El agua nunca olvida CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

L aura leyó el mensaje dos veces, pues no daba crédito a lo que veía.

Alzó la vista y comprobó enseguida que los demás agentes reaccionaban de manera parecida.

Algunos observaban sus dispositivos con desconcierto; otros intercambiaban miradas incómodas, y hubo incluso quien, por puro reflejo, apagó la pantalla y volvió a encenderla, confiando en que el problema desapareciera con el viejo remedio informático que tantas veces había salvado ordenadores, televisores y, probablemente, algún matrimonio.

—Decidme que todos estáis viendo lo mismo —murmuró.

Las respuestas llegaron casi al instante. Un coro desordenado de afirmaciones, juramentos y preguntas nerviosas recorrió la orilla del río. Varela enseñó la pantalla de su teléfono y Fernando hizo lo mismo. Incluso uno de los técnicos de la científica levantó el suyo bajo el haz de una linterna.

Laura sintió una punzada de irritación que, como tantas veces, acudió en su ayuda para mantener a raya el miedo.

—Bien —dijo guardándose el móvil en el bolsillo—. Tenemos a un gracioso con conocimientos de informática.

Lo dijo con firmeza, pero ni ella misma se lo creía, porque una cosa era enviar un mensaje a varios teléfonos y otra muy distinta hacerlo simultáneamente a todos los dispositivos presentes en aquella orilla, incluidos los terminales profesionales de la Guardia Civil y los móviles particulares de personas que ni siquiera compartían compañía telefónica.

Fernando debió de llegar a la misma conclusión, pues permanecía observando la pantalla con el ceño fruncido.

—Es técnicamente muy complicado, Laura. No sabría decirte.

—Fernando, hace veinte años también parecía imposible llevar en el bolsillo un aparato capaz de hacer fotos, reproducir música, servir de mapa y discutir con desconocidos sobre política a través de internet. La tecnología tiene la mala costumbre de volver aburridos los milagros.

Sandra, sin embargo, apenas escuchaba la conversación.

Continuaba mirando la pantalla del móvil con una sensación difícil de describir.

No era miedo exactamente y venía mezclado con algo más, pues “el cuarto sello” había hecho revivir en su cabeza recuerdos que creía desaparecidos para siempre. Uno de ellos acudió de golpe…

Vio la cocina de la casa de sus abuelos, el crepitar de la leña y la lluvia golpeando los cristales.

Su abuelo pasando lentamente las páginas de uno de aquellos viejos cuadernos mientras ella, que entonces no tendría más de ocho o nueve años, intentaba leer por encima de su hombro.

En ese momento recordó una frase: «Cuando el cuarto sello se abra, el río volverá a reclamar lo que es suyo. »

Sandra abrió los ojos de golpe, pues no entendía cómo, de repente, la habían asaltado tantos recuerdos de su abuelo y de su infancia. Sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse y Laura lo advirtió enseguida.

—¿Qué ocurre? Parece que acabases de ver un fantasma.

—Mi abuelo conocía esa expresión. Lo del cuarto sello.

Un largo silencio sucedió a la afirmación.

—De acuerdo —dijo al fin Laura, cruzándose de brazos—. Supongamos por un momento que tu abuelo conocía esa expresión. ¿Qué más decía? Y, por favor, ahórranos la parte en la que una anciana del pueblo advierte que no hay que salir de noche porque aparecen espíritus y esas cosas.

Sandra esbozó una sonrisa nerviosa. Agradeció el intento de humor, aunque sonó menos convincente que otras veces, porque la inspectora también estaba muy cansada.

—No lo recuerdo bien —admitió la agente—. Yo era una niña. Mi abuelo contaba muchas historias y la mayoría las olvidé hace años. Pero sí recuerdo algo… una especie de advertencia. Decía que había lugares donde el agua no sólo arrastraba cosas. También las guardaba.

Laura observó el cauce del Tea. El río había recuperado su sonido habitual y el agua discurría entre las piedras como si nada hubiera ocurrido. Y, sin embargo, resultaba imposible contemplarlo sin sentir una leve incomodidad.

En ese momento, uno de los agentes de científica se aproximó a la orilla con expresión preocupada.

Era un hombre joven, quizá treinta años, de esos que todavía conservaban la costumbre de revisar dos veces las cosas por miedo a equivocarse.

Laura siempre había pensado que los novatos inseguros cometían menos errores que los veteranos excesivamente confiados.

—Inspectora —dijo mientras sostenía una bolsa de pruebas transparente—. Hemos encontrado esto atrapado entre las raíces.

Laura tomó la bolsa. Dentro había un objeto pequeño y oscuro cubierto parcialmente de barro. Era una libreta de tapas negras, con el cuero hinchado por la humedad y varias páginas deformadas por el agua, a pesar de lo que todavía conservaba parte de su estructura original.

Sandra palideció porque lo reconoció al instante. Había pasado media infancia viendo uno de aquellos cuadernos sobre la mesa del salón de sus abuelos.

—Es uno de los cuadernos de mi abuelo.

Laura sostuvo la bolsa transparente durante unos segundos sin apartar la vista del cuaderno. El cuero ennegrecido por la humedad había perdido parte de su textura original y varias hojas se habían deformado hasta adquirir el aspecto ondulado característico del papel mojado.

Sandra dio un paso adelante. La luz de las linternas iluminó su rostro y la inspectora observó cómo la sorpresa inicial dejaba paso a otra emoción más compleja y difícil de definir.

—Estoy segura de que es suyo —murmuró la joven agente—. Los encuadernaba él mismo. Compraba las tapas en Ponteareas y cosía las hojas a mano. Decía que un cuaderno hecho por uno mismo obliga a pensar mejor antes de escribir tonterías.

Fernando sonrió ligeramente.

—Un principio excelente para la humanidad en general.

Laura se sintió obligada a hacer una pausa en mitad de aquella vorágine de pruebas y circunstancias extrañas.

—Esto es de locos. En media hora llevamos casi una decena de acontecimientos extraños —apuntó—.

La llamada de la madre de Sandra sobre la desaparición de los cuadernos, las marcas de manos en el barro, la desaparición del cadáver de Marta Pereira, el descenso del cauce y la extinción abrupta de cualquier sonido procedente del río.

Como si fuera ya poco, una alerta fantasmagórica en los móviles y ahora aparece uno de los cuadernos extraviados justo cuando hablábamos de él.

Se hizo el silencio en mitad de la noche y Laura fue consciente de que había preocupado innecesariamente a sus subordinados.

Si ya eran de por sí extrañas las circunstancias, de nada servía echar más leña al fuego haciendo una recopilación de estas mismas.

Es por ello que sintió la repentina necesidad de tirar de algo de humor para aliviar la tensión.

—Creo que lo mejor será que me ciña a las pruebas y que omita los hechos extraños… aunque también es cierto que, si la gente pensara antes de hablar, medio país se quedaría sin tertulianos.

La broma arrancó algunas sonrisas cansadas, pero se apagaron enseguida.

El cuaderno seguía allí, dentro de la bolsa de pruebas, imponiendo su presencia con la silenciosa autoridad de los objetos antiguos.

Laura se colocó unos guantes nuevos y abrió cuidadosamente la bolsa.

El olor a humedad y papel envejecido escapó de inmediato, mezclándose con el aire frío de la noche.

Pasó las primeras páginas con la delicadeza de quien manipula un documento histórico o un explosivo; a aquellas alturas del caso, ambas categorías empezaban a parecerle peligrosamente similares.

Las primeras hojas contenían anotaciones aparentemente inocuas: nombres de aldeas, referencias a antiguas fuentes del valle, transcripciones de relatos populares y fragmentos de entrevistas realizadas a vecinos ya fallecidos.

La letra era pequeña, ordenada y sorprendentemente elegante, propia de otra generación acostumbrada a escribir a mano durante toda una vida. Sandra se inclinó sobre el cuaderno.

—Ésta es su letra. No tengo ninguna duda.

Laura continuó avanzando páginas. Algunas estaban tan deterioradas que apenas podían leerse, pero otras se conservaban razonablemente bien.

Vio referencias a castros, caminos antiguos y leyendas relacionadas con el río Tea.

Nada especialmente extraordinario, o al menos no para Galicia, una tierra donde la historia y el mito llevaban siglos compartiendo mesa sin discutir demasiado sobre cuál de las dos había llegado primero.

Fue Fernando, quien se había unido a ellas, el que interrumpió el visionado.

—Espera —el forense señalaba una página situada aproximadamente a mitad del cuaderno.

La tinta se había difuminado parcialmente, pero aún resultaba legible.

En la parte superior aparecía una fecha escrita a mano: 17 de octubre de 1968.

Debajo, una frase escrita con trazos nerviosos, irregulares, como si quien los hubiera escrito hubiera tenido prisa o miedo. Laura leyó en voz alta:

—"El río ha empezado a devolverlos."

Laura releyó la frase dos veces antes de pasar la página.

No era una reacción profesional ni racional, sino algo mucho más humano…

La siguiente página se encontraba peor conservada.

El agua había difuminado parte de la tinta y varios fragmentos resultaban ilegibles, pero aún podían distinguirse párrafos completos.

La caligrafía seguía siendo la misma, aunque presentaba una ligera inclinación que Laura había observado en otras ocasiones en cartas y declaraciones escritas bajo tensión.

La gente nerviosa no sólo hablaba distinto, también escribía distinto.

Sandra se inclinó sobre el cuaderno y comenzó a leer en voz alta, deteniéndose allí donde la humedad había borrado algunas palabras.