El agua nunca olvida CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—Creo que entiendo lo que sugiere nuestra joven candidata a inspectora —interrumpió Fernando. Su comentario no gustó a Laura, que sintió una punzada de celos—La secuencia de acontecimientos sugiere la presencia de una enfermedad, un virus o una epidemia.

—¿Una enfermedad que hace que la gente asesine y se coma a su pareja? —preguntó la inspectora—. Pues vaya mierda de enfermedad.

—No sería la primera vez que un agente biológico altera la conducta. Hay parásitos capaces de modificar el comportamiento de insectos y mamíferos. El mundo está lleno de cosas extrañas que la mayoría desconoce.

—Gracias, Fernando. Justo lo que necesitaba escuchar antes de irme a dormir.

—No parece tan descabellado, inspectora —apuntó Laura—. Usted misma lo ha sugerido hace un rato, cuando ha ordenado acordonar el río y que nadie tocara el agua.

El hombre del río levantó la cabeza. Hasta ese momento había permanecido callado, ajeno a la conversación, pero ahora observaba a los presentes con una expresión extraña, casi compasiva. Aquello desconcertó a Laura más que cualquier mirada de odio.

—No es una enfermedad —dijo con voz tranquila—. Las enfermedades destruyen, pero Él recuerda.

Un silencio incómodo se extendió entre los presentes.

Laura notó cómo la lluvia comenzaba a filtrarse por el cuello de la chaqueta.

El agua fría resbaló por su espalda y sintió un escalofrío involuntario.

A lo lejos, el río seguía su curso con la misma indiferencia con la que lo había hecho durante siglos.

—¿Quién recuerda? —preguntó Sandra.

—El hambre —el hombre contestó con una mueca similar a una sonrisa, pero mucho más turbia.

—¡¿Qué hambre, cacho de mierda?! —gruñó Laura furiosa. Se estaba cansando de tanto juego y la ira era un medio tan bueno como cualquier otro de regresar a la realidad. Se aferró a aquella sensación, a la furia, para reprimir el miedo de un caso que avanzaba vertiginosamente hacia lo paranormal.

—La primera y original. La primigenia.

Laura estuvo a punto de responder algo mordaz, pero se contuvo.

Porque los locos mentían a menudo y los asesinos también, pero aquel hombre parecía estar describiendo una verdad que sólo él podía ver, y eso resultaba mucho más aterrador.

Permaneció unos segundos observándolo sin decir palabra.

Había algo profundamente desconcertante en aquel hombre.

No irradiaba la violencia de Jorge ni la desesperación de Marta Pereira y tampoco parecía encontrarse bajo los efectos de ninguna droga conocida.

De hecho, si uno ignoraba el barro, la ropa empapada y el pequeño detalle de que probablemente acabara de asesinar a su esposa, habría podido pasar por un excursionista cansado descansando junto al río después de una larga caminata.

Y aquello era precisamente lo que más la inquietaba.

—Escúchame bien —dijo Laura, dando un paso hacia él—.

Quiero que me hables de ese hombre. Y quiero que lo hagas sin acertijos, sin metáforas y sin frases de libro de autoayuda para sectas.

Estoy cansada, llevo dos días sin dormir y mi paciencia tiene menos resistencia que la batería de un iPhone viejo.

—Usted también la siente —contra todo pronóstico, el hombre sonrió.

Aquellas palabras irritaron a Laura de inmediato. De nuevo, recurría a la ira para aferrarse a la realidad.

—No me psicoanalices, payaso, que para eso ya pago impuestos.

—No hablo de usted. Hablo de todos.

La lluvia continuaba cayendo sobre el bosque.

El agua resbalaba por las piedras del río y descendía entre las raíces de los árboles siguiendo caminos trazados mucho antes de que existieran fronteras, reyes o policías.

Fernando observó el cauce unos instantes.

No era un hombre supersticioso, sin embargo, empezaba a comprender por qué los antiguos habían llenado el mundo de leyendas.

Cuando la realidad se volvía demasiado extraña, el cerebro buscaba refugio en los mitos, una teoría muy próxima al animismo.

—¿A qué se refiere exactamente? —preguntó el forense con tono neutro—. Háblenos del hambre.

El hombre lo miró y una sombra fugaz atravesó su rostro con la rapidez de un pez bajo el agua. Parecía tristeza, miedo o tal vez ambas cosas.

—Siempre estuvo aquí —murmuró—. Antes de las aldeas, las iglesias o los nombres. Los hombres llegaron después y olvidaron, pero el hambre nunca olvida y reclama puntualmente su atributo. A cambio, el equilibrio se mantiene y el caos permanece a buen recaudo.

Sandra sintió un escalofrío. Había crecido escuchando historias sobre la Santa Compaña, sobre mouros que guardaban tesoros bajo los castros y sobre fuentes que no debían visitarse de noche.

Nunca les había concedido demasiado valor.

Eran cuentos antiguos, residuos culturales de una época más crédula.

Y, sin embargo, mientras escuchaba hablar a aquel hombre junto al río, descubrió con cierta incomodidad que parte de aquellas historias compartían una característica común: el agua.

En Galicia, pensó, casi todas las leyendas terminaban conduciendo al agua.

Laura se dio cuenta de que Sandra se había quedado pensativa.

—Ni se te ocurra empezar a creer en meigas —murmuró—. Bastante trabajo tengo ya sin tener que abrir una unidad de exorcismos.

La agente local sonrió con timidez.

—En Galicia se dice que no creemos en ellas, pero haberlas, haylas.

—Y también hay gente que le pone piña a la pizza, y eso no convierte la idea en aceptable.

Aquello provocó algunas sonrisas nerviosas entre los agentes. Era curioso comprobar cómo el humor seguía funcionando incluso junto a un río, bajo la lluvia y con varios homicidios a la espalda. Tal vez no fuera más que un mecanismo de defensa.

Uno de los guardias civiles se acercó en ese momento con expresión preocupada.