El agua nunca olvida CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

L aura sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No por las palabras en sí mismas, que consideradas de forma aislada podían interpretarse como el delirio de un enfermo mental, sino por el tono con el que habían sido pronunciadas.

A lo largo de su carrera había escuchado amenazas de muerte, confesiones delirantes, discursos conspiranoicos y toda clase de disparates nacidos de cerebros alterados por las drogas, el alcohol o la enfermedad.

Sin embargo, había algo profundamente inquietante en la serenidad de aquel hombre.

Los locos gritaban, los fanáticos gesticulaban, los asesinos se justificaban, pero aquel individuo, en cambio, hablaba con la tranquilidad de quien describe un hecho cotidiano, como si estuviera comentando que al día siguiente llovería o que el supermercado cerraba a las nueve.

—¿Quién está despertando? —preguntó Laura sin apartar la vista de él.

El hombre no respondió de inmediato. Permaneció arrodillado junto a la orilla, con el agua escurriéndose entre sus dedos y mezclándose con el barro que cubría sus manos.

La lluvia había comenzado a intensificarse y pequeñas ondas circulares se extendían sobre la superficie del Tea, deformando el reflejo de los árboles y del cielo gris.

—Siempre ha estado aquí —murmuró el hombre al fin, sin dirigirse realmente a nadie—. Mucho antes que nosotros, antes incluso que las iglesias y las carreteras.

Laura intercambió una rápida mirada con Sandra. La agente local mantenía la mano cerca de su arma, aunque sin desenfundar. Ya había tenido que salvar la vida de la inspectora una vez y no veía motivo porque aquella ocasión iba a ser diferente, especialmente estando ante un asesino desquiciado.

—¿Quién? —insistió la inspectora—. ¿De quién está hablando?

El hombre sonrió ligeramente y bajó la vista hacia el agua.

—Vosotros le dais muchos nombres —dijo—. Los curas hablan del demonio. Los viejos del valle cuentan historias para asustar a los niños, pero él no es ninguna de esas cosas.

Laura sintió que se le tensaban los músculos del cuello. A aquellas alturas del caso comenzaba a desarrollar una alergia personal a las frases misteriosas. Había pocas cosas más irritantes que un sospechoso empeñado en hablar como un personaje secundario de una película de terror barata.

—Escúchame bien —dijo con tono firme—. Tu mujer está muerta y hay varias personas asesinadas. Si sabes algo, éste es el momento de hablar claro.

El hombre levantó la vista y la miró directamente a los ojos. Aquello bastó para que Laura sintiera un leve estremecimiento.

—Yo no maté a Clara —dijo en voz baja.

Laura permaneció inmóvil. Había escuchado aquella frase cientos de veces a lo largo de su carrera, casi todos los homicidas la pronunciaban tarde o temprano, aunque el cadáver estuviera todavía caliente y el cuchillo siguiera en su mano.

—Los hechos dicen otra cosa.

El hombre negó lentamente con la cabeza.

—Mis manos y mi boca lo hicieron, pero yo no. Sólo he sido un instrumento.

—Camina hacia aquí despacio —ordenó, haciendo caso omiso a los delirios del asesino—. Vas a venir con nosotros.

El hombre obedeció sin resistencia y fue entonces cuando Sandra lo vio.

No fue más que un instante, una pequeña abertura en el cuello de la camisa empapada, pero bastó.

Sintió cómo el corazón le daba un vuelco pues justo bajo el ángulo de la mandíbula, apenas visibles bajo la piel húmeda, aparecían cinco pequeños lunares oscuros, y, por primera vez desde el comienzo de la investigación, Sandra Gómez tuvo la desagradable certeza, la misma que había tenido Laura, de que no estaban persiguiendo a un asesino.

Laura siguió la dirección de la mirada de Sandra y, aunque no alcanzó a distinguir con claridad lo que había llamado la atención de la joven agente, supo al instante que algo iba mal.

—¿Qué ocurre? —preguntó sin apartar la vista del sospechoso.

Sandra dudó un instante. No porque temiera equivocarse, sino porque empezaba a cansarse de acertar.

—Inspectora… creo que tiene otro símbolo.

—¿Estás segura? —Laura sentía repentinamente un desagradable vacío en el estómago.

—No del todo. Pero he visto algo en el cuello.

Laura se acercó despacio al hombre y éste no opuso resistencia.

Permanecía de pie bajo la lluvia, empapado y con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo, como si hubiera agotado toda su energía bebiendo agua del río.

Aquella docilidad resultaba casi tan inquietante como la violencia de los otros casos.

La inspectora apartó con cuidado el cuello de la camisa y observó la piel bajo la mandíbula izquierda.

Allí estaban… cinco pequeñas marcas oscuras, discretas, casi insignificantes para cualquiera que no supiera dónde mirar.

Pero ella ya sabía y una vez que el cerebro aprendía a reconocer un patrón, era incapaz de dejar de verlo.

Durante unos segundos nadie habló. Los agentes de la Guardia Civil se miraron entre sí sin comprender del todo qué estaban observando, pues para ellos sólo eran lunares.

Para Laura y Sandra, en cambio, aquellas pequeñas manchas comenzaban a parecerse a las huellas de un depredador invisible que avanzaba dejando rastros sobre la piel humana. La inspectora respiró hondo.

—Es él.

No lo dijo con satisfacción, como cabría esperar de alguien que acaba de identificar a un sospechoso, sino con cansancio.

Porque confirmar una teoría podía resultar reconfortante cuando uno estudiaba matemáticas o reparaba un motor, pero en una investigación por homicidio significaba casi siempre una cosa: había más muertos de los que nadie podría devolver a la vida.

Sandra sacó la libreta y comenzó a dibujar los puntos con el mismo cuidado meticuloso de ocasiones anteriores.

La lluvia amenazaba con empapar el papel, así que uno de los agentes sostuvo una linterna sobre la hoja mientras otro protegía el cuaderno con una carpeta de plástico.

La escena tenía algo extrañamente absurdo: cinco policías, en mitad de un bosque gallego y bajo una lluvia persistente, dedicados a copiar lunares del cuello de un presunto asesino mientras el río continuaba fluyendo a escasos metros con la indiferencia milenaria propia de la naturaleza.

Si alguien se lo hubiera contado a Laura una semana antes, habría pensado que su interlocutor necesitaba unas vacaciones o un psiquiatra.

Sandra terminó el dibujo y comparó los tres símbolos.

Primero el pentagrama invertido de Jorge y después el ojo incompleto de Marta Pereira.

Finalmente, el nuevo trazado. Permaneció inmóvil durante varios segundos, con el ceño fruncido y los labios apretados, mientras su mente trataba de encajar las piezas de aquel rompecabezas imposible.

Fue Fernando quien rompió el silencio. Había llegado pocos minutos antes acompañado por el vehículo de la científica y observaba la escena con los brazos cruzados.

—¿Qué ves?

La agente local levantó la vista rápidamente. El forense la había sobresaltado.

—No estoy segura.

—Prueba igualmente. Las buenas hipótesis nacen antes de tener pruebas y las malas sobreviven a ellas.

—Ya está el sacamuelas poniéndose filosófico —resopló Laura.

—Los muertos dan mucho tiempo para pensar.

Sandra volvió a mirar los dibujos y entonces ocurrió algo curioso.

No fue una revelación repentina ni uno de esos momentos de lucidez casi cinematográficos que tanto gustaban en las novelas.

Lo que sucedió fue algo mucho más humilde y mucho más frecuente entre investigadores: una pequeña sospecha comenzó a crecer hasta ocuparlo todo.

Tomó el dibujo del primer símbolo, después el segundo y finalmente el tercero. Luego los giró y superpuso mentalmente. Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

—No son cinco fragmentos —murmuró.

Laura la miró.

—¿Cómo dices?

Sandra levantó lentamente la cabeza. La expresión de su rostro era la de alguien que acaba de comprender algo y desearía no haberlo hecho.

—Nos hemos equivocado —Sandra tragó saliva y continuó—. Creíamos que los cinco símbolos formarían un único dibujo, pero no es así.

—Entonces, ¿qué son? —exigió Laura impaciente.

Sandra miró hacia el río. La lluvia seguía cayendo sobre la superficie del Tea, formando círculos concéntricos que se expandían y desaparecían para dar paso a otros nuevos.

Era un movimiento antiguo, repetido millones de veces desde antes de que existieran pueblos, iglesias o seres humanos capaces de contemplarlo.

—No son piezas de un dibujo —susurró mientras el bosque parecía encogerse a su alrededor.—. Creo que son etapas.

—¿Etapas de qué? —preguntó Laura frunciendo el ceño.

Sandra no respondió inmediatamente, porque en el fondo ya conocía la respuesta. Y precisamente por eso le daba miedo pronunciarla en voz alta. Miró al hombre empapado y luego al río.

—De un proceso —contestó tímidamente.

—A ver si te he entendido bien —dijo Laura, procurando mantener el tono calmado—. ¿Estás diciendo que esto no son cinco piezas de un dibujo, sino cinco fases de una misma transformación? ¿No se te estará yendo la olla?

—No puedo asegurarlo. Es sólo una hipótesis, pero los símbolos son cada vez más complejos.

Y también cambia el comportamiento de los agresores.

Jorge fue el primero. Estaba desorientado, agresivo y parecía actuar por impulsos.

Marta mostraba conductas más complejas. Hablaba y recordaba frases.

Intentó suicidarse varias veces. Y este hombre…

La agente dirigió la vista hacia el sospechoso, que seguía observando el río con una tranquilidad casi monástica.

—Este hombre es diferente. Coopera, habla con coherencia y parece saber cosas.

Laura sintió una punzada en el estómago. No porque la teoría fuera descabellada, sino precisamente porque no lo era.

—Estás sugiriendo una progresión.