El agua nunca olvida CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Laura cerró los ojos un instante. Necesitaba pensar, pues aquella investigación empezaba a desafiar incluso sus propios principios. Veamos: Un cadáver desaparecido, un hombre que se esfumaba junto a un río, símbolos que surgían en la piel y ahora aquellas marcas en el barro. ¿Marcas?...

Laura abrió los ojos y volvió a mirar la orilla y las huellas seguían allí…

o eso creyó. Se acercó y mientras lo hacía sintió un vacío desagradable en el estómago, porque las marcas estaban cambiando.

De un modo sutil, tanto que quizá otro observador no lo habría advertido.

Pero ella llevaba veinte años estudiando escenas del crimen y había aprendido a detectar variaciones mínimas.

Las marcas del barro parecían haberse deformado ligeramente, como si algo las hubiera presionado desde abajo. Ahora eran más profundas.

—Varela.

—¿Sí? —el guardia civil se acercó.

—Dime que esas marcas estaban así hace cinco minutos.

El sargento observó el barro y frunció el ceño.

—Pues juraría que no.

Sandra se arrodilló junto a las marcas sin llegar a tocarlas. Su formación le impedía contaminar una posible prueba, pero había otra razón más íntima para mantener las manos alejadas del barro: no quería tocar aquello.

Fue entonces cuando Fernando, que permanecía de pie a unos metros, frunció el ceño y se acercó al borde del río.

El forense tenía la costumbre de observar antes de hablar, virtud que le había ahorrado innumerables errores profesionales y varios ridículos públicos.

Se inclinó ligeramente y entrecerró los ojos.

Parecía asustado y eso era mucho decir sobre un hombre que había diseccionado tantos cadáveres.

—¿Qué ocurre? —preguntó la inspectora.

El forense tardó unos segundos en responder.

—Creo… —murmuró finalmente—. Creo que el nivel del río está bajando.

Laura miró el agua. A simple vista parecía normal, pero Fernando negó lentamente con la cabeza.

—No me refiero a una crecida o a una bajada estacional. Mirad las piedras.

Todos dirigieron la vista hacia el cauce y entonces lo vieron.

Las rocas cercanas a la orilla mostraban una línea húmeda claramente visible varios centímetros por encima del nivel actual del agua.

El río había descendido en cuestión de minutos y eso no ocurría de ese modo y sin una causa lógica.

Y, sin embargo, el Tea seguía corriendo ante ellos con una normalidad inquietante, como si nunca hubiera llevado más agua que aquella.

Laura permaneció varios segundos observando el cauce sin decir nada.

—Tiene que haber una derivación río arriba —murmuró finalmente—. O alguna presa pequeña.

Lo dijo más para convencerse a sí misma que a los demás. La realidad era tozuda, sí, pero las leyes de la física también lo eran. Los ríos no perdían varios centímetros de caudal en pocos minutos porque sí.

Fernando no respondió. Seguía observando las piedras con esa expresión que Laura conocía demasiado bien. Era la misma cara que ponía cuando una autopsia empezaba a sugerir algo incómodo.

—¿Hay alguna presa cerca? —preguntó Sandra al sargento Varela.

El guardia civil negó con la cabeza.

—No en este tramo. Y aunque la hubiera, necesitarías mucho más tiempo para notar un cambio así—. Aquella respuesta no gustó a nadie.

Laura dirigió el haz de la linterna, que había recuperado la energía de repente, hacia las marcas del barro y volvió a sentir miedo.

No porque hubieran desaparecido, sino porque ahora se distinguían mejor.

La bajada del agua había dejado al descubierto nuevas huellas que hasta hacía unos minutos permanecían sumergidas.

Decenas de pequeñas marcas emergían desde el borde del río y se internaban en la vegetación cercana antes de perderse entre los helechos y las raíces de los árboles.

Aquello hizo que el estómago de la inspectora se contrajera, pues las huellas no eran recientes, o al menos no todas.

Algunas parecían antiguas, parcialmente erosionadas y cubiertas por sedimentos.

Otras, en cambio, se apreciaban con nitidez.

—No me gusta esto —murmuró Varela.

Laura estuvo a punto de responder que aquella frase empezaba a convertirse en el lema oficial de la investigación, pero se contuvo. El humor seguía allí, aunque cada vez costaba más trabajo encontrarlo.

Sandra se agachó un poco más y alumbró el barro con la linterna.

—Inspectora…aquí hay algo que no encaja. Las marcas son de manos con cuatro dedos largos y delgados, sin pulgar visible.

Aquello rompía cualquier hipótesis razonable que el cerebro humano hubiera intentado fabricar durante los últimos minutos.

Y fue entonces cuando nuevamente ocurrió algo sobrenatural y es que el río dejó de sonar…

Y lo hizo del mismo modo en el que antes parecía haberles hablado a todos a través de rumor, un murmullo o un susurro.

El silencio se hizo repentinamente y envolvió de repente todo el bosque.

El Tea había enmudecido completamente y fue entonces cuando, en mitad de todo aquel silencio sepulcral, algo se movió bajo la superficie del agua…

No lo suficiente para identificarlo, pero sí lo bastante para que todos lo vieran.

Laura no supo precisar cuánto tiempo permanecieron inmóviles.

Probablemente fueron apenas dos o tres segundos, aunque más tarde habría jurado ante cualquiera que transcurrió mucho más.

El miedo tenía esa curiosa propiedad de deformar el tiempo.

Aceleraba algunos instantes y estiraba otros hasta convertirlos en algo casi insoportable.

Tardaron unos instantes en comprender qué les estaba inquietando tanto, porque los seres humanos tenemos la extraordinaria capacidad de acostumbrarnos a los sonidos constantes hasta el punto de hacerlos desaparecer de la conciencia.

Sucede con el zumbido de un frigorífico, con el rumor del tráfico lejano o con el golpeteo de la lluvia sobre una ventana.

El río Tea formaba parte de aquel paisaje sonoro desde mucho antes de que existieran carreteras, aldeas o policías armados con linternas.

Y, sin embargo, el murmullo del agua había cesado de una forma tan repentina y completa que Laura sintió cómo el corazón comenzaba a golpearle las costillas con una fuerza impropia de alguien que llevaba media vida enfrentándose a asesinos.

No era que el río hubiera dejado de existir.

Seguía allí. La superficie reflejaba las luces azules de los vehículos policiales y la tenue claridad de la luna oculta tras las nubes, pero el agua ya no sonaba. Y aquello carecía de sentido…

Nadie logró a ver con claridad lo que se había movido sobre la superficie del agua.

Más tarde, cuando tomaron declaración a todos los presentes, las versiones variarían ligeramente.

Unos hablarían de una sombra y otros de una ondulación extraña.

Uno de los agentes juraría haber visto una espalda oscura emergiendo brevemente del agua antes de desaparecer.

Y habría incluso quien afirmaría que no vio absolutamente nada y que todo fue producto del nerviosismo acumulado.

Sin embargo, en una cosa coincidieron todos: algo había pasado.

Sandra fue la primera en retroceder un paso. Lo hizo de forma casi involuntaria, guiada por ese instinto antiguo que el ser humano conservaba enterrado bajo siglos de educación y tecnología.

Laura lo vio y no dijo nada, porque ella misma había dado medio paso atrás, lo justo para comprender, con cierta incomodidad, que su propio cuerpo acababa de tomar una decisión sin consultar antes con la parte racional de su cerebro.

—¿Habéis visto eso? —preguntó uno de los guardias civiles.