CAPÍTULO 5
L a psiquiatría es una especialidad curiosa.
A diferencia de la traumatología, cuyos éxitos podían medirse en radiografías y huesos bien soldados, o de la cardiología, que disponía de máquinas capaces de traducir el estado del corazón a líneas quebradas sobre un papel continuo, los psiquiatras trabajan con un órgano tan complejo y caprichoso como el cerebro humano.
Y el cerebro, como bien sabía Laura después de casi dos décadas persiguiendo delincuentes, era capaz de producir las más sublimes obras de arte y las peores atrocidades con idéntica facilidad.
Tal vez por eso desconfiaba de cualquiera que afirmara comprenderlo del todo.
A fin de cuentas, si los propios seres humanos apenas entendían el funcionamiento de su cabeza, resultaba difícil creer que otro pudiera hacerlo.
La inspectora Rivas había tratado con esquizofrénicos, paranoicos, psicópatas, drogadictos y personas completamente cuerdas que, llegado el momento adecuado, habían cometido actos tan horribles que cualquier enfermo mental habría palidecido ante ellos.
Porque aquella era otra gran mentira de la sociedad moderna: pensar que la locura y la maldad caminaban siempre de la mano.
En realidad, la mayoría de los trastornos psiquiátricos convertían a quien los sufría en víctima antes que en verdugo.
Los verdaderos monstruos, en opinión de Laura, solían encontrarse mucho más cerca.
A veces compartían cama, mesa o apellido con uno.
Mientras pensaba en ello, avanzaba por el pasillo del ala de psiquiatría acompañada por Sandra Gómez, la joven agente de policía local de Mondariz.
La muchacha había insistido en permanecer en el hospital después de finalizar su turno y, aunque Laura jamás lo habría reconocido en voz alta, agradecía su presencia.
Tenía buen instinto. Además, no hacía preguntas estúpidas, una cualidad extraordinariamente rara en cualquier profesión y prácticamente milagrosa dentro de las fuerzas y cuerpos de seguridad.
Habían pasado un par de horas desde que Laura había llegado al psiquiátrico.
Las había dejado correr deliberadamente para dar tiempo a que disminuyera el efecto de los calmantes en la sospechosa.
Aquel gesto, había dejado margen a Sandra para llegar a tiempo a un probable interrogatorio, el primero serio, real y controlado del caso de los asesinatos en Mondariz.
—¿No deberías estar ya en casa? —preguntó Laura mientras caminaban.
—En teoría sí, pero siento la imperiosa necesidad de comprender qué demonios está ocurriendo.
—Cuando yo tenía tu edad también quería entender el mundo. Luego cumplí los cuarenta y descubrí que el mundo tampoco se entendía a sí mismo —contestó Laura, que empatizaba profundamente a la que a cada segundo parecía querer consolidarse como su aprendiz.
La joven esbozó una sonrisa tímida. Laura había comenzado a apreciar aquella mezcla de inteligencia y prudencia.
No era frecuente. En la academia abundaban los aspirantes convencidos de que resolverían crímenes como en las series americanas.
Después llegaba la realidad y les enseñaba que la mayor parte del trabajo policial consistía en rellenar formularios, soportar a superiores incompetentes y tratar con personas que mentían incluso cuando decir la verdad les resultaba más beneficioso.
—¿Alguna novedad? —preguntó Laura a los dos agentes que custodiaban la entrada.
—No, inspectora. Sigue sedada.
—Ya. Y yo sigo una dieta estricta desde enero.
El agente sonrió con educación, aunque era evidente que no sabía si la inspectora bromeaba o hablaba en serio. A decir verdad, ni la propia Laura lo tenía demasiado claro.
—¿Ha vuelto a intentar hacerse daño?
—No desde que la sedaron.
—Menos mal. Porque ya sería mala suerte que se nos muriera la sospechosa antes de poder interrogarla. Aunque visto cómo va la semana, tampoco me sorprendería demasiado.
La puerta se abrió y ambas mujeres entraron en la habitación.
El aire olía intensamente a desinfectante.
A Laura no le desagradó. Después de varios días respirando sangre, putrefacción y fluidos corporales diversos —una forma elegante de referirse a las cosas desagradables que el cuerpo humano expulsaba cuando dejaba de funcionar correctamente— aquel aroma químico le parecía casi reconfortante.
Nunca habría imaginado que llegaría el día en que consideraría agradable el olor de un hospital, pero la vida tenía aquella mala costumbre de modificar las prioridades de las personas sin pedir permiso.
La paciente dormía inmóvil sobre la cama.
El rostro, relajado por los sedantes, no se correspondía en absoluto con el de una mujer que horas antes había descuartizado a su marido y paseado desnuda y cubierta de sangre alrededor de la alameda del pueblo.
Aquello era precisamente lo que más inquietaba a Laura.
Los monstruos rara vez parecían monstruos.
La inspectora se aproximó despacio al lecho y observó el rostro de la mujer.
Tenía poco más de treinta años y, a juzgar por las fotografías familiares que había visto en la vivienda, hasta hacía unos días había llevado una vida perfectamente corriente.
Trabajo, hipoteca, cenas con amigos y vacaciones de verano.
La clase de existencia anodina a la que aspiraba la mayoría de la población y que, paradójicamente, solía ser el mejor disfraz para la tragedia.
Fue entonces cuando algo llamó su atención. Un pequeño grupo de lunares oscuros destacaba bajo la mandíbula de la paciente. Laura frunció el ceño, se inclinó un poco más y sintió un desagradable escalofrío recorrerle la espalda.
—Sandra —murmuró—. Acércate un momento.
La joven obedeció y, tras observar el cuello de la mujer durante apenas unos segundos, palideció ligeramente. Porque ambas acababan de comprender lo mismo. Aquellos lunares no estaban allí por casualidad.
—¿Los tenía antes? —preguntó Laura.
—No lo sé. Cuando la encontramos estaba cubierta de sangre y no nos fijamos en eso. Además, la llevaban entre cuatro sanitarios y no dejaba de gritar. No era precisamente el mejor momento para hacerle una revisión dermatológica.
Laura la miró de reojo.
—Gómez, ¿eso ha sido retranca?
—Yo diría que sí, inspectora.
—Bien. Vas mejorando.
Sandra no supo si debía sentirse halagada o preocupada.
En cualquier caso, sacó la pequeña libreta que llevaba en el bolsillo del pantalón y comenzó a reproducir con cuidado la posición de los lunares.
No necesitó que Laura se lo pidiera. Aquella iniciativa confirmó a la inspectora que la muchacha no sólo tenía valor, sino también una cabeza razonablemente bien amueblada, virtud que en la policía local de un pueblo pequeño podía llegar a ser tan poco frecuente como encontrar una plaza de aparcamiento libre en Vigo un viernes por la tarde.
—¿Qué haces?
—Dibujarlos antes de que cambie algo.
—¿Antes de que cambie algo? —repitió Laura.
Sandra levantó la vista, incómoda.
—Perdón. Ha sonado raro.
—No, no. Lo raro es que no me parezca una gilipollez.
La joven trazó varios puntos sobre el papel y después los unió con líneas rectas, repitiendo el mismo procedimiento que había empleado con la fotografía del cuello de Jorge.
El resultado, sin embargo, no se parecía al pentagrama invertido que tanto las había inquietado horas antes.
Aquella nueva figura era distinta, más estrecha, más simple y quizá por ello más perturbadora.
Recordaba vagamente a un ojo, aunque no a un ojo humano, sino a la representación esquemática de algo que observaba desde demasiado lejos o desde demasiado dentro.
Laura había visto símbolos semejantes en documentales baratos sobre civilizaciones antiguas, sectas y chiflados con túnica blanca que aseguraban comunicarse con extraterrestres mediante cuarzos cargados bajo la luna llena.
Siempre le habían parecido tonterías. Aquella tarde, sin embargo, no tenía tantas ganas de reírse.
—¿Qué cojones es eso? —preguntó.
—No lo sé.
—Pues vaya mierda de departamento de dibujo técnico.
Sandra sonrió apenas, pero no apartó la vista del papel.
—No es igual al otro símbolo que me enseñó.
—Hasta ahí llego. Tuve problemas con las matemáticas, no con la vista.
—Pero tiene algo en común.
Laura suspiró. El cansancio comenzaba a acumularse en la nuca, justo en ese punto del cuerpo en el que las personas guardan las preocupaciones hasta que un día se despiertan con tortícolis y la vaga sospecha de que la vida les está ganando por goleada.
—Sandra, cariño, no me hagas sacarte la información con cuchara, que estoy teniendo una tarde de mierda.
—La proporción entre los puntos es parecida, pero no el dibujo, sino la relación de distancias. Es como si ambos símbolos hubieran sido construidos con la misma regla.
Laura miró el papel, luego el cuello de la paciente y finalmente a Sandra.
No entendía del todo lo que la agente local intentaba explicarle, pero sí comprendía una cosa: aquella chica veía patrones donde ella sólo veía manchas.
Y en una investigación, a veces, eso marcaba la diferencia entre resolver un caso y terminar archivándolo en un cajón junto a otras vergüenzas policiales.
—Hazle fotos —ordenó.
Sandra sacó el móvil, pero se detuvo en seco, consciente de que aquel gesto podía ser poco ortodoxo.
—Con tu móvil no, mujer. Con el mío. Que bastante papeleo tengo ya como para explicar por qué una agente local de Mondariz lleva en su galería fotos del cuello de una presunta asesina sedada.
Laura le entregó el teléfono y Sandra tomó varias imágenes, procurando mantener siempre la misma distancia y colocando junto a los lunares un bolígrafo a modo de referencia.
La inspectora observó la escena con atención.
La muchacha era metódica. No se limitaba a hacer una foto y confiar en la suerte, sino que tomaba medidas, buscaba ángulos, pensaba.