El agua nunca olvida CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Me refiero a que damos por hecho demasiadas cosas. Asumimos que habrá cinco agresores porque vemos cinco fragmentos, pero eso no deja de ser una hipótesis.

—Una hipótesis bastante razonable.

—Sí. Igual que hace siglos era razonable pensar que el Sol giraba alrededor de la Tierra.

—Y ahí está el médico ilustrándonos.

—Y ahí está la policía insultando a la ciencia.

Aquello provocó la primera sonrisa sincera de la tarde en el rostro de Sandra.

La relación entre ambos resultaba extraña.

Discutían como un matrimonio con cuarenta años de convivencia y, sin embargo, se observaban con una familiaridad que iba mucho más allá del simple compañerismo profesional.

La agente local comenzaba a sospechar que la historia entre aquellos dos era bastante más larga de lo que ninguno estaba dispuesto a admitir.

Ciertamente su relación era, cuando menos, cómica.

—En cualquier caso —continuó Fernando—, hay algo más.

Laura sintió un desagradable cosquilleo en el estómago. En una investigación criminal, las frases “hay algo más” y “tenemos un problema” rara vez precedían a buenas noticias.

—Escupe. ¿O tengo que usar uno de tus instrumentos de tortura para sacártelo?

—He revisado las fotografías del cuello de Jorge que tomé durante la autopsia —contestó Fernando, obviando el desagradable comentario—. Los lunares no estaban iguales.

—Explícate mejor —exigió Laura con el ceño fruncido.

Fernando abrió una carpeta y extrajo varias imágenes ampliadas.

Las colocó sobre la mesa una junto a otra, ordenadas cronológicamente.

La primera había sido tomada en la playa fluvial, la segunda durante la autopsia y la tercera correspondía a la fotografía que Laura había llevado horas antes a la morgue.

Sandra fue la primera en comprenderlo.

—Dios mío…

Laura acercó el rostro a las imágenes y entonces lo vio.

Era una diferencia mínima, tan pequeña que habría pasado inadvertida para casi cualquier observador.

Pero estaba allí. Los lunares parecían haberse oscurecido con el paso del tiempo.

No mucho, tal vez apenas un tono, sin embargo, el cambio existía.

—¿Estás seguro? —preguntó Laura.

—Completamente —confirmó Fernando.

—Podría ser cosa de la iluminación.

—Eso pensé yo. Así que calibré digitalmente el contraste y la exposición.

—Siempre he odiado a la gente lista —resopló Laura.

—Y, aun así, aquí me tienes.

La inspectora decidió ignorar el comentario. No era el momento de entrar en terrenos pantanosos.

Sandra observó las imágenes durante varios segundos.

—Entonces… ¿siguen cambiando después de la muerte?

Fernando no respondió de inmediato.

—No lo sé —admitió finalmente—. Pero si es así, tenemos un problema.

—¿Más todavía? —protestó Laura—. Maravilloso. Pensaba que la semana no podía mejorar.

El forense se volvió hacia ella.

—Laura, hablo en serio. Si las marcas evolucionan después del fallecimiento, entonces no estamos ante simples lunares ni ante un tatuaje. Estamos observando un proceso biológico activo.

La inspectora apoyó ambas manos sobre la mesa y cerró los ojos un instante.

“Proceso biológico” Aquellas dos palabras le resultaban reconfortantes.

Eran palabras científicas, racionales y terrenales, palabras que pertenecían al mismo mundo que las autopsias, los análisis de sangre y las muestras de ADN.

Y ella necesitaba desesperadamente que todo aquello siguiera perteneciendo al mundo real, porque la alternativa no le gustaba en absoluto.

El teléfono móvil de Sandra comenzó a sonar.

La agente local miró la pantalla y palideció.

—Es la central de Mondariz.

Laura abrió los ojos. En veinte años de profesión había aprendido una regla sencilla: cuando la central llamaba a aquellas horas, nunca era para felicitar las fiestas.

—¿Y estás esperando algo para contestar?

Sandra descolgó. Después escuchó en silencio durante unos segundos. Su rostro perdió el color repentinamente.

—Entendido. Vamos para allá —colgó lentamente.

Laura ya conocía aquella expresión. Era la cara que ponían los agentes justo antes de anunciar una desgracia.

—¿Qué ha pasado?

—Ha aparecido otro caso —contestó tragando saliva.

Aunque ya aguardaba una mala noticia, el corazón de Laura dio un vuelco.

​ —En Mondariz, ¿no?

Sandra asintió y la inspectora sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Mondariz otra vez y demasiado pronto… demasiado cerca. Y eso sólo podía significar que otra pieza del dibujo acababa de aparecer.

De regreso a Mondariz, un cielo encapotado amenazaba tormenta.

En Galicia aquello no tenía demasiado mérito, pues el clima de la región parecía padecer frecuentes cambios de humor y uno podía levantarse con un sol radiante y terminar la tarde buscando refugio bajo un portal mientras una lluvia horizontal trataba de arrancarle el paraguas de las manos.

Los gallegos, acostumbrados a semejantes caprichos meteorológicos, habían desarrollado una filosofía muy práctica al respecto: si no te gusta el tiempo, espera diez minutos.

Y si sigue sin gustarte, espera otros diez.

Algo así como ocurre con los habitantes de Colorado, aunque con un tiempo de mierda, en el caso de los gallegos.

Laura conducía el Citroën con más agresividad de la recomendable, aprovechando la sirena y la prioridad de paso para adelantar vehículos que, en circunstancias normales, jamás se habría atrevido a rebasar en una carretera secundaria.

A su lado, Sandra repasaba los escasos datos que la central le había transmitido por teléfono.

—Pareja joven —leyó en voz alta desde la libreta en la que había tomado notas apresuradamente—. Él, treinta y cinco años y ella, treinta y uno. Sin hijos. Los vecinos alertaron a emergencias después de escuchar gritos y golpes dentro de la vivienda.

Laura no apartó la vista de la carretera.

—Déjame adivinar. Cuando llegó la patrulla encontraron al superviviente desnudo y cubierto de sangre.

Sandra levantó la vista del cuaderno.

—Sí. Y la víctima parcialmente devorada.

La inspectora resopló.

—Maravilloso. Ya empezaba a pensar que el universo se había cansado de tocarme las narices.

Apenas había terminado la frase cuando el teléfono del coche comenzó a sonar a través del manos libres. La pantalla mostró el nombre del comisario.

—Diga, señor.

—Laura, dime que ya estás de camino.

—Acertó. Aunque me temo que va usted a tener que comprar un décimo de lotería, porque con la racha que lleva hoy igual le toca.

—Escúchame bien. Acaban de informarme de algo extraño —apuntó el comisario ignorando la broma.

Laura intercambió una rápida mirada con Sandra. La palabra extraño comenzaba a resultarle tan desagradable como un diagnóstico médico.

—La pareja del nuevo caso estaba pasando el fin de semana en una casa rural.

—¿Y?

—La vivienda se encuentra a menos de quinientos metros de la playa fluvial donde apareció el primer cadáver.

Laura sintió un repentino escalofrío. Menos de quinientos metros no era una ciudad, ni siquiera un barrio. Hablamos de prácticamente el mismo lugar.

—¿Se sabe algo más? —preguntó Laura.

—Sí. Y no te va a gustar.

La inspectora estuvo a punto de responder que, a aquellas alturas del día, el listón de las malas noticias estaba tan alto que necesitaba prismáticos para verlo, pero decidió guardar silencio.

—El agresor no está.

Por primera vez en toda la investigación, Laura sintió un miedo genuino.

Hasta entonces los asesinos habían permanecido en la escena.

Jorge, en estado catatónico. Marta, corriendo desnuda alrededor de la alameda como una atleta poseída por el demonio o por lo que quiera que fuese aquello.

Pero ahora era diferente pues había uno suelto y eso cambiaba las reglas del juego.

—¿Algún indicio de su paradero? —preguntó Laura.

—No sabemos nada de él.

Laura tragó saliva. No le gustaba aquella respuesta. Las palabras “no sabemos nada” eran el equivalente policial a que el piloto de un avión anunciara por megafonía que iba a echar un vistazo al motor porque salía un poco de humo del ala izquierda.

—Movilice patrullas de Guardia Civil y policía local —ordenó—. Que peinen la zona. Y dígales que vayan armados.

—Eso está hecho, señor.

La llamada terminó y durante varios segundos sólo se escuchó el motor del coche y el lejano rumor de la lluvia comenzando a golpear el parabrisas. Sandra fue la primera en hablar.

—¿Cree que puede seguir vivo?

—Sí.

Cuando llegaron a las inmediaciones de la vivienda, el lugar parecía un pequeño campamento improvisado de vehículos policiales.

Dos coches de la Guardia Civil, una patrulla local y una ambulancia ocupaban la estrecha pista forestal que conducía a la casa.

Varias luces azules parpadeaban entre los árboles mientras el sonido de los generadores eléctricos se mezclaba con el de los insectos y el murmullo del río Tea a lo lejos.

Laura bajó del coche y entonces escuchó el agua.

Apenas un rumor lejano y constante, el mismo sonido que había acompañado el descubrimiento del primer cadáver, y, por primera vez desde el inicio del caso, un pensamiento incómodo comenzó a abrirse paso en su mente.

El río, siempre el maldito río. Sin embargo…

los ríos estaban en todas partes. Los pueblos crecían junto al agua desde hacía miles de años.

Era normal que las escenas coincidieran cerca de cursos fluviales.

Cualquier otra interpretación pertenecía al terreno de los iluminados, de los aficionados a las conspiraciones y de la gente que veía documentales de extraterrestres a las tres de la madrugada.

Y, sin embargo, mientras caminaba hacia la vivienda, no pudo evitar fijarse en otro detalle.

Esta vez olía distinto: no a sangre o putrefacción sino a humedad, tierra mojada y otro olor algo más tenue, metálico y extrañamente familiar, como si el propio río hubiera decidido abandonar su cauce y entrar en la casa.