El agua nunca olvida CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

Laura colgó sin despedirse, seleccionó las imágenes tomadas minutos antes y se las envió al forense.

Después guardó el teléfono y se quedó mirando la pantalla hasta que aparecieron los dos tics de recepción.

Detestaba esperar… Esperar informes, esperar resultados de ADN, esperar autorizaciones judiciales, esperar a que la gente hiciera su puto trabajo.

La vida adulta, en general, consistía en esperar cosas que casi nunca llegaban cuando debían y en pagar facturas que, esas sí, llegaban siempre puntuales.

El médico regresó con una carpeta bajo el brazo y la entregó a Laura con una prudencia casi religiosa.

Ella la abrió y comenzó a hojear los documentos por encima.

Marta Pereira. Treinta y dos años. Sin antecedentes psiquiátricos.

Sin consumo conocido de drogas. Sin medicación habitual más allá de un anticonceptivo oral y un antihistamínico en primavera.

Sin intentos autolíticos previos y sin historial de violencia.

El retrato perfecto de una ciudadana corriente que, de pronto, había decidido convertir a su marido en comida para perros. O eso parecía.

—¿Nada raro? —preguntó Sandra.

—Nada. Y eso es precisamente lo raro. No podía ser más normal y corriente.

Laura siguió leyendo. La paciente había ingresado en estado de extrema agitación, cubierta de sangre, con restos orgánicos entre los dientes y bajo las uñas, sin responder a estímulos verbales coherentes.

Había repetido varias veces una frase durante el traslado, aunque el técnico de la ambulancia la había consignado como “lenguaje desorganizado de probable origen psicótico”. Laura pasó el dedo por la línea.

—Mira esto, aquí, esta línea del informe.

Sandra se inclinó junto a ella.

—“Tiene hambre” —leyó en voz baja.

—Eso dijo.

—La mujer también lo dijo antes de morir.

Laura asintió despacio.

—Ya.

—¿Y no le parece importante?

—Me parece importantísimo. Lo que pasa es que todavía no sé si es importante en el sentido de “hay una secta de pirados haciendo que matrimonios normales se coman entre ellos” o importante en el sentido de “vamos a acabar llamando a un cura viejo con sombrero negro y cara de estreñido”.

—Usted no cree en eso —soltó Sandra con un hilo de voz.

—¿En curas estreñidos? He conocido unos cuantos, aunque también a otros muy buenas personas, generosos con el prójimo y atentos a las necesidades de su comunidad.

No todo el monte es orégano, pero en mi profesión ya he visto casi de todo; desde beatos a pederastas, pasando por ateos y hasta algún ludópata alcohólico.

—Me refiero a lo otro.

—Creo en las pruebas —contestó Laura cerrando la carpeta—.

En el ADN, en los informes, en los patrones de conducta, en los móviles económicos, en los celos, en la venganza y en la capacidad infinita del ser humano para comportarse como un animal cuando le das la excusa adecuada.

Lo demás lo dejo para los domingos por la mañana y para las películas malas.

—Pero ha pensado en ello.

—¿En qué? —Laura la miró con recelo.

—En que quizá esto no tenga una explicación normal.

Laura sostuvo la mirada de Sandra durante unos segundos.

Habría podido responder con una grosería, burlarse de su fe, llamarla beata o decirle que estaba viendo demasiadas películas de terror, pero no lo hizo.

Tal vez porque la muchacha había visto lo mismo que ella, o tal vez porque sus propias certezas comenzaban a resquebrajarse como una pared vieja después de muchos inviernos de humedad.

—He pensado muchas cosas hoy, Gómez. La mayoría bastante desagradables.

El teléfono de Laura vibró de repente. Era Fernando y parecía que había descubierto algo, o eso sugería el contenido del mensaje que le había dejado escrito.

“Ven a la morgue en cuanto puedas. Y trae a Sandra.”

Laura frunció el ceño. Que Fernando pidiera ver también a la agente local no le gustó. No por celos, por supuesto, sino porque él no solía interesarse por nadie que no estuviera muerto, abierto en canal o razonablemente cerca de una de las dos opciones.

—¿Qué pasa? —preguntó Sandra.

—Parece que el sacamuelas quiere conocerte —contestó Laura, mostrando la pantalla del móvil.

—¿Debo preocuparme?

—Sólo si llevas algún molar de más.

Sandra no entendió el comentario, pero decidió no preguntar. Algunas bromas de Laura parecían tener detrás historias que uno prefería no conocer.

Antes de salir de la habitación, la inspectora se detuvo junto a la cama y observó por última vez el rostro de Marta Pereira.

Ya no parecía una asesina y tampoco una víctima.

Parecía simplemente una mujer joven muerta en una cama de hospital, demasiado pálida, demasiado quieta, demasiado lejos de la vida que habría tenido apenas unos días antes.

Laura sintió una punzada de tristeza inesperada.

Le ocurrió lo mismo con Jorge después de que la agente local le volara la cabeza para salvarla.

Cuanto más avanzaba el caso, menos culpables parecían los culpables, y aquello era mala señal, porque cuando un asesino deja de parecer un asesino, sólo quedan dos posibilidades: O ha sido utilizado, o nunca fue realmente dueño de sus actos.