CAPÍTULO 6 #5
Salieron de la vivienda acompañadas por dos guardias civiles y subieron de nuevo al coche.
La lluvia había arreciado y una fina neblina comenzaba a extenderse entre los árboles.
Galicia tenía esa extraña capacidad para transformar un bosque corriente en un escenario digno de una leyenda con apenas un poco de humedad y media hora de oscuridad.
El sendero terminaba en una pequeña curva del río. Los agentes ya estaban allí cuando llegaron y uno de ellos levantó la mano para indicarles la posición. Laura avanzó despacio y entonces lo vio.
El hombre estaba de rodillas sobre la orilla, empapado por la lluvia, con las manos hundidas en el agua y la cabeza inclinada hacia delante.
Bebía sin descanso, una y otra vez, como si llevara semanas atravesando un desierto, como si el agua no consiguiera apagar una sed que no pertenecía del todo al cuerpo.
Y aquello era lo verdaderamente inquietante, porque todos los seres humanos conocen el hambre y la sed, pero al observar la expresión vacía del hombre y la forma casi mecánica con la que seguía bebiendo, Laura tuvo la desagradable impresión de estar contemplando algo mucho más antiguo que ambas cosas.
Y aquella idea, por absurda que resultara, le produjo más miedo que cualquier cadáver.
El hombre seguía bebiendo cuando Laura llegó a unos diez metros de distancia.
Ni la lluvia, ni las luces de las linternas, ni la presencia de los agentes parecían haber alterado su conducta en lo más mínimo.
Permanecía arrodillado sobre la orilla fangosa con una quietud extraña, casi ceremonial, inclinando el cuerpo hacia delante para recoger agua con ambas manos y llevársela a la boca una y otra vez, con una regularidad mecánica que recordaba más al funcionamiento de una máquina que al comportamiento de un ser humano.
Por fortuna para el presunto asesino, su operativa, aunque mecánica, era bastante lenta.
De lo contrario, tal y como había supuesto Varela, su estómago habría reventado ya…
La inspectora levantó una mano para indicar a los demás que se detuvieran. No sabía exactamente qué esperaba encontrar, pero la experiencia le había enseñado que las personas en estados alterados podían reaccionar de forma imprevisible.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó en voz baja a uno de los guardias civiles.
—Cuando llegamos ya estaba bebiendo. Intentamos hablar con él, pero no respondió. Después tratamos de acercarnos y empezó a gruñir. Me preocupa que como siga así va a terminar explotando.
—¿Gruñir? —preguntó Laura girando levemente la cabeza hacia el agente.
—Sí, inspectora. Ya sé cómo suena eso. ¿Qué quiere que le diga? Soy cazador y es el mismo tipo de gruñido de un jabalí enfadado.
No hacía falta que lo aclarase. Sonaba exactamente igual de mal que lo que Laura estaba imaginando.
La inspectora observó al hombre con atención.
Rondaría los treinta y cinco años. Estaba desnudo y cubierto de barro hasta las rodillas.
Tenía varios arañazos en brazos y cuello, y a simple vista parecía desarmado.
Sin embargo, había algo profundamente perturbador en su postura.
Los animales salvajes desarrollan una forma particular de moverse, una economía del gesto que el ser humano pierde con la civilización.
Aquel hombre, sin saberlo, había recuperado parte de esa vieja herencia.
El rumor del río seguía llenando el bosque. El Tea descendía por aquel tramo con la calma engañosa de los cursos fluviales gallegos, que a menudo parecen inofensivos hasta que una crecida se lleva por delante un coche, un puente o a algún turista imprudente.
—Señor Fernández —llamó Laura con voz firme, consultando antes el nombre en el informe preliminar—. Soy la inspectora Rivas. Necesito que se aparte del agua y hable conmigo.
El hombre no reaccionó. Ni siquiera giró la cabeza. Simplemente la ignoró y siguió bebiendo una y otra vez, como si las palabras hubieran dejado de tener significado para él.
—Inspectora… —Sandra dio un paso adelante.
—Quieta —exigió Laura levantando la mano. Había algo que no terminaba de encajar. La sed del hombre no parecía fisiológica. No bebía como alguien deshidratado después de una caminata bajo el sol, sino que lo hacía con desesperación y disciplina al mismo tiempo.
—Señor Fernández —repitió—. Levante las manos y aléjese del río.
Esta vez el hombre se detuvo muy despacio. Dejó caer el agua entre los dedos, permaneció inmóvil unos segundos y después levantó la cabeza.
Sandra sintió cómo se le helaba la sangre. Sus ojos tenían la misma mirada vacía de Jorge. La misma expresión ausente de Marta, una suerte de “mirada de las mil yardas”.
El hombre giró el rostro hacia ellos y sonrió con parsimonia.
Era la sonrisa de alguien que acaba de encontrar lo que llevaba mucho tiempo buscando.
Laura se fijó en que su estómago estaba hinchado por el agua y alcanzaba casi el nivel de una mujer en avanzado estado de gestación.
Y fue entonces cuando habló, con una voz tan serena que Laura sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Ya casi está completo.
De repente, el bosque quedó en silencio. Incluso la lluvia pareció disminuir durante un instante. Laura apretó la mandíbula.
—¿Qué está completo?
El hombre levantó lentamente una mano empapada y señaló el río.
—Él está despertando.