El agua nunca olvida CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

​ —Joder, Sandra, la misma mierda otra vez.

Esto parece una leonera —protestó Laura.

Acababa de inspeccionar la casa en la que se había perpetrado el segundo de los asesinatos y conversaba con la agente de policía local que había colaborado con ella en el primer caso.

Por cierto, ¿dónde está el gordo de tu compañero?

No le he visto asomar el culo hoy por aquí.

​ —El señor Eladio está de baja. La carnicería del otro día lo ha dejado algo tocado. Le falta muy poco para la jubilación y creo que va a solicitar la anticipada.

​ —Vaya, no puedo negar que me alegra oír eso. Supongo que esa circunstancia te deja a ti como agente titular.

​ —Me temo que sí. Más trabajo y más responsabilidades para el mismo sueldo…

​ —No tengas, prisa, hija, que todo llega. Sé bien de lo que me hablo.

​ Entre las dos agentes se gestaba por momentos una suerte de camaradería, a medias por ser compañeras de profesión, a medias por ser ambas agentes de campo en un mundo dirigido por hombres, que a cada nuevo año cada vez lo era menos.

​ —Laura, ¿puedo hacerle una pregunta?

​ —Claro, las que quieras.

​ —¿Por qué tenemos que venir a inspeccionar todo esto? ¿No sería mejor dejarlo de mano de los agentes de la científica? Una vez analizadas las pruebas, trabajaríamos sobre el informe final y así no nos estorbamos.

​ —No, no, eso jamás. Ellos sólo recopilan las pruebas y las analizan. Nuestro trabajo es sugerir escenarios y buscar pistas a partir de la observación. No digo que no sean necesarios. Es más, su trabajo es fundamental. Simplemente es que nos complementamos.

​ —Entiendo…

​ —¿Por qué lo preguntas? ¿Estás bien?

​ —Sí, es sólo que… Esto es un pueblo pequeño.

Esta vez conocía a la asesina. Estudiamos juntas en el colegio y era una chica de lo más normal.

Los dos lo eran. Una pareja joven, los dos trabajadores.

Gente normal, de esa que va al Mercadona los sábados por la mañana, al cine por las tardes y queda para cenar en casa de unos amigos por la noche.

​ —Te entiendo. Yo también estoy desconcertada. Los dos crímenes han sido especialmente sanguinarios y atribuidos a personas aparentemente corrientes, por eso la hipótesis de una secta que promueva la violencia se me hace cada vez más sólida.

​ —Pero eso no tiene mucho sentido. ¿Qué beneficio podrían obtener de un crimen así?

​ —Normalmente económico. Van quitando a las parejas pequeñas cantidades de dinero y subiendo sus demandas hasta que ya no los pueden exprimir más.

Suele ser ese su modus operandi. He leído también sobre casos en los que obligan a prostituirse a las mujeres cuando la pareja ya no tiene más recursos y así sacar algo más.

Si alguno de ellos trata de salirse del trato, en algunos casos desaparece del mapa y no se vuelve a saber más de la persona.

​ Según lo iba diciendo a viva voz, menos convencida se encontraba Laura de que aquel razonamiento pudiera ser ni remotamente certero.

​ —Y… ¿no se han contemplado otras opciones? —sugirió Sandra.

​ —¿Opciones? Explícate. Soy toda oídos.

​ La agente local carraspeó. Estaba incómoda con el pensamiento que la asaltaba. Temía parecer una fanática religiosa, expresando una idea que Laura podría considerar como pueril.

​ —Sí, yo…

​ —Vamos, canta claro, que estamos en confianza.

​ —Me refiero a que no sea obra de una secta, sino directamente de algo maligno —Sandra se sintió liberada al haberlo soltado.

​ —¿Maligno? Hombre, está claro que hay que ser muy cabrón para cometer un crimen así, pero ¿con “maligno” te refieres a alguna cosa del demonio?

​ —Sí, bueno… Ya sé que puede sonar raro, pero el noventa por ciento del planeta cree en la existencia de Dios y ésta va ligada a la de su antagonista, la némesis del creador, el ángel caído, el maligno…

​ —Arre carallo, Sandra. Eso ha sonado a verso de predicador —bromeó Laura.

​ —Hablo en serio, inspectora. Si bien es cierto que he sido criada en la fe cristiana, no me puede negar que esto es muy extraño. En ambos crímenes las parejas eran aparentemente bien avenidas y gente muy común… y, de repente, un asesinato con descuartizamiento incluido.

​ Por primera vez desde que había visto el pentagrama invertido en el cuello de la primera víctima, Laura dudó de su teoría de la secta satánica.

Le gustaba el cine de terror y había visto en demasiadas ocasiones las películas del universo Warren como para no dar soporte a la descabellada teoría de Sandra.

​ —Bueno, sea lo que sea, por el momento debemos ceñirnos a las pruebas que tenemos. Ahora, tengo que dejarte. La supuesta asesina está internada en el ala de psiquiatría del hospital y tengo que hacerle una visita para interrogarla.

​ —Buena suerte, inspectora. Trataré de pasarme más tarde para acompañarla y ver si puedo aprender algo… pero, por favor, tenga cuidado.

​ —Lo tendré.

​ Laura llegó al aparcamiento del hospital pasadas las cinco de la tarde.

Detuvo el coche en la única plaza libre, reservada para personal sanitario y se tomó un par de minutos para pensar.

Dejó el motor encendido para que el aire acondicionado la refrescara mientras analizaba el día tan intenso que llevaba.

Primero, el descubrimiento del pentagrama.

Luego, la conversación con Fernando, la llamada del comisario y la visita a la casa.

Todo estaba desordenado, sucio, roto y el suelo manchado con un rastro de sangre, como si la culpable hubiera barnizado de rojo todo el hogar arrastrando el cuerpo de su marido por cada estancia.

​ La casa parecía haber sido arrasada por un seísmo y no había un solo objeto en su lugar, como si una mano gigante la hubiera sacudido desde fuera y no se hubiera detenido hasta haberlo destrozado todo.

Las dos escenas eran muy parecidas y, a pesar de que ninguna de las víctimas o de los presuntos asesinos se conocían, el estropicio entre ambas escenas presentaba demasiadas similitudes como descartar que tuvieran un origen común.

​ La inspectora respiró hondo, apagó el motor y se dirigió al recibidor del hospital. Un compañero la esperaba en la puerta para acompañarla a la habitación en donde estaba recluida la presunta asesina.

​ —¿Qué tal, Laura? ¿Cómo te va el día?

​ —Ya ves, Antonio, currando.

​ Entre que el policía era poco hablador y que Laura todavía tenía el estómago revuelto y miedo a vomitar cada vez que abría la boca, apenas compartieron un par de frases sobre el tiempo antes de llegar a psiquiatría. Dos agentes más esperaban en la puerta de la habitación.

​ —¿Qué tal, compañeros? ¿Cómo va la tarde? —preguntó Laura a los dos jóvenes uniformados que custodiaban el cuarto.

​ —Pues nada bien, señora. Es la tercera vez en lo que va de día que la sospechosa intenta suicidarse y finalmente han tenido que sedarla. Ahora mismo duerme, hasta arriba de somníferos. No creo que pueda quitarle nada, si es que viene a entrevistarla.

​ —¡Me cago en la puta! —gritó Laura furiosa—. ¡Así no se puede currar! ¡¿A quién se le ha ocurrido la brillante idea?! ¡Podrían haberla atado o haberle puesto una camisa de fuerza!

​ —Lo sentimos, inspectora. Órdenes del titular de psiquiatría —se disculpó uno de los custodios—.

Le hicimos ver que esa opción habría sido la más deseable, pero es que son tres intentos de suicidio en pocas horas.

Primero, trató de cortarse las venas con una uña.

Le ataron las manos y empezó a golpearse la cabeza contra la pared, así que le han vestido la camisa de fuerza.

​ —¿Y el tercer intento? —indagó Laura.

​ —Trató de tragarse la propia lengua y ahogarse…