El agua nunca olvida CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

—Inspectora, la científica acaba de terminar con la víctima y han encontrado marcas nuevas.

Laura sintió cómo el cansancio desaparecía de golpe, sustituido por esa lucidez fría que sólo aparecía en mitad de las investigaciones importantes.

—¿Qué clase de marcas?

—No están en el cuello, esta vez…

Mientras unos agentes daban cuenta del presunto asesino, regresaron en silencio a la vivienda.

El bosque había quedado atrás y sólo se escuchaba el sonido de las botas sobre el barro y el rumor constante del agua, que parecía perseguirlos desde todas partes.

Cuando entraron en la casa, Laura tuvo la extraña sensación de que el olor metálico era más intenso que antes.

La científica esperaba junto al cadáver.

—Inspectora, tendrá que ver esto.

Levantó con cuidado la manta térmica que cubría el brazo izquierdo de la víctima y se inclinó sobre ella. Luego, sintió como el corazón le daba un vuelco, pues no había cinco lunares, sino seis.

Durante unos instantes nadie habló. A decir verdad, había llegado un momento de la investigación en el que el silencio comenzaba a resultar más expresivo que las palabras.

La científica mantenía levantada la manta térmica mientras Laura observaba el brazo de la víctima con la desagradable sensación de quien contempla algo imposible y sabe que, aun así, seguirá siendo imposible después de haberlo visto.

Los seis pequeños puntos oscuros destacaban con nitidez sobre la piel pálida de la mujer.

No parecían una erupción, ni un hematoma, ni una reacción alérgica, sino simples lunares y precisamente por eso resultaban tan perturbadores.

Fernando se acercó sin apartar la vista de las marcas.

Había pasado media vida estudiando cadáveres y sabía mejor que nadie que el cuerpo humano era capaz de realizar cosas extraordinarias, algunas admirables y otras profundamente desagradables.

Sin embargo, también sabía que la biología tenía límites.

La aparición espontánea de lesiones pigmentadas en cuestión de horas no figuraba entre ellos.

—¿Cuándo los habéis visto? —preguntó.

La técnica de científica consultó sus notas.

—Hace unos veinte minutos no estaban. Al mover el cuerpo para fotografiar la espalda los hemos detectado. Al principio pensamos que eran manchas de sangre seca, pero no se desprenden con agua ni con alcohol isopropílico.

—¿Y estáis seguros de que no estaban antes? —preguntó Laura.

—No podría jurarlo al cien por cien, pero apostaría mi sueldo a que no.

La inspectora estuvo a punto de responder que, con los sueldos de la administración, aquello tampoco era arriesgar demasiado, pero se contuvo. Empezaba a resultarle difícil bromear y aquello era mala señal. Laura Rivas llevaba años utilizando el humor como otros usaban los ansiolíticos.

Sandra observó el brazo del cadáver con creciente inquietud, pues algo la incomodaba, como si hubiera descubierto algo sin saber muy bien el qué. Y entonces lo vio claro. Primero cinco puntos, después otros cinco y cinco más. Y ahora un sexto… Era una progresión.

—Inspectora, creo que nos hemos equivocado otra vez.

—Adelante. Ya puestos, terminemos de desmontar la realidad —Laura tiró de sarcasmo en tanto Sandra tragaba saliva.

—Tal vez no sean cinco símbolos. Quizás el sexto punto no sea un error, sino la siguiente fase.

Fernando levantó lentamente la cabeza. Parecía una idea absurda, aunque al mismo tiempo, aterradoramente coherente, pues si aquello era un proceso biológico —o cualquier otra cosa que imitara a uno—, la aparición de nuevas marcas no implicaba que estuvieran resolviendo el caso, sino lo contrario, que éste seguía avanzando.

Laura sintió un frío extraño en el estómago. El mismo que experimentan los investigadores cuando descubren que van varios movimientos por detrás del asesino y entonces sonó un grito procedente del exterior.

Todos se volvieron al mismo tiempo y Laura supo que algo acababa de ocurrir junto al río.

Sin esperar explicaciones, echó a correr hacia el exterior bajo la lluvia, seguida por Sandra y Fernando.

El bosque estaba ya casi a oscuras y las luces azules de los vehículos policiales teñían los árboles de destellos intermitentes.

Varias figuras corrían hacia la orilla mientras alguien pedía ayuda a gritos por la emisora.

Laura llegó primero y se detuvo en seco, pues el hombre había desaparecido.

Nadie supo explicar cómo, ni siquiera los agentes que aseguraban haberlo tenido siempre a la vista.

Y, sin embargo, ya no estaba allí. Tan solo quedaban sus huellas sobre el barro y una última cosa más.

A pocos centímetros del agua, dibujado sobre la arena húmeda con un dedo o quizá con una rama, aparecía un símbolo diferente a los vistos hasta la fecha.

Esta vez parecía al fin una figura completa…

Laura sintió cómo el pulso se aceleraba cuando comprendió que no estaban observando el final del dibujo, sino su apertura.

Debajo del símbolo, escritos con una caligrafía infantil y temblorosa, podían leerse cuatro palabras:

YA SABE QUE VENÍS