El agua nunca olvida CAPÍTULO 6 #4
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CAPÍTULO 6 #4

Sandra asintió y comenzó a trabajar con una concentración casi quirúrgica.

Marcó los cinco puntos, midió visualmente las distancias y trazó varias líneas sobre el papel.

Laura observaba el proceso sin interrumpirla.

Siempre había sentido una secreta admiración por las personas metódicas pues ella no lo era y, aunque había aprendido a compensar aquel defecto con intuición, experiencia y una capacidad extraordinaria para detectar mentiras, sabía reconocer el talento cuando lo veía.

El resultado apareció poco a poco sobre la hoja y era diferente.

No había pentagrama, esta vez, ni un ojo, sino una nueva figura que recordaba vagamente a una espiral incompleta, una especie de gancho curvado sobre sí mismo.

Laura no supo decir por qué, pero la imagen le produjo una desagradable sensación de familiaridad, como si su cerebro hubiera visto algo parecido tiempo atrás y se negara ahora a recordar dónde.

—¿Qué demonios significa eso? —preguntó el sargento Varela, que observaba la escena desde la puerta.

—No lo sé. Pero ya son tres —contestó Sandra negando con la cabeza.

Aquella frase cayó sobre la habitación con el peso de una sentencia. Tres símbolos y tres agresores, cinco fragmentos en total. Y, si la teoría de la agente local era correcta, todavía faltaban dos más.

Laura se incorporó despacio y recorrió el salón con la mirada.

La estancia presentaba el mismo caos que las escenas anteriores.

Muebles volcados, sangre proyectada sobre las paredes y señales evidentes de una lucha desesperada.

Sin embargo, algo seguía sin encajar. El asesino había desaparecido y eso rompía el patrón y la experiencia le había enseñado que, cuando eso ocurría, solía hacerlo por dos motivos: o bien la hipótesis era incorrecta o bien el caso acababa de cambiar de fase y ninguna de las dos posibilidades le gustaba.

—Sargento —preguntó sin apartar la vista del cadáver—, ¿cuánto tiempo pasó desde la llamada hasta la llegada de la primera patrulla?

—Unos ocho minutos.

—¿Y nadie vio salir a nadie?

—No, nadie. O al menos no hemos identificado a ningún testigo todavía. Cuando llegaron a la casa, se encontraron a la víctima ya fallecida y al presunto asesino, desnudo y cubierto de sangre. Pero según han relatado los agentes, desapareció en un descuido y no se le ha vuelto a ver más.

Laura frunció el ceño. Ocho minutos era demasiado poco tiempo para alejarse mucho a pie por aquellos montes y demasiado tiempo para desaparecer por completo si uno conocía bien el terreno.

Fue entonces, mientras reflexionado sobre ese dato, cuando el teléfono de Sandra vibró.

La agente leyó el mensaje y el color abandonó su rostro. Laura la miró de inmediato.

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó Laura con nerviosismo.

—Han encontrado al marido.

La inspectora sintió cómo se le aceleraba el pulso.

—¿Vivo?

—Sí —Sandra tardó rato en responder. Parecía estar en shock y tras una larga pausa, continuó—. Estaba bebiendo compulsivamente agua del río con las manos…

Durante unos instantes nadie dijo una palabra.

El salón, que hasta ese momento había permanecido sumido en ese extraño equilibrio entre actividad policial y recogimiento mortuorio que suele instalarse alrededor de los cadáveres recientes, pareció encogerse sobre sí mismo.

Incluso el sonido de la lluvia golpeando los cristales adquirió de pronto una presencia incómoda.

Laura observó el rostro de Sandra y comprendió que la joven no estaba exagerando.

Había noticias que un policía aprendía a reconocer antes incluso de escucharlas y bastaba con ver la cara del compañero que las transmitía.

—Repítelo —dijo la inspectora.

Sandra tragó saliva y volvió a consultar la pantalla del móvil, como si al leer el mensaje por segunda vez existiera la posibilidad de que las palabras hubieran decidido cambiar de sitio.

—Una patrulla lo ha localizado a unos setecientos metros río arriba, cerca de un sendero forestal. Está vivo, o al menos lo estaba hace dos minutos. Pero el agente que ha llamado dice que se comporta de forma extraña.

—¿Qué entiende exactamente el compañero por extraño?

—Dice que está arrodillado junto al río y bebe agua con las manos. Lleva así varios minutos. No responde cuando le hablan.

El sargento Varela dejó escapar un juramento por lo bajo.

—Joder, pues como no lo detengan pronto, va a reventar…

No lo dijo con la teatralidad de quien maldice por costumbre, sino con la resignación cansada de quien empieza a sospechar que el mundo se ha movido unos centímetros de su sitio sin avisar a nadie.

Laura lo entendía perfectamente pues ella misma llevaba dos días sintiendo algo parecido.

Era una sensación difícil de explicar, como cuando uno entra en su propia casa y descubre que todos los muebles siguen en el mismo lugar, pero aun así percibe que algo no encaja.

La inspectora se incorporó de golpe.

—Quiero que acordonéis el río y que nadie se acerque a él a tocarlo o a beber. Y si alguien se ríe de la orden, le dices que viene de mí y que ya me ocuparé yo de explicárselo personalmente.

—¿Cree que tiene relación?

—Ahora mismo creo muchas cosas, sargento, y ninguna me gusta demasiado. Tal vez estemos hablando de algún contaminante psicoactivo que provoca reacciones violentas en los que beben del agua—contestó Laura mirándolo fijamente.

El guardia civil asintió y salió del salón hablando ya por la emisora.

Sandra observó cómo se alejaba y luego volvió la vista hacia la víctima.

La mujer permanecía inmóvil bajo la manta térmica, muerta, silenciosa e inofensiva.

Resultaba casi imposible reconciliar aquella imagen con el horror que había tenido lugar en la casa apenas una hora antes.

—Inspectora —preguntó Sandra mientras guardaba la libreta—, ¿de verdad cree que el agua tiene algo que ver?

Laura tardó unos segundos en responder. No porque no tuviera una respuesta, sino porque tenía demasiadas.

Creía en las pruebas, en la ciencia, en la biología, en la química y en el ADN.

Había dedicado media vida a perseguir asesinos y jamás se había encontrado con un solo fantasma, sin embargo, la realidad comenzaba a comportarse de una manera incómodamente obstinada.

Los cadáveres aparecían cerca del río, los agresores no tenían antecedentes y los símbolos surgían en la piel sin explicación aparente.

Y ahora un hombre recién convertido en sospechoso había decidido pasar la tarde bebiendo agua del Tea como si fuera un ciervo sediento.

—No lo sé —admitió al fin—. Pero llevo veinte años en esto y he aprendido una cosa: cuando algo aparece una vez es casualidad; cuando aparece dos veces, conviene prestarle atención; y cuando aparece tres veces seguidas, más te vale empezar a preocuparte.

Sandra asintió despacio. No estaba asustada, no al menos en el sentido literal.

Era más bien curiosidad mezclada con temor, la misma emoción que empuja a algunas personas a abrir una puerta cerrada sabiendo que quizá no les guste lo que hay al otro lado y tal vez por eso existían los investigadores.

Porque, a diferencia del resto del mundo, eran incapaces de apartar la mirada.