El agua nunca olvida CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Sandra tragó saliva. No le apetecía nada seguir hurgando en aquel caso.

Demasiados cadáveres para un mismo día y un pueblo siempre tan tranquilo.

Además, el caso parecía haber comenzado a mostrar una relación directa con ella misma, con su realidad y circunstancias personales, así que sólo quería meterse en cama después de un buen somnífero y un vaso de leche caliente con cacao.

Se dejaría llevar por el fármaco, abrazada a su viejo oso de peluche, mientras escuchaba como la fina lluvia acariciaba las ventanas.

No obstante, el exigente tono de voz de la inspectora la empujó a aceptar la cordura y el buen juicio, y tiró de recuerdos.

—Mi abuelo tenía una habitación pequeña en casa —comenzó a explicar—.

Bueno, más que una habitación era una especie de despacho.

Allí guardaba libros, recortes de periódicos, fotografías antiguas y varios cuadernos escritos a mano.

Le gustaba recopilar historias del valle.

Decía que las leyendas también formaban parte de la historia, aunque la gente culta se empeñara en reírse de ellas.

Laura no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.

—En eso no le faltaba razón. La mitad de los problemas del mundo empiezan cuando alguien se cree más listo que sus abuelos.

La frase sorprendió incluso a la propia inspectora. No solía hablar así. Tal vez se estaba haciendo mayor, o, tal vez el caso comenzaba a erosionar ciertas certezas que había tardado décadas en construir.

—Cuando murió, mi madre guardó la mayoría de sus cosas —continuó Sandra—Los cuadernos seguían en un armario del desván. Yo apenas los había vuelto a mirar desde entonces.

—¿Y ahora han desaparecido?

—Eso dice mi madre. Hace un rato, no sabe por qué, sintió el impulso de ir a buscarlos para repasar unas fotos familiares y se dio cuenta de que faltaban varios cuadernos.

Pensó que los habría cogido yo. Dos días atrás los había visto mientras recopilaba fotos viejas para pasar a un nuevo álbum que le habían regalado, así que la desaparición debe ser reciente.

Laura frunció ligeramente el ceño, pues los asesinatos habían comenzado hacía dos días. De nuevo, más coincidencias y no creía que fueran casualidades…

Fernando debió de llegar a una conclusión similar, porque permaneció en silencio observando el río con la misma expresión que adoptaba cuando una autopsia comenzaba a ofrecer respuestas que abrían preguntas todavía peores.

—¿Quién más sabía de esos cuadernos? —preguntó.

Sandra tardó unos segundos en responder.

—Prácticamente nadie. Mi madre, yo y… bueno, alguna vez mi abuelo enseñó fragmentos a vecinos o amigos. Pero nunca les dio demasiada importancia.

—¿Conservas alguno? —indagó Laura, cruzando los brazos, como para protegerse de algo.

Sandra negó con la cabeza.

—No lo sé. Tendría que mirar en casa.

—En ese caso, iremos mañana mismo.

—¿A mi casa?

—No exactamente. A la de tu madre, y si queda un solo papel en ese desván, quiero verlo.

La joven asintió, aunque no parecía especialmente tranquila.

Había algo profundamente perturbador en la idea de que un caso de homicidio pudiera extender sus tentáculos hasta recuerdos familiares que uno creía enterrados desde la infancia, hasta su propia vida y circunstancias personales.

Aquello la inquietaba y preocupaba profundamente.

Una ráfaga de viento recorrió la orilla y agitó las ramas de los árboles.

El sonido del bosque cambió durante un instante.

Parecía como si el viento atravesando las ramas y matorrales hubiera cambiado de dirección.

Fue entonces cuando ocurrió algo tan sencillo como inquietante y es que uno de los focos instalados junto al río se apagó.

Al principio, nadie le dio importancia. Los generadores fallaban, las bombillas se fundían.

Mas unos segundos después se apagó el segundo foco…

y luego el tercero. Después, las luces azules de los vehículos policiales siguieron funcionando, aunque comenzaron a parpadear con una irregularidad extraña, como si la corriente eléctrica estuviera sufriendo pequeñas oscilaciones.

Laura miró alrededor. El bosque había quedado sumido en una penumbra extraña. No era oscuridad completa, pues la niebla reflejaba la luz de las linternas y del pueblo distante, creando una luminosidad grisácea e imprecisa que deformaba las distancias y convertía los árboles en figuras borrosas.

Fue entonces cuando lo escucharon, pues el río pareció hablar.

No era una voz o una palabra, sino un sonido, un murmullo grave y prolongado que ascendió desde el agua y se extendió por la orilla como el eco lejano de algo inmenso moviéndose bajo la superficie.

Duró apenas un instante, lo suficiente como para inmovilizar a todos los presentes, dejando que el terror se apoderase de ellos.

Laura permaneció inmóvil. Apenas fue un segundo, quizá dos, pero bastó para que una vieja sensación que creía olvidada regresara desde algún rincón remoto de su memoria.

La había experimentado siendo niña, muchos años atrás, durante una excursión escolar en los montes del Courel.

Se había separado del grupo durante apenas unos minutos y, aunque no llegó a perderse realmente, sintió algo que jamás olvidaría: la certeza irracional de que el bosque la observaba.

No era miedo a los lobos, ni a la oscuridad, ni a los fantasmas.

Era una sensación mucho más antigua y difícil de explicar, como si el ser humano conservara en alguna parte del cerebro un recuerdo heredado de tiempos remotos, cuando abandonar el fuego y adentrarse solo en la noche equivalía a jugarse la vida.

Aquella misma sensación acababa de regresar. Y Laura detestaba reconocerlo.

—¿Habéis oído eso? —preguntó uno de los guardias civiles.

Las expresiones de los presentes bastaban para comprender que sí. Todos lo habían oído. El problema era que nadie parecía dispuesto a describirlo con palabras.

Fernando fue el primero en romper el silencio.

—Podría haber sido el viento.

—El viento, mis cojones —sentenció Laura.

El propio forense lo sabía. Había pronunciado aquella frase del mismo modo en que un médico prescribe paracetamol a un paciente sabiendo que el problema es otro. No porque creyera del todo en ella, sino porque la explicación racional seguía siendo preferible a cualquier alternativa.

Laura dirigió la vista hacia el río. El agua descendía entre las piedras con aparente normalidad y fue entonces cuando uno de los agentes que rastreaban la orilla lanzó un grito.

Laura echó a correr hacia él seguida por Sandra y Fernando.

El corazón parecía querer salírsele del pecho, pero eso no la detuvo.

El barro resbalaba bajo las botas y la vegetación dificultaba el avance, mas en pocos segundos alcanzaron el lugar.

Un guardia civil alumbraba con una linterna de dinamo una pequeña zona de la orilla, a escasos metros de donde el sospechoso había desaparecido.

—Aquí —dijo—. Mire esto.

Laura se agachó. Al principio no comprendió lo que estaba viendo, pero después lo entendió. No eran huellas, sino marcas de manos impresas sobre el barro húmedo de la orilla. La inspectora sintió cómo se le secaba la boca, pues no se dirigían al río, sino que salían de él…

Sandra se quedó inmóvil observándolas. Su mente buscó de inmediato una explicación razonable; animales, erosión... El cerebro humano odiaba el vacío y se apresuraba a llenarlo con hipótesis antes incluso de disponer de pruebas suficientes, una estrategia evolutiva muy eficaz…

Sin embargo, aquellas marcas no se parecían a nada que hubiera visto antes. Fernando se arrodilló y examinó el barro sin tocarlo.

—No saquéis conclusiones —murmuró—. La percepción es traicionera. Especialmente de noche y con tan poca luz.

Laura agradeció aquellas palabras más de lo que estaba dispuesta a admitir. Necesitaba a alguien que siguiera defendiendo la racionalidad del universo, pero comenzaba a sospechar que la realidad se había vuelto un poco más grande de lo que había creído durante toda su vida.

Fue entonces cuando sonó el teléfono del sargento Varela. El guardia civil respondió y escuchó durante unos segundos. Su expresión cambió a la de quien recibe una noticia capaz de empeorar una situación que ya parecía suficientemente mala.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Varela bajó lentamente el teléfono. Tenía el rostro pálido.

—Acaban de llamar del hospital y el cadáver de Marta Pereira ha desaparecido de la morgue.

Laura no respondió de inmediato, pues sentía un nudo en el estómago que le impedía hablar. En su lugar, permaneció inmóvil, mirando al sargento Varela como si no hubiera entendido bien las palabras y aquella fuera más información de la que su memoria permitía.

—Repítelo —dijo finalmente.

El sargento tragó saliva.

—El hospital acaba de llamar. El cadáver de Marta Pereira ha desaparecido de la morgue.

—No me jodas —Laura sintió una punzada de irritación.

La lluvia continuaba cayendo con esa persistencia paciente tan propia del noroeste peninsular. A su alrededor, los agentes evitaban mirarse demasiado unos a otros.

Fernando fue el primero en reaccionar.

—Eso es imposible.

Lo dijo con la convicción casi ofendida de quien ve cómo alguien insulta las leyes de la física en su presencia.

Los médicos tenían una relación peculiar con los cadáveres.

Los vivos mentían, se confundían y tomaban malas decisiones.

Los muertos, en cambio, solían ser bastante cooperativos.

Permanecían donde uno los dejaba, salvo, al parecer, aquella semana.

—¿Cómo que ha desaparecido? —preguntó el forense—. ¿Han forzado la entrada? ¿Han robado el cuerpo? ¿Hay imágenes de las cámaras?

El sargento negó lentamente con la cabeza.

—Todavía no tenemos toda la información. Sólo sabemos que una auxiliar entró hace unos minutos y la camilla estaba vacía.