CAPÍTULO 6 #3
Laura detuvo el paso a escasos metros de la entrada y observó la vivienda con atención.
Era una pequeña casa rural de piedra, restaurada hacía pocos años, con ventanas blancas de PVC y un jardín delantero que en otras circunstancias habría resultado acogedor.
De hecho, de no ser por los vehículos policiales, las cintas de balizamiento y los agentes uniformados entrando y saliendo del inmueble, cualquiera habría pensado que se trataba del lugar perfecto para pasar un fin de semana tranquilo lejos del ruido de la ciudad.
La tragedia tenía esa extraña habilidad de arruinar para siempre escenarios que hasta entonces habían parecido idílicos.
Un guardia civil se acercó a ellas nada más verlas llegar.
Rondaría los cincuenta años y lucía ese aspecto curtido que sólo se adquiere después de décadas patrullando carreteras secundarias, atendiendo peleas familiares y recogiendo cadáveres en cunetas a horas intempestivas.
Los veteranos de la Benemérita y de la Policía compartían algo en común: tarde o temprano terminaban desarrollando una expresión permanente de cansancio existencial, como si hubieran descubierto algún secreto desagradable sobre la naturaleza humana y llevaran años intentando digerirlo sin demasiado éxito.
—Inspectora Rivas —saludó mientras se ajustaba la camisa del uniforme—. Soy el sargento Varela.
—¿Qué tenemos, sargento?
El hombre echó un vistazo hacia la casa antes de responder.
—Una mujer fallecida. Treinta y un años. Presenta lesiones compatibles con mordeduras y desgarros. El marido no está, así que hemos desplegado varias patrullas por la zona, pero de momento no hay rastro de él.
Laura asintió lentamente. Nada nuevo y precisamente eso era lo que empezaba a preocuparle. En una investigación normal, las diferencias ayudaban a construir hipótesis. Pero cuando dos casos se parecían demasiado, el cerebro comenzaba a formular preguntas que uno preferiría no hacerse.
—¿La víctima sigue dentro?
—Sí. No hemos tocado nada.
—Bien hecho.
El sargento vaciló un instante y aquello llamó la atención de Laura. Los policías veteranos no solían dudar al hablar de muertos porque habían visto demasiados.
—¿Ocurre algo más?
El hombre carraspeó antes de responder.
—Sé que va a sonar raro.
Laura sintió una punzada de irritación. Estaba empezando a odiar aquella frase.
—Créame, sargento. Llevo un día tan extraño que a estas alturas podría decirme que un castor ha atracado un banco y probablemente me limitaría a pedirle pruebas.
El guardia civil asintió con gravedad.
—Cuando entramos en la casa, todos percibimos el mismo olor. Pensamos que era sangre o humedad, pero no lo es. Y hay otra cosa.
—¿Qué cosa?
—El agua.
Laura frunció el ceño.
—¿Qué le pasa al agua?
—Todos los grifos de la vivienda estaban abiertos cuando llegamos.
La inspectora intercambió una mirada con Sandra. No era imposible, aunque tampoco especialmente frecuente, pero empezaba a haber demasiadas coincidencias relacionadas con el agua.
Laura permaneció unos segundos en silencio, observando al sargento Varela.
Durante años había desarrollado la costumbre de fijarse menos en las palabras de la gente que en la forma en que las pronunciaban.
Los seres humanos mentían con sorprendente facilidad, a veces por interés, otras por vergüenza y, en no pocas ocasiones, por simple hábito.
Sin embargo, el miedo era mucho más difícil de disimular y el guardia civil tenía miedo.
—¿Todos los grifos? —preguntó Laura.
—Todos. Cocina, baño y ducha. El agua corría cuando entramos.
—¿Alguna explicación?
Varela negó con la cabeza.
—Ninguna que se me ocurra. La patrulla pensó que el agresor intentó limpiar la escena.
—Y no lo hizo.
—No. La sangre sigue donde estaba.
Aquello no tenía demasiado sentido. La gente que trataba de eliminar pruebas lo hacía por dos motivos: ocultar el crimen o ganar tiempo.
Pero si uno decidía abrir todos los grifos de la casa y después abandonaba el lugar dejando un cadáver detrás, estaba siendo muchas cosas al mismo tiempo, pero desde luego no especialmente inteligente.
Laura miró a Sandra. La joven había fruncido el ceño y mantenía la vista fija en la vivienda.
—¿En qué piensas? —preguntó la inspectora que, a estas alturas ya se tomaba muy en serio las observaciones de su improvisada compañera de caso.
Sandra tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
—Mal asunto. Las mejores ideas empiezan siempre así —Laura sonreía de medio lado.
La agente local respiró hondo antes de hablar.
—Es sólo una sensación. Pero me parece extraño que el agua aparezca una y otra vez.
Aquella frase quedó suspendida en el aire durante unos instantes. El rumor lejano del río parecía haber ganado presencia, como si la propia naturaleza hubiera decidido participar en la conversación.
—El agua aparece en todos los pueblos de Galicia —dijo finalmente Laura en tono burlón, aunque ni ella misma quedó plenamente convencida—. Tenemos ríos, fuentes y lluvia suficiente como para exportarla al Sáhara. No empecemos a buscar demonios en las tuberías.
Varela carraspeó.
—Con el debido respeto, inspectora, yo tampoco creo en demonios.
Laura arqueó una ceja.
—Ese “tampoco” me preocupa.
El guardia civil se quitó la gorra y se pasó una mano por el cabello entrecano.
—Llevo veintisiete años en el cuerpo. He visto homicidios, suicidios, accidentes de tráfico y alguna que otra cosa desagradable que no le desearía ni a mi peor enemigo. Y le aseguro que siempre ha existido una explicación.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no estoy tan seguro —contestó Varela mirando hacia la casa.
Sin añadir nada más, la inspectora se colocó los guantes de nitrilo y avanzó hacia la entrada, mientras Sandra la seguía a pocos pasos.
El interior de la vivienda estaba en penumbra.
Las persianas permanecían medio bajadas y el sonido del agua corriendo llegaba desde algún lugar del pasillo, mezclándose con el zumbido del frigorífico y el lejano golpeteo de la lluvia contra las ventanas.
A Laura le pareció un ruido extrañamente hipnótico.
Avanzaron hasta la cocina. El grifo seguía abierto y un chorro continuo caía sobre el fregadero de acero inoxidable, produciendo un sonido monótono y regular que comenzaba a poner nerviosa a la inspectora. Cerró la llave de un movimiento brusco.
—¿Ve eso? —señaló Sandra un punto en el fregadero.
Laura siguió la dirección de su dedo. Sobre el acero metálico se distinguían pequeñas manchas oscuras, casi imperceptibles. Era sangre, aunque no mucha, apenas unas gotas dispersas.
—Tomad muestras de todo esto —ordenó a los agentes de científica que acababan de entrar—. Y revisad las tuberías si es necesario.
Uno de los técnicos asintió.
—¿Busca restos biológicos?
Laura dudó un instante.
—Busco cualquier cosa que no debería estar ahí.
Aquella respuesta no satisfizo a nadie, empezando por ella misma. Continuaron avanzando por el pasillo hasta llegar al salón, y entonces la vieron…
La víctima yacía junto al sofá, parcialmente cubierta por una manta térmica colocada por los sanitarios.
Laura se aproximó despacio mientras sentía esa desagradable sensación que siempre la acompañaba antes de contemplar un cadáver.
Por muchos años que uno llevara en el oficio, la muerte nunca terminaba de convertirse en rutina.
Uno podía acostumbrarse al olor, a la sangre o incluso a las autopsias, pero jamás al silencio definitivo de los muertos.
Se agachó junto al cuerpo. Era una mujer de treinta y pocos años. Presentaba múltiples desgarros y mordeduras, exactamente la misma violencia y brutalidad que en los otros dos casos, aunque había algo diferente y Laura tardó apenas unos segundos en comprender qué.
Era el cuello, sin duda, así que se inclinó un poco más, mientras sentía como el pulso se le aceleraba. Casi sin darse cuenta, pronunció una última palabra… porque allí estaban, cinco nuevos lunares.
—Joder…
Laura acercó todavía más el rostro al cadáver, ignorando por un momento el olor a sangre y a hierro que impregnaba la estancia.
Necesitaba asegurarse de lo que había visto, no obstante, por mucho que trató de convencerse de ello, los lunares seguían allí.
Cinco pequeñas marcas oscuras, dispuestas bajo el ángulo izquierdo de la mandíbula con una regularidad que la naturaleza rara vez se tomaba la molestia de reproducir.
No eran especialmente llamativos, y cualquiera que viera aquel cuello sin conocer los casos anteriores apenas les habría dedicado una mirada distraída.
Sandra se aproximó sin decir una palabra. La muchacha observó el cuello durante varios segundos, después sacó lentamente su libreta y la abrió por una página ya utilizada.
—No puede ser… —murmuró más para sí misma que para los demás.
—Déjame verla —apremió Laura, extendiendo la mano.
Sandra le entregó la libreta. En una de las páginas aparecía el pentagrama invertido reconstruido a partir de los lunares del cuello de Jorge.
En la siguiente, el símbolo parecido a un ojo que habían encontrado en Marta Pereira.
Y ahora, ante ellas, había un tercer conjunto de marcas esperando ser interpretado.
La inspectora sintió un leve nudo en el estómago.
No era miedo exactamente, sino una clase distinta a la que había experimentado durante la mayor parte de su carrera.
El miedo físico resultaba sencillo: alguien te apunta con una pistola y tu cuerpo entiende el mensaje.
Aquello era diferente, era el miedo intelectual del investigador que comienza a sospechar que el problema al que se enfrenta es mucho más grande de lo que había imaginado.
—Haz el dibujo —ordenó con tanto ímpetu que la agente local llegó a sentirse intimidada.