CAPÍTULO 5 #3
Abrió los ojos y miró a Sandra, que parecía arrepentida de haberlo dicho en voz alta.
La inspectora habría querido burlarse, soltar alguna grosería, restarle importancia al asunto o fingir que todo aquello no era más que una coincidencia de mierda, pero no lo hizo.
Porque en el fondo sabía que la agente local tenía razón.
Y porque, por primera vez desde que el cadáver de Sonia apareció flotando en el río Tea, Laura Rivas comprendió que no estaba investigando dos asesinatos, sino que al comienzo de algo mucho más grande.
Durante unos segundos, nadie en la habitación pareció atreverse a romper el silencio.
El médico, que ya había hecho todo cuanto podía hacer y cuya utilidad profesional en aquel momento se reducía a certificar que la mujer estaba tan muerta como cualquier otro cadáver, observaba la escena con una mezcla de desconcierto y prudencia.
No era idiota. Había visto la forma en que la paciente había despertado, había escuchado sus últimas palabras y había presenciado su muerte absurda, y aunque su formación científica le obligara a encajar todo aquello dentro de alguna categoría médica, por muy rara que fuese, el rostro lo traicionaba.
Estaba tan perdido como los demás. La diferencia era que él llevaba bata blanca y, por alguna extraña razón, la sociedad esperaba de las batas blancas una explicación razonable incluso cuando el mundo decidía comportarse como una película mala de posesiones.
—Quiero la historia clínica completa —ordenó Laura, recuperando al fin la voz— Medicación administrada, informes psiquiátricos, constantes desde su ingreso, todo.
Y quiero también una copia del parte de urgencias, del traslado y del informe de la ambulancia.
Si esta mujer ha dicho una sola palabra desde que la trajeron, quiero saberla.
El médico asintió, todavía algo pálido.
—Haré que se lo preparen, agente.
—Agente, no. Inspectora. Y haga que me lo preparen ahora. ¡Cagando hostias!
—Inspectora, hay procedimientos…
Laura lo miró con aquella expresión suya que habría podido agriar la leche dentro de la vaca.
—Doctor, hace cinco minutos una detenida por homicidio acaba de morirse delante de mí después de despertarse de una sedación profunda, decir una frase digna de misa negra y tragarse la lengua como si hubiera ensayado toda la vida para ello.
Así que, si quiere hablarme de procedimientos, perfecto, pero le advierto que estoy de muy mal humor y que cuando estoy de muy mal humor me vuelvo una ciudadana extremadamente cumplidora con la ley, de esas que piden nombres, números de colegiado y responsabilidades por escrito.
El hombre comprendió el mensaje sin necesidad de más explicaciones y salió de la habitación con la velocidad discreta de quien prefiere enfrentarse a un pasillo entero de enfermos antes que a una inspectora irritada. Laura esperó a que desapareciera y volvió la vista hacia los dos agentes.
—Vosotros, nadie entra ni sale de aquí hasta que llegue la científica.
Nadie toca el cuerpo, nadie cambia una sábana, nadie retira una aguja y, por supuesto, nadie tiene la brillante idea de comentar en el grupo de WhatsApp de la comisaría que la loca caníbal se nos ha muerto haciendo el pino con la lengua. ¿Ha quedado claro?
—Sí, inspectora —respondieron casi al unísono.
—Bien. Porque como mañana vea esto en el Faro de Vigo, os hago patrullar Cíes en invierno con bañador de leopardo.
Sandra volvió a mirar el cuello de Marta.
El cadáver conservaba ya la rigidez temprana de lo irreversible, esa quietud definitiva que ninguna persona viva es capaz de imitar del todo, por muy dormida o sedada que parezca.
Los lunares seguían allí, discretos, casi ridículos si se los observaba por separado.
Cinco imperfecciones en la piel que, en cualquier revisión dermatológica ordinaria, habrían merecido como mucho una recomendación de crema solar y vigilancia anual.
Sin embargo, unidos por líneas invisibles, empezaban a parecer otra cosa, algo intencionado.
Y esa era precisamente la palabra que no dejaba de dar vueltas en la cabeza de Sandra.
Deliberado, intencionado, premeditado, adrede...
No necesariamente hecho por una mano humana, pero sí con intención, aunque pensar aquello le produjera una vergüenza íntima, como si estuviera traicionando el sentido común que tanto le había costado cultivar.
—¿En qué piensas? —preguntó Laura—. Estás muy callada. No te estará poseyendo el espíritu del pentagrama, ¿no?
Sandra se sobresaltó ligeramente.
—Es que no entiendo cómo pueden aparecer marcas así de un día para otro.
—¿Quién ha dicho que hayan aparecido de un día para otro?
—Nadie. Pero si las tuviera de nacimiento, alguien las habría visto antes. Su marido, una amiga, su médico de cabecera… Alguien.
Laura observó de nuevo el cuello de la fallecida. Sandra tenía razón, aunque no le apeteciera reconocérselo demasiado rápido. Aquello era lo peor de rodearse de gente lista: obligaban a una a pensar con más cuidado.
—Puede que estuvieran ahí desde siempre y nadie les diera importancia. Supongo que su marido se habría percatado, pero lamentablemente está criando malvas…
—También puede ser.
—Pero no te lo crees —indagó Laura, que no veía a la joven agente nada convencida.
—No. La verdad es que no.
—Pues yo tampoco —contestó Laura soltando un bufido.
La inspectora sacó el teléfono móvil y llamó a Fernando.
El forense tardó varios tonos en responder, lo que le dio tiempo a Laura a impacientarse, maldecir por lo bajo y preguntarse si aquel hombre tendría las manos ocupadas con un cadáver, una enfermera o, peor aún, con una cena romántica para otra.
La idea le molestó más de lo razonable y no porque sintiera celos, se dijo, sino porque detestaba que la gente no estuviera disponible cuando ella la necesitaba.
Una explicación sólida, profesional y completamente falsa.
—Laura —contestó al fin Fernando—. Dime que llamas para aceptar la cena.
—Llamo para jodértela, mamón.
—También me vale. A estas alturas aceptaré cualquier contacto humano contigo que no implique insultos demasiado graves.
—No te vengas arriba, sacamuelas. La segunda asesina ha muerto.
Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio.
—¿Cómo? Pero si estaba vigilada por dos agentes, ¿no? La tendrían sedada e inmovilizada.
—Pues tragándose su propia lengua. O intentándolo con muchísimo entusiasmo, que para el caso viene siendo lo mismo. Parece que lo tuviera entrenado, la muy puta.
—¡Joder! —el forense quiso unirse al festival de tacos, para no desentonar.
—Sí. Esa ha sido más o menos la valoración médica preliminar.
—¿Estabas presente? Ha debido ser dantesco.
—Yo, Sandra Gómez, dos agentes, un médico y una enfermera que probablemente esta noche pida traslado a pediatría.
—El burro delante, para que no se espante, ¿no? Y, por cierto, ¿quién es Sandra Gómez?
—La policía local de Mondariz. No es familia tuya, tranquilo. Ya le he preguntado y parece que la pobre ha tenido suerte en la vida.
Sandra bajó la vista para ocultar una sonrisa. Fernando, en cambio, no pareció apreciar del todo el comentario.
—Muy amable, como siempre. Era un encanto, mi amor.
—Además, tenemos otro símbolo.
—¿Otro pentagrama?
—No. Otro dibujo. Cinco lunares en el cuello, esta vez formando una especie de ojo de cabra satánica o de cosa antigua que mira donde no debe. Sandra cree que no es un símbolo independiente, sino un fragmento de algo mayor.
Fernando tardó unos segundos en responder.
—¿Un fragmento? ¿De qué hablas? ¿Se te ha ido la olla?
—Eso ha dicho. Y más te vale tomarme en serio, si quieres tener que ver algo más conmigo que no sea aguantar diariamente mi mal carácter.
—Vale, vale —contestó con resignación Fernando ¿Puedes enviarme fotos?
—Ya estabas tardando en pedírmelas, payaso.