El agua nunca olvida CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

D urante varios segundos nadie se movió.

Años después, Laura intentaría reconstruir aquel instante en su memoria y descubriría, como suele ocurrir con los acontecimientos verdaderamente importantes, que recordaba con absoluta nitidez algunos detalles irrelevantes mientras otros, probablemente mucho más trascendentes, permanecían envueltos en una bruma confusa.

Recordaba, por ejemplo, el olor a tierra mojada que ascendía desde la orilla del Tea.

Recordaba el sonido de la lluvia golpeando el plástico de las luces policiales y el zumbido irregular de una emisora mal sintonizada.

Incluso recordaba que uno de los guardias civiles llevaba las botas desatadas, sin embargo, jamás logró reconstruir con exactitud el momento en que comprendió que el hombre había desaparecido.

Y eso era precisamente lo más inquietante, porque no había escapado, ni corrido, ni había empujado a nadie o aprovechado una distracción evidente. Simplemente ya no estaba allí.

Laura recorrió la orilla con la vista mientras el haz de su linterna barría el barro y la vegetación. Las huellas del sospechoso seguían visibles a escasos centímetros del agua y se distinguían con claridad hasta llegar a la orilla, pero no regresaban.

Se agachó junto al barro y observó las marcas con atención. El terreno estaba lo suficientemente húmedo como para conservar la huella de una bota, pero no tanto como para deformarla, como si el hombre hubiera dado un último paso y el agua se lo hubiera tragado.

—No me gusta esto —murmuró.

Fernando, que permanecía a su lado bajo un paraguas prestado por algún agente, la miró con expresión cansada.

—A estas alturas del caso, eso ya no es una observación. Es un axioma.

Laura habría sonreído en otras circunstancias, pero aquella noche el humor comenzaba a abandonarla.

Sandra se arrodilló junto al símbolo trazado en la arena.

Lo observó sin tocarlo. La figura era compleja, mucho más de lo que habían imaginado.

Allí estaban el pentagrama, el ojo y el tercer trazado, pero no como piezas independientes, sino integrados en una geometría mucho mayor que parecía expandirse en círculos y líneas curvas hacia el exterior.

No se asemejaba a un símbolo religioso ni a una runa antigua.

Recordaba más bien a las nervaduras de una hoja, a los anillos de un tronco o a las corrientes de un río vistas desde el cielo.

Fue entonces cuando ocurrió algo que Sandra jamás contaría a nadie y es que durante una fracción de segundo tuvo la sensación de reconocer el símbolo.

No de haberlo visto antes, sino de recordarlo.

La impresión fue tan absurda y fugaz que desapareció casi al instante, dejando tras de sí una sensación de inquietud difícil de describir.

Porque hay cosas que uno puede aprender, descubrir o imaginar, pero recordar algo que sabe con certeza que nunca ha visto constituye una experiencia profundamente perturbadora.

Laura se incorporó lentamente y dirigió el haz de la linterna hacia el río.

El Tea descendía con la misma serenidad engañosa que había acompañado a los seres humanos desde el principio de los tiempos.

Había algo casi insolente en la indiferencia de la naturaleza.

Los hombres se enamoraban, construían casas, criaban hijos y se mataban unos a otros mientras los ríos seguían fluyendo ajenos a sus miserias.

Quizá por eso los antiguos los consideraban sagrados.

No porque fueran bondadosos, sino porque parecían eternos.

—Quiero focos aquí mismo —ordenó la inspectora, señalando la orilla—. Y llamad a los GEAS. Si ese hombre se ha metido en el río, quiero saberlo antes del amanecer.

Uno de los guardias civiles asintió y se alejó hablando por la emisora. Laura observó nuevamente las huellas y comprendió que afirmaban algo absurdo. Decían que un hombre había caminado hasta el agua y había dejado de existir.

—Inspectora —dijo Sandra en voz baja.

La joven seguía arrodillada junto al símbolo dibujado sobre la arena húmeda. No lo había tocado. De hecho, mantenía las manos cuidadosamente apartadas, como si temiera alterar una prueba o despertar algo que debía permanecer dormido.

—¿Qué ocurre? —preguntó Laura.

—Es una tontería, pero he tenido la sensación de haber visto esto antes, y no sabría decir dónde.

—Piénsalo —dijo Laura—. Puede ser importante. Libros, internet, un tatuaje, una iglesia…

Sandra permaneció en silencio y entonces sintió cómo se le erizaba el pelo de los brazos.

No fue un pensamiento completo, sino más bien un destello, una imagen fugaz.

Entonces, el recuerdo de su abuelo apareció con tal claridad que tuvo que cerrar los ojos un instante.

Hacía más de diez años que había fallecido y, sin embargo, aún podía evocar el olor a tabaco negro que impregnaba sus chaquetas, la voz grave con la que contaba historias junto a la cocina de leña y aquella costumbre tan gallega de empezar todos los relatos con un «isto pasou de verdade», frase que casi siempre anunciaba una mentira maravillosa o una verdad imposible de demostrar.

—Mi abuelo… —murmuró—. Tenía cuadernos. Era maestro y aficionado a recopilar historias del valle; leyendas, supersticiones, relatos antiguos… cosas de pueblos.

Laura suspiró para sus adentros. En Galicia bastaba remover un poco el barro para que aparecieran meigas, mouras encantadas o almas en pena. Aquella tierra tenía más fantasmas por kilómetro cuadrado que muchas regiones tenían vacas. Y eso era decir mucho.

—¿Crees que viste el símbolo allí?

—No lo sé, pero creo recordar algo parecido.

Fernando, que hasta entonces había permanecido callado observando la escena, intervino por primera vez.

—La memoria no funciona como una biblioteca. Funciona más bien como un rompecabezas reconstruido constantemente. Un olor, una imagen o una palabra pueden activar recuerdos que llevaban años ocultos.

—Gracias, doctor sacamuelas —replicó Laura—. Si algún día asesinan a mi hipocampo ya sé a quién llamar.

—De nada. Mi tarifa por sarcasmo neurológico es razonable.

La inspectora volvió la vista hacia el río. La lluvia había amainado ligeramente y una fina neblina comenzaba a levantarse sobre el agua. El espectáculo resultaba hermoso e inquietante. La belleza y el miedo compartían a veces escenarios inesperados.

Fue entonces cuando sonó el teléfono de Sandra. La joven miró la pantalla y su expresión cambió.

—Es mi madre.

—¿A estas horas? —preguntó Laura arqueando una ceja.

Sandra asintió y respondió la llamada. Escuchó apenas unos segundos y palideció.

—Mamá… ¿estás segura?... Pero… ¿por qué me llamas para contarme esto ahora?... Venga, mamá… ¿mamá?... ¿mamá?...

Laura sintió cómo el estómago se le contraía. Ya empezaba a reconocer aquella expresión, la de quien acaba de recibir una noticia que no encaja.

Sandra bajó lentamente el teléfono. Tenía la voz temblorosa.

—Dice que los cuadernos de mi abuelo desaparecieron hace dos días.

Por primera vez desde que comenzó la investigación, Laura tuvo la desagradable sensación de que el caso no estaba buscándolas únicamente a ellas.

Sandra había hablado de su abuelo y, a los pocos segundos, llamaba su madre afirmando que unos cuadernos habían desaparecido.

Recordó entonces que ella sólo creía en la causalidad de lo físico y tangible, no en casualidades como aquella.

Tenía que haber, de algún extraño y retorcido modo, relación entre los dos hechos.

Laura observó el rostro de Sandra durante unos segundos sin decir nada.

Había aprendido hacía mucho tiempo que las malas noticias tenían una especie de gravedad propia.

Cambiaban el aire de una conversación y alteraban la forma en que las personas respiraban, miraban o sostenían el teléfono entre las manos.

Y la expresión de la joven agente no dejaba lugar a demasiadas interpretaciones.

Fuera lo que fuese aquello de los cuadernos, acababa de adquirir importancia.

—Empieza por el principio —dijo la inspectora con voz calmada—. Y despacio, porque las películas mienten. Cuando la gente habla deprisa no resuelve misterios; sólo consigue que nadie entienda nada.

Sandra asintió y respiró hondo. La lluvia había quedado reducida a una llovizna fina que apenas perturbaba la superficie del río.

A lo lejos, varios agentes continuaban peinando la orilla con linternas mientras otros colocaban focos portátiles.

El Tea seguía fluyendo con la indiferencia habitual de los ríos, ajeno a la creciente inquietud de quienes lo observaban.

—No sé por qué, mamá… bueno, mi madre… me ha llamado para contarme esto ahora. Hacía siglos que no pensaba en esos cuadernos y este símbolo en el barro me los ha recordado. Y justo ahora, me llama para contarme que han desaparecido, como si estuviera leyendo mi mente en la distancia. Es de locos…

Laura sintió un estremecimiento. Notó cómo las piezas se la aflojaban peligrosamente, tanto que tuvo que buscar amparo en el tronco de un roble cercano.

—Ahora sí que me estoy acojonando…

—Pues ya somos tres —añadió Fernando, que se veía atrapado en un caso que a cada segundo tomaba un matiz más y más sobrenatural.

Laura trató de recomponerse y respiró hondo.

—Venga, para bien o para mal, esa llamada habrá querido decir algo. ¿Qué puedes contarnos de tu abuelo y sus cuadernos?