sí mismo, amarillento y quebradizo por el paso del tiempo.
Debía de haber permanecido oculto entre las hojas durante décadas.
Laura lo recogió con cuidado y el papel se abrió lentamente bajo la luz de las linternas.
Era un mapa antiguo del valle y alguien había marcado con tinta roja cinco puntos alrededor del río Tea; otra vez el número cinco.
Cuatro de ellos estaban rodeados por un círculo, pero el quinto estaba sin marcar.
Laura desplegó el mapa sobre el capó del vehículo policial más cercano, sujetando las esquinas con una linterna, una carpeta de científica y la paciencia, cada vez más escasa, del sargento Varela.
El papel crujió levemente al extenderse.
Había sido doblado y desdoblado tantas veces que las marcas de los pliegues formaban ya parte del propio documento, como las arrugas en el rostro de quienes han vivido demasiado.
A primera vista parecía una cartografía antigua del valle, quizá una copia municipal o algún plano catastral de mediados del siglo pasado, pero las anotaciones realizadas a mano llamaban poderosamente la atención.
Alguien había marcado el curso del Tea con tinta roja y señalado cinco puntos concretos, distribuidos a lo largo del río como si formaran parte de un itinerario cuyo significado se hubiera perdido con el tiempo.
Laura acercó la linterna y observó los círculos dibujados alrededor de cuatro de aquellas localizaciones.
La tinta estaba desvaída, pero no lo suficiente como para impedir apreciar una diferencia que, una vez detectada, resultaba imposible ignorar: los cuatro puntos rodeados por un círculo parecían indicar lugares donde algo había sucedido, mientras que el quinto permanecía intacto, sin marca alguna, y coincidía con una precisión casi insultante con el lugar exacto donde ellos se encontraban.
Fernando se inclinó sobre el documento. El forense nunca había sentido especial interés por la geografía, pero los científicos desarrollaban cierta debilidad por los patrones, y aquello tenía todo el aspecto de ser uno.
Sus ojos recorrieron la distancia aproximada entre los puntos, las curvas del cauce y las anotaciones marginales que apenas se conservaban en los bordes del papel.
—No están distribuidos al azar —murmuró—. Mirad la separación entre ellos.
Tenía razón. Las distancias parecían extrañamente regulares. No exactas, porque la naturaleza rara vez trabajaba con la precisión de una regla matemática, pero sí lo bastante semejantes como para despertar sospechas.
—¿Qué representan? —preguntó Varela.
Nadie respondió, aunque la pregunta era buena y precisamente por eso resultaba tan difícil contestarla.
Sandra volvió a mirar el mapa. Había algo más y lo sabía.
Aquella sensación la acompañaba desde el comienzo del caso: la impresión de estar observando una imagen incompleta cuyo significado se encontraba apenas fuera del alcance de la memoria.
Pasó la yema del dedo por el borde del papel sin llegar a tocar la tinta y entonces vio una pequeña anotación escrita a lápiz en el margen inferior.
Era tan tenue que la humedad casi la había borrado: “21 de octubre de 2026”
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. No se parecía al desconcierto ni al miedo. Era el silencio incómodo de quienes acaban de comprender que un acontecimiento futuro ya estaba escrito en un documento antiguo.
Laura realizó el cálculo mental de forma automática y después miró el reloj y el calendario del móvil. Sintió cómo se le endurecía el gesto.
—Hoy es catorce —murmuró—. Quedan siete días, una semana exacta.
Laura cerró el mapa con cuidado y permaneció unos segundos observando el río.
—Vale, supongamos que todo esto es real.
Supongamos que alguien lleva décadas esperando algo relacionado con este río.
Supongamos incluso que esos sellos significan lo que creemos.
La pregunta importante no es qué está ocurriendo, sino qué demonios ocurrirá dentro de siete días y no podemos seguir con estas dudas.
Sandra, mañana, a primera hora, iremos a la biblioteca de Mondariz a contrastar datos antiguos.
Quiero revisar personalmente todo lo que pueda tener.
—Estos días he estado haciendo por mi cuenta y en horas libres ese trabajo de documentación, inspectora.
Por el momento, creo que tengo información suficiente sobre el caso y estará encantada de proporcionarla.
Pero si igualmente quiere que vayamos, estaré encantada de compartir mi tiempo con usted.