CAPÍTULO 5 #2
Fue entonces cuando el monitor cardíaco emitió un pitido más agudo.
No demasiado fuerte, no lo suficiente como para alarmar al personal sanitario, pero sí para que ambas mujeres se volvieran hacia la cama.
La paciente continuaba inmóvil, aunque Laura habría jurado que la expresión de su rostro había cambiado levemente.
Nada evidente. Apenas una tensión nueva en los labios, una sombra bajo los párpados, algo que podía deberse a los sedantes, al cansancio de la inspectora o a la capacidad humana para encontrar amenazas en cualquier rincón cuando se está suficientemente sugestionado.
Aun así, Laura llevó la mano a la pistola por puro instinto.
—¿Marta? —dijo en voz baja el nombre de la paciente.
La mujer no respondió y Sandra dio un paso atrás por precaución.
—Inspectora…
—Lo veo — contestó Laura, justo cuando la presunta asesina abría los ojos.
No lo hizo con un sobresalto ni con una sacudida, como cabría esperar de alguien que despierta desorientado en una habitación de hospital, sino con una lentitud desconcertante.
Sus párpados se separaron despacio, revelando unos ojos oscuros, de pupilas tan dilatadas que apenas dejaban espacio al color natural del iris.
Durante un segundo larguísimo, Laura tuvo la sensación de que no era Marta Pereira quien miraba desde aquella cama, sino otra cosa instalada dentro de ella, algo paciente, hambriento y viejo.
La idea le pareció ridícula incluso mientras la pensaba, pero no por ello logró apartarla de su cabeza.
—Marta, soy la inspectora Rivas. Está en el hospital y nadie va a hacerle daño.
La mujer movió los labios. Al principio no emitió sonido alguno. Parecía ensayar palabras que hubiese olvidado pronunciar. Después giró la cabeza hacia Laura y sonrió con una serenidad tan impropia del momento que la inspectora sintió cómo el estómago se le cerraba.
—La puerta ya está abierta —susurró.
Sandra tragó saliva. Desconocía el motivo, pero estaba aterrada, sobrepasada por la situación.
—¿Qué puerta? —preguntó Laura.
La paciente no respondió. Su mirada se desplazó lentamente hacia Sandra, deteniéndose en ella con una intensidad incómoda.
La agente local notó un escalofrío que le trepaba desde la parte baja de la espalda hasta la nuca.
No era miedo exactamente, o no sólo miedo.
Era la sensación de haber sido reconocida por alguien que no debería conocerla.
—Tú la has visto —murmuró Marta.
—¿Qué he visto? —contestó Sandra frunciendo el ceño.
La mujer sonrió un poco más.
—El ojo.
Laura se inclinó hacia ella, aunque procurando mantener una distancia prudente. A aquellas alturas de la semana, acercar el cuello a personas potencialmente caníbales le parecía una práctica poco recomendable, incluso para una funcionaria pública.
—Marta, escúchame. Necesito que me digas qué significa ese símbolo. ¿Quién te lo hizo?
La paciente comenzó a respirar con dificultad.
El monitor volvió a acelerar su ritmo y uno de los agentes asomó la cabeza desde el pasillo, alarmado por los vertiginosos pitidos de la máquina.
Laura levantó una mano para indicarle que esperara.
No quería interrumpir aquel momento. Si la mujer iba a hablar, aunque fuera desde el delirio, necesitaba oírlo.
—No lo hizo nadie —susurró Marta.
—Entonces, ¿de dónde salió?
—De dentro —los labios de la paciente temblaron.
Laura no pudo evitar mirar el cuello de la mujer. Los lunares seguían allí, oscuros y perfectos, como si hubieran sido dibujados bajo la piel por una mano diminuta y cruel.
—¿De dentro de dónde?
Marta abrió la boca para responder, pero lo que salió de ella no fue una palabra, sino un sonido ronco y gutural que obligó a Sandra a retroceder otro paso.
El monitor cardíaco comenzó entonces a pitar con violencia y la paciente, hasta aquel instante inmóvil, se sacudió con una fuerza tan inesperada que las correas de sujeción crujieron contra la estructura metálica de la cama.
Los dos agentes entraron de inmediato, seguidos por una enfermera que gritaba algo desde el pasillo.
Laura reaccionó rápido, empujando a Sandra hacia atrás para apartarla de la cama en el mismo momento en que Marta intentaba incorporarse, no para huir ni para atacar, sino para ejecutar aquella última y grotesca voluntad que ya había intentado consumar tres veces durante el día.
—¡La lengua! —gritó uno de los agentes—. ¡Otra vez!
Y, en efecto, la mujer trataba de tragársela.
La explicación médica de aquel gesto, de existir, probablemente sería mucho menos espeluznante que la imagen en sí misma, pues la lengua parecía estar siendo empujada hacia el fondo de la garganta por una fuerza invisible, mientras la paciente arqueaba el cuello y abría los ojos de par en par, no con expresión de sufrimiento, sino de obediencia.
Laura había visto morir a muchas personas.
Había visto miedo, dolor, rabia, súplica y sorpresa, pero jamás había visto en un rostro humano aquella expresión de entrega absoluta, como si la mujer no estuviera luchando por morir, sino por cumplir una orden recibida desde un lugar al que nadie más podía acceder.
El médico llegó a la carrera con el separador bucal, pero la violencia del espasmo impedía introducirlo con seguridad.
Uno de los agentes recibió un mordisco superficial en el dedo y soltó un juramento.
La enfermera pidió ayuda. Sandra se quedó paralizada apenas un segundo, el tiempo justo para comprender que nadie estaba sujetando bien la cabeza de la paciente, y se lanzó hacia ella, colocando ambas manos a los lados del cráneo para inmovilizarla contra la almohada.
Laura la imitó de inmediato, presionando el hombro derecho de Marta mientras el médico trataba de abrirle la boca.
—¡Vamos, joder! —gritó Laura—. ¡Que se nos va!
Pero Marta ya se había ido. El pitido continuo del monitor llenó la habitación y durante unos segundos nadie habló.
El médico apartó las manos lentamente, como si temiera que el simple movimiento pudiera confirmar lo que todos acababan de comprender.
Después auscultó a la paciente, comprobó las pupilas con una pequeña linterna y suspiró.
—Hora del fallecimiento: diecisiete horas y cincuenta y dos minutos.
Laura lo miró con una mezcla de incredulidad y rabia.
No contra él, ni siquiera contra la mujer muerta, sino contra el caso, aquella sucesión de absurdos que se resistían a comportarse como un asesinato normal y corriente.
Porque un crimen podía ser brutal, espantoso, repugnante, pero seguir perteneciendo al mundo conocido.
Aquello, en cambio, parecía empeñado en empujarlas hacia un territorio en el que las normas habituales no servían para nada.
Sandra soltó la cabeza de la fallecida y se apartó de la cama. Tenía las manos temblorosas y aunque Laura lo vio, no dijo nada. A veces señalar el miedo ajeno era una crueldad innecesaria y bastante tenía la muchacha con seguir en pie.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
—No lo sé. Bueno, supongo qué… — Sandra buscó cambiar de tema y respiró hondo. Después miró de nuevo el cuello de Marta.
—Inspectora…
—Dime que no estás viendo más lunares, porque entonces sí que me tiro por la ventana.
—No. Son los mismos.
—Menos mal. Dentro de lo malo, que sigan siendo los mismos ya empieza a parecerme una buena noticia.
Sandra no sonrió. Se acercó al cuerpo con cautela y volvió a observar el símbolo.
Después tomó su libreta, comparó el dibujo con la fotografía impresa del pentagrama que Laura había guardado del primer caso y frunció el ceño.
Durante casi un minuto no dijo nada. Laura aguardó, impaciente, pero se contuvo.
Había momentos en los que interrumpir a alguien que piensa era tan absurdo como gritarle a una cafetera para que hiciera antes el café.
—No son símbolos distintos —dijo finalmente Sandra.
—Explícate —exigió Laura, sintiendo que algo frío se le asentaba bajo las costillas.
La agente colocó ambas hojas sobre la mesilla auxiliar de la habitación, apartando con cuidado un vaso de plástico y una bandeja con restos de medicación.
Luego giró el dibujo del pentagrama noventa grados, aproximó el segundo símbolo al lateral inferior y señaló varios puntos en los que las líneas parecían prolongarse unas en otras.
—Creo que son partes de una misma figura.
—¿Un puzle de lunares?
—Sé que suena absurdo, pero algo me dice que estoy en lo cierto.
—Agente Gómez, acabo de ver a una mujer tragarse su propia lengua después de decir que una puerta estaba abierta. Ahora mismo mi listón de lo absurdo está bastante alto.
Sandra asintió, sin apartar la vista de los dibujos.
—Si esto fuera un símbolo completo, las líneas deberían cerrarse de algún modo. Pero no lo hacen. Mire aquí. Y aquí. Son extremos abiertos, como si faltasen partes.
Laura se inclinó sobre la mesilla. No entendía del todo la lógica geométrica, pero sí veía algo.
Las líneas de ambos dibujos parecían pertenecer a una estructura mayor, del mismo modo que dos fragmentos de cerámica rota pueden no mostrar la forma completa de una vasija y, sin embargo, insinuar su curvatura.
—¿Cuántas partes faltan?
—No puedo saberlo con seguridad —contestó Sandra, tras un breve intervalo para reflexionar.
—Inténtalo al menos, mujer. Tienes toda mi atención.
—Si la figura mantiene simetría, diría que tres —afirmó Sandra vacilante.
Laura cerró los ojos un instante y pensó en lo que eso podría implicar; Tres partes más. Tres símbolos, tres agresores, tres escenas del crimen y tres cadáveres.