CAPÍTULO 6
E l trayecto entre el hospital y la morgue transcurrió en un silencio incómodo.
No uno de esos silencios agradables que comparten dos personas que ya se conocen lo suficiente como para no necesitar llenar cada segundo con palabras, sino otro muy distinto, más denso, como el que se instala en el interior de un coche después de una discusión o de una mala noticia.
Laura tenía la vista fija en el suelo, pero la cabeza seguía atrapada en la habitación del hospital, en la expresión serena de Marta Pereira segundos antes de morir y, sobre todo, en aquella frase: “La puerta ya está abierta”
Había escuchado cosas más raras en su carrera profesional.
Un hombre que aseguraba ser Napoleón Bonaparte reencarnado y exigía el control de una brigada de artillería inexistente; una anciana convencida de que sus vecinos le robaban las ideas mediante el microondas; incluso un estafador que afirmaba recibir instrucciones financieras directamente de Jesucristo.
El cerebro humano poseía una capacidad infinita para fabricar disparates y la enfermedad mental no hacía sino multiplicar aquella habilidad.
Sin embargo, en el caso de Marta y de Jorge existía una diferencia fundamental.
Ninguno de los dos tenía antecedentes psiquiátricos, ni consumía drogas.
Ninguno había mostrado jamás tendencias violentas y, sin embargo, ambos habían pasado en cuestión de horas de llevar una vida perfectamente ordinaria a convertirse en algo que recordaba más a un animal salvaje que a un ser humano.
—Está usted pensando en ello otra vez —dijo Sandra.
Laura desvió brevemente la vista hacia la joven agente.
—¿Y tú cómo sabes en qué estoy pensando?
—Porque aprieta la mandíbula. Lo hace siempre que está dándole vueltas a algo.
Aquella observación la pilló por sorpresa.
Era cierto. Su ex se lo había dicho en más de una ocasión y también sus hijos, aunque estos últimos solían aprovechar para añadir que cuando apretaba la mandíbula parecía un bulldog enfadado.
Los hijos tenían esa habilidad especial para localizar las inseguridades de sus padres y golpearlas con precisión quirúrgica.
—No me gusta que me estudien —murmuró.
—Perdón. No quería ofenderla. Es sólo que…
—No te disculpes. Es una cualidad útil para una policía. Siempre que no termines casándote con un imbécil. Entonces usarán tu capacidad de observación para discutir contigo.
—¿Le ocurrió eso a usted? —preguntó Sandra con una sonrisa.
—No exactamente. Mi ex marido no es un imbécil. Sólo es escritor.
La agente local no supo si aquello debía interpretarse como una broma o como un insulto y decidió, con buen criterio, no profundizar más en el asunto. A veces la experiencia no consistía en saber qué preguntas hacer, sino cuáles evitar.
La morgue provincial se encontraba en un edificio anexo al hospital, ligeramente separado del resto de instalaciones por una cuestión más psicológica que sanitaria.
Los vivos siempre habían sentido una extraña necesidad de mantener a los muertos a cierta distancia, como si el simple hecho de alejarlos unos metros pudiera convencerlos de que la muerte pertenecía a otro lugar y a otras personas.
Sin embargo, Laura sabía bien que la muerte era mucho menos selectiva de lo que la gente quería creer.
Llegaba para todos y la única diferencia consistía en el momento y en las circunstancias.
Fernando las esperaba junto a la puerta principal.
Vestía bata verde, mascarilla bajada al cuello y guantes de nitrilo.
Llevaba el cabello algo revuelto y unas pequeñas ojeras comenzaban a insinuarse bajo los ojos.
A Laura siempre le había sorprendido aquella capacidad del forense para conservar cierto atractivo incluso después de pasar horas abriendo cadáveres.
Pensándolo bien, probablemente fuera una cuestión evolutiva.
Si la especie humana hubiera dejado de reproducirse cada vez que uno de sus miembros olía a muerto, se habría extinguido mucho antes de inventar la agricultura.
—Buenas tardes, agentes —saludó Fernando.
—¿Qué tienes? —preguntó Laura sin preámbulos.
El forense la observó unos segundos.
—Yo también me alegro de verte. De verdad, Rivas, deberías hacerte ver esos modales.
—Ahórrate el teatro, sacamuelas. Estoy cansada, tengo hambre y empiezo a sospechar que el universo me odia personalmente.
Fernando sonrió con resignación. Hacía años que había comprendido que discutir con Laura Rivas era tan útil como intentar secar el Atlántico con una fregona.
—Supongo que tú debes de ser Sandra Gómez.
—Encantada, doctor —asintió Sandra.
—Lo mismo digo. Laura me ha hablado de ti.
La inspectora frunció el ceño.
—Eso es mentira, payaso.
—Lo es —admitió Fernando—. Pero sonaba educado. Deberías aprender algo sobre eso.
Sandra reprimió una sonrisa. Comenzaba a entender la extraña dinámica entre aquellos dos.
No hacía falta ser policía para darse cuenta de que bajo las pullas y los reproches se escondía algo más antiguo y complicado.
Había visto esa clase de tensión antes y casi siempre terminaba en reconciliación o en desastre.
Fernando las condujo al interior del edificio y atravesaron varios pasillos iluminados con luces fluorescentes. La temperatura descendía a medida que avanzaban. No era una sensación desagradable, pero sí peculiar, propia de las morgues, lógicamente, por motivos de salud pública.
Entraron en una pequeña sala de trabajo y el forense colocó varias fotografías sobre una mesa metálica.
—He ampliado las imágenes que me enviaste desde el hospital.
Laura observó las fotografías. Eran ampliaciones del cuello de Jorge y del de Marta. Los lunares aparecían señalados y unidos mediante líneas digitales mucho más precisas que las trazadas a mano por Sandra.
—¿Y bien? —preguntó Laura impaciente. No le gustaba que se hiciera tanto el interesante y menos delante de otra mujer, meneando las plumas como un pavo real.
—La agente Gómez tiene razón —Fernando cruzó los brazos.
Laura lanzó una rápida mirada a Sandra.
—Empiezo a cansarme de que la novata tenga razón tan a menudo.
—Es un problema terrible —dijo Sandra con expresión inocente—. Me lo dicen con demasiada frecuencia.
—Cuidado, Gómez. La retranca es adictiva.
Fernando tomó un rotulador y dibujó sobre una lámina transparente colocada encima de las fotografías.
—Mirad esto —ahora sí que se pavoneaba, orgulloso de un sorprendente hallazgo que estaba por anunciar. Superpuso primero el pentagrama de Jorge, después el símbolo de Marta y, finalmente, trazó varias líneas adicionales.
Sandra abrió mucho los ojos mientras Laura soltaba un juramento, pues allí, delante de ellos, comenzaba a emerger una figura mayor, incompleta, pero inconfundible.
No eran símbolos independientes. Ni tan siquiera dos dibujos distintos, sino fragmentos de una única figura geométrica mucho más compleja. Y, lo que resultaba más inquietante, presentaban una simetría casi perfecta que rara vez existía en la naturaleza.
—¿Cuántos trozos faltan? —preguntó Laura.
—No puedo asegurarlo —negó Fernando con la cabeza.
Sandra observó las líneas durante varios segundos antes de hablar.
—Tres. Se ve que otra vez tengo razón…
—Eso mismo he pensado yo.
Fernando levantó la vista mientras Laura sentía cómo el cansancio se convertía lentamente en una sensación mucho peor: el miedo.
Y no el miedo físico, al menos no todavía, sino el miedo del investigador que comienza a vislumbrar un patrón y descubre que éste apenas acaba de empezar.
Porque si existían cinco fragmentos, como indicaría un pentagrama, y sólo habían aparecido dos, la conclusión resultaba tan sencilla como aterradora: todavía faltaban tres, y si los dos primeros habían dejado cuatro muertos a su paso, Laura no quería ni imaginar el precio que exigirían los restantes.
Fernando se apartó ligeramente de la mesa y observó a las dos mujeres.
Conocía a Laura desde hacía años, probablemente demasiados, y había aprendido a identificar ciertas señales en ella.
La mayoría de las personas creían que la inspectora Rivas era impulsiva, malhablada y excesivamente temperamental.
Y no les faltaba razón, pero quienes la conocían de verdad sabían que existía un detalle revelador: cuanto más preocupada estaba, más callada se volvía.
El silencio en Laura era tan infrecuente como la nieve en las playas de Vigo y, por tanto, mucho más digno de atención que cualquiera de sus habituales estallidos de mal humor.
—Estás pensando algo —aventuró el forense.
—Siempre estoy pensando algo.
—Ya me entiendes, joder. Parece que todo tienes que torcerlo a tu voluntad.
Laura permaneció unos segundos observando los dibujos superpuestos sobre la mesa metálica.
Las líneas parecían encajar con una precisión incómoda, como piezas dispersas de un rompecabezas cuya imagen final nadie deseaba contemplar.
Le recordaba a aquellos juegos infantiles en los que había que unir puntos numerados para descubrir el dibujo oculto.
La diferencia era que, en esta ocasión, los puntos eran lunares sobre la piel de personas que habían acabado asesinando a sus parejas y devorando parte de sus cuerpos.
—Estoy pensando —respondió al fin— que llevamos dos casos y cuatro muertos. Y que, si la matemática de Sandra es correcta, todavía faltan tres símbolos. Eso significa tres agresores más, tres escenas del crimen y, si la cosa sigue la misma progresión, otras seis víctimas.
Sandra tragó saliva. Escuchar los números en voz alta los hacía mucho más reales.
—O no —Fernando apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Cómo que “o no”? —Laura, agobiada, levantó una ceja, al más puro estilo de Carlos Sobera, una habilidad innata que sus hijos reclamaban frecuentemente, haciéndola pasar por un bufón.
—Tal vez no sea una progresión lineal.
La inspectora lo miró con gesto cansado.
—Fernando, por favor. Llevo un día de mierda. No me hables como un matemático porque bastante tuve ya en el instituto.