CAPÍTULO 8 #4
La pregunta quedó flotando en el aire sin recibir respuesta inmediata.
Nadie quería ser el primero en reconocer que había visto algo imposible.
Fernando carraspeó y se aproximó un poco más a la orilla, aunque sin llegar a tocar el agua.
El miedo atenazaba su cuerpo, pero sentía la impulsiva necesidad de hacerse ver ante la inspectora.
La luz de su linterna recorrió la superficie varias veces antes de detenerse.
Hay peces grandes en el Tea —dijo finalmente—. Truchas y algún salmón ocasional. No saquéis conclusiones precipitadas.
Laura agradeció internamente aquellas palabras. No porque estuviera convencida de ellas, sino porque necesitaba escucharlas. Y entonces sonó la emisora del sargento Varela. La voz metálica del operador llegó entre interferencias.
—Central a unidades en el Tea. Repito, central a unidades en el Tea. Acabamos de recibir una llamada del servicio de emergencias del hospital.
Laura sintió un nudo en el estómago. Aquella noche estaba empezando a desarrollar una relación complicada con los hospitales.
—Adelante —Varela levantó la emisora para que todos escucharan la conversación a través de su pequeño y potente altavoz.
Hubo unos segundos de silencio y después llegó la respuesta. Durante muchos años, Laura recordaría aquellas palabras con absoluta claridad, porque existen frases que poseen la desagradable costumbre de quedarse a vivir en la memoria.
—Confirman la desaparición del cadáver de Marta Pereira. Además… —la voz vaciló brevemente al otro lado de la radio—. Además, el personal sanitario informa de que la cámara de seguridad del depósito registró movimiento a las dieciocho cuarenta y dos.
—Pregunta si han identificado a alguien —apremió Laura. Varela no necesitó reproducirlo, había apretado el botón de su emisora y el agudo tono de voz de la inspectora se había colado en la línea. La respuesta llegó envuelta en un ruido de estática.
—Realmente no es un alguien, sino un algo. La grabación muestra cómo la camilla empieza a moverse sola.
Y entonces el río volvió a sonar.
Laura no respondió inmediatamente. Su experiencia le había enseñado que cuanto más extraordinaria parecía una explicación, mayor era la probabilidad de que la realidad fuera mucho más vulgar. Las cámaras fallaban, las imágenes se pixelaban y los ángulos engañaban.
—Quiero ver esa grabación antes de sacar ninguna conclusión —dijo finalmente—. Y quiero verla completa, sin cortes y sin interpretaciones de nadie.
La voz de la central respondió con un breve «recibido» antes de desaparecer entre la estática.
Laura guardó silencio y buscó consuelo en el murmullo del río, que de nuevo volvía a sonar. No obstante, algo había cambiado. El sonido del agua parecía más grave, como si el cauce hubiese recuperado su voz después de contener la respiración durante unos instantes.
A su lado, Sandra continuaba observando las huellas del barro.
La lluvia había empezado a borrarlas lentamente, difuminando sus contornos.
Dentro de unas horas desaparecerían por completo y, con ellas, se esfumaría una prueba cuya existencia muchos terminarían poniendo en duda.
Se apresuró a sacar fotos, algo tan básico y que los nervios le habían robado.
Mientras guardaba de nuevo el móvil en el bolsillo del pantalón reparó en uno de los agentes.
Era un hombre mayor, con pelo cano y barba de tres días.
Le recordaba mucho a su abuelo y eso trajo recuerdos a su mente.
Lo veía sentado junto a la cocina de leña, con un cuaderno sobre las rodillas y unas gafas demasiado grandes deslizándose por la punta de la nariz.
De niña había creído que aquellos cuadernos contenían historias inventadas para entretenerla.
Ahora ya no estaba tan segura. Entonces recordó una frase que él repetía cuando hablaba de las viejas leyendas del valle.
«Lo que duerme bajo el agua no sueña como nosotros. »
—Inspectora… —Sandra sintió un escalofrío que la empujó a hablar—. Mi abuelo hablaba en sus historias sobre los ríos. Decía que había lugares donde el agua recordaba.
Aquellas palabras provocaron algunas miradas incómodas entre los agentes.
Cierto que habían visto cosas extrañas, pero más de uno temió que aquella joven —a la que algunos habían visto crecer e incluso otros eran viejos amigos de la familia— estuviera perdiendo el juicio.
Sus comentarios eran cada vez menos técnicos y profesionales, derivando hacia lo irracional.
—Vamos, Gómez. Déjate de pamplinas místicas, que parece que estés perdiendo la chaveta…
—Laura no pretendía burlarse, tan solo forzar a que su improvisada compañera de investigación regresara a la realidad y se centrara en la interpretación de las pruebas en lugar de recordar constantemente eventos del pasado que dotaban al caso de un matiz sobrenatural.
Fue entonces cuando algo extraño volvió a ocurrir y es que los teléfonos móviles comenzaron a sonar todos a un tiempo.
Era una alerta de emergencia, un mecanismo recién implementado para avisos urgentes en caso de catástrofes, como incendios, atentados, inundaciones o tormentas.
Todos reconocieron el peculiar e incesante pitido de los terminales y abandonaron el río por un momento para centrarse en las pantallas de sus dispositivos…
El mensaje no mostraba el emisor y tan solo presentaba una solitaria frase sobre fondo negro:
EL CUARTO SELLO YA HA SIDO ABIERTO