CAPÍTULO 3
H abía pasado una semana desde el descubrimiento del cadáver en el río y Laura todavía estaba en shock.
A pesar de todo, no lograba evitar que pasaran por delante de sus ojos una y otra vez las fotografías relacionadas con el caso; las imágenes del cuerpo de la víctima, las de las distintas habitaciones de la casa, arrasadas furiosamente por el animal que en otra época había sido un hombre de bien.
También estaba el retrato del asesino, yaciendo en el suelo, sobre la alfombra del cuarto de la pareja, infestada de suciedad y manchas de sangre, con una expresión a medias de sorpresa, a medias desconcierto…
La inspectora se torturaba repasando las fotos, sentada a la mesa de su escritorio en la comisaría, desviando el monitor cuarenta y cinco grados a la derecha, lo suficiente como para evitar que el resto de sus compañeros tuvieran acceso a las duras imágenes.
Había visto antes cosas como aquellas, e incluso peores; cadáveres en avanzado estado de descomposición, mutilaciones de todo tipo…
pero algo le decía que un crimen tan arbitrario e injustificado no sería el último del mismo tipo que vería en los próximos días.
Y es que una vez descartada la hipótesis de un asesino en serie —la posterior investigación forense no dejaba lugar a dudas sobre que la autoría del crimen se atribuía al marido de la víctima— no sabía de dónde le vendrían los tiros esta vez, pero su instinto le aseguraba que pronto llegarían más desagradables noticias.
Pensando en el informe forense, abrió la carpeta con los resultados de las autopsias por si se le había escapado algo, y una vez más recordó su affaire con Fernando.
Por más que tratara de humillarlo cada vez que lo veía, haciendo bromas sobre su virilidad, aquel hombre había dejado huella en ella.
Tal vez era su olor corporal, o la forma tan dulce en que le había hecho el amor, a pesar de que su relación había sido breve y los contactos esporádicos…
pero de vez en cuando el recuerdo del roce de su piel asaltaba sus pensamientos y la hacía estremecerse.
Quizás por ello es por lo que ojeaba tantas veces los informes emitidos por él, como una manera de evocar su recuerdo, de stalkearlo —como definen los jóvenes ahora a la acción de espiar las redes sociales de otros…
Por pura casualidad, la pantalla del ordenador permanecía fija en una fotografía mientras Laura recordaba su aventura con el forense.
La imagen representaba el lateral izquierdo del cuello del asesino, justo en la zona en donde éste presentaba una serie de lunares dispuestos en una curiosa disposición.
Ella tomó el ratón y amplió la imagen con la rueda.
—Ostras, eso parece un pentagrama invertido —sugirió sobresaltándola Rosana, una prometedora aspirante en prácticas que casualmente pasaba en aquel momento dirección al baño, por detrás del escritorio de Laura.
—¡Joder, Rosita! ¡Qué susto me has dado! La próxima vez anúnciate.
—Perdone, inspectora Rivas. Es que me han llamado la atención esos lunares del cuello de la foto. ¿Son de una víctima de verdad?
Laura oprimió la combinación de teclas Windows+D para pasar a la imagen del escritorio.
—Ya te he dicho que me llames Laura. Aquí somos todos compañeros.
Da igual que lleves poco o mucho tiempo—.
Como era habitual y a pesar de que sólo pretendía ser amable, el tono de voz de la inspectora sonaba hosco y desagradable y la pobre aspirante se sintió ofendida, dando la vuelta sin mediar palabra.
—¡Espera! ¿A dónde se supone que vas?
—Disculpa, Laura, no quería ser un incordio.
—Bah, no hagas caso. Yo hablo siempre así, pero no quería ser borde. Anda, siéntate a mi lado —sugirió Laura ofreciéndole a Rosana la silla contigua, vacía por las vacaciones de un compañero—. ¿Qué era eso que decías de un penta no-se-qué?...
La joven se acomodó en la silla y ajustó la altura para ponerse al nivel de Laura, bastante más baja que ella.
—Me refería a que los lunares en el cuello de la foto parecían más un tatuaje que naturales. Estaban dispuestos en forma geométrica.
—¿Tú crees?
—Sí, estoy convencida. Tengo muy buena visión espacial. En el instituto siempre sacaba sobresalientes en dibujo técnico. Si puede poner la foto y ampliarla, se lo mostraré.
—Está bien, pero sólo si empiezas a tutearme. No hagas caso a lo que se habla por ahí de mí. No soy una ogra y no me como a nadie…
Laura oprimió el icono en la barra de tareas que maximizaba la ventana del programa visor de fotos y la imagen ampliada se materializó ante sus ojos. Seguía sin ver nada raro, pero aquella muchacha parecía muy convencida.
—Sí, ahí está. Claro como el agua. ¿Es que no lo ves? —. La aspirante no entendía cómo era posible que Laura no hubiera caído en ese detalle.
—No hija, ni papa…
—Prueba a imprimir esa imagen y te lo mostraré —sugirió.
—Venga, va. Por probar, no perdemos nada.
Laura olvidó cargar el papel fotográfico en la impresora, pero tampoco tenía mucha confianza en los delirios de la joven aspirante, así que no le dio más importancia. La imagen salió a color, demasiado saturada y emborronada, lo que provocó una mueca en Rosana.
—Un poco chufa la impresora, ¿no?
—Tú sí que eres una chufa —protestó Laura—. Anda, dime qué es lo que has visto ahí.
Rosana tomó un rotulador del lapicero del compañero de Laura y le arrancó el papel de las manos.
Después, comenzó a trazar líneas rectas a mano alzada, con pulso firme y decidido, tomando como puntos de base los lunares en el cuello del asesino.
Cuando terminó, mostró a Laura el resultado de su obra.
—¿Lo ves? Lo que yo decía. Un pentagrama invertido.
La mandíbula de la inspectora se descolgó tres dedos, como la de un perro hambriento babeando por comida.
—Pero… ¿qué cojones? Cuando hablaste de pentagrama, pensé que te referías a las líneas de una partitura.
—¡No, no! Esto es mucho más turbio. Es un pentagrama invertido. Parece un tema satánico o algo así. ¿Seguro que no es un tatuaje?
—Pues lo dudo mucho. El forense se habría dado cuenta y lo habría señalado en el informe.
—Vaya, una pena. Lo siento, pero yo lo veía bastante claro, pero en fin… Ahora, si no necesitas nada más, tengo que ir al baño con urgencia…
—Claro, puedes irte. Ya decía yo que comenzaba a oler algo raro por aquí. ¿No se te habrá escapado un cuesco?
Rosana enrojeció de vergüenza y se volvió hacia el baño sin contestar. Realmente, la inspectora era una mujer grosera y su fama, más que merecida.
—Vamos a ver patán. ¿Me quieres decir cómo es posible que no hayas dicho nada de estos lunares en el informe de la autopsia?
Laura estaba poniendo a Fernando Gómez, el forense, de vuelta y media. Lo había abordado en la misma morgue en dónde practicaba la autopsia a un anciano cuyo fallecimiento se sospechaba fruto de un envenenamiento.
—Joder, señorita Rivas. No has cambiado nada. Primero apunto y luego disparo, ¿no? Al menos déjame que te explique.
—Ni explicar, ni hostias. Sabes perfectamente que es obligatorio señalar todos los tatuajes en los informes —Laura estaba siendo especialmente arisca y hasta agresiva con Fernando.
Había pensado muchas veces en aquel hombre —tal vez demasiadas— una vez rota su breve relación, y se temía que la hostilidad era más una proyección de sus propios fantasmas, de resquemor hacia ella misma por haber fallado una vez más en consolidar una historia romántica, que en odio hacia su interlocutor.
—Vamos, Laura. No es justo que me hables así. ¿Se puede saber qué mosca te ha picado?
—No me hables de moscas. Llevo una semana devanándome los sesos con este caso y lo menos que espero es que todos hagamos bien nuestro puto trabajo.
La paciencia del forense comenzaba a menguar al mismo ritmo que los ánimos de Laura se venían arriba y la conversación a tonarse agresiva.
—¡¿Te quieres callar de una puta vez y dejarme hablar?!
Laura no esperaba una reacción así de un hombre tranquilo y cabal, así que el grito la pilló por sorpresa, sin capacidad de respuesta.
Se limitó a dar un paso atrás y a asentir.
No estaba acostumbrada a tratar con personas que se enfrentaran a su mal carácter con firmeza y, una vez más, volvió a sentir en presencia de aquel hombre un escalofrío que le atravesó el cuerpo, desde las plantas de los pies hasta el bajo vientre.
—Bueno, parece que al fin me voy a poder explicar —suspiró Fernando aliviado—. Pues bien, sí que vi esos lunares, aunque en parte tienes razón, porque reparé tarde en ellos, una vez terminada la autopsia y cuando metía el cuerpo en el congelador.
—Continúa…
—A saber… cuando estaba metiendo el cuerpo en la nevera, me fijé en la disposición de los lunares. Parecía demasiado simétrica, no lo sé explicar. Me hizo sospechar de un tatuaje porque la colocación parecía geométrica, así que rasqué con el bisturí uno de ellos y lo ojeé al microscopio.
—¿Y bien?
—Nada que alegar, señoría —bromeó Fernando, en un vago intento por echar agua sobre el fuego de la tensión palpable en el ambiente—. Ni rastro de tinta en la muestra. Eran lunares, sin más.
—¿Y podríamos saber si son de reciente aparición o de nacimiento?
—Pues no lo sé. No soy dermatólogo. Supongo que tendríamos que extraer una muestra y analizarla con más detalle, pero llegamos algo tarde. Hace días que el cuerpo se ha convertido en cenizas.
—¡Venga ya, Fernando! —protestó Laura—. Si el caso está abierto.
—Lo sé, pero tenemos poco espacio por aquí.
Sólo cinco neveras y tenía que hacer hueco para nuevos cadáveres.
Pedí permiso al comisario y dejó a mi discreción el ir deshaciéndome de ellos.
Está muy de moda el envenenamiento a mayores para trincar herencia y se me acumula el fiambre…
Ya sabes, en tiempos de crisis, la gente muestra su verdadera cara.
Laura llevaba en el bolsillo trasero de sus vaqueros la fotografía impresa de los lunares en donde la becaria había trazado el pentagrama invertido. Decidió mostrárselo a Fernando.
—¡HOSTIAS! ¡¿Pero qué?!
—Sí, yo también me quedé cabra con el tema. Parece algo satánico.
—Vale, por eso preguntabas lo del tatuaje.
—Sí. Es que no encuentro otra explicación a este caso. Era una pareja perfecta, ¿sabes? De esas de cuento infantil. Buena gente los dos. Trabajadores, pagaban sus impuestos y hasta colaboraban con una ONG y, de repente…
—Ya, descuartizamientos y tal… A veces a la gente se le va la olla. Son tiempos difíciles.
Laura meditó su respuesta unos segundos. Un recuerdo traumático la acababa de asaltar.
—No, no es eso. Tendrías que haber visto como estaba la casa. Ese hombre perdió por completo la razón de un día para otro y se convirtió en un animal salvaje. Si no hubiera sido por la agente local que reaccionó rápido, ahora no lo estaría contando. Todo parecía obra del demonio.
—Vamos, inspectora Rivas. No me vas a decir ahora que crees en esas patrañas para niños y crédulos devotos.
Fernando trataba de hacerse el duro, pero en su fuero interno la imagen que Laura le había mostrado lo había hecho estremecerse. El pentagrama invertido resultante de la unión de los supuestos lunares era perfecto desde el punto de vista geométrico.
—Sea o no para crédulos, voy a tirar un poco más de este hilo. A falta de más pistas, es todo lo que tengo. Investigaré algo sobre sectas y si ha aparecido recientemente alguna por la zona.
—Es tu investigación. Tú decides… ¿Puedo ayudarte en algo más?
Laura echó un vistazo a Fernando. Allí, frente a ella, con el uniforme de forense, imponía respeto. La pantalla de metacrilato, la bata de PVC color verde y los guantes lo hacían parecer exactamente el prestigioso profesional que era.
—Igual puedes invitarme a cenar un día de estos, patán.
La expresión de Fernando se descompuso y el rubor se apoderó de su rostro.
—Vamos, acepta de una vez. Tenía que darte vergüenza que sea yo la que dé el primer paso.
—Yo, eh… Sí, claro… Puedo invitarte a cenar a mi casa.
—¿A tu casa? Bueno, no lo veo mal. Los dos somos adultos y sabemos qué buscamos. Hasta puede que sea tu día de suerte, pero esperaremos a que resuelva este caso. Será nuestra cena de celebración.
Fernando, que ya se las prometía felices y cuya excitación del momento estaba a punto de hacerse notoria empujando el mandil verde que vestía para protegerse de las salpicaduras de sangre, trató de meter apremio al asunto.
—¿Y no has contemplado que sea un crimen singular? ¿Un caso auto conclusivo sin más?
—De ninguna manera. Algo me dice que es el primero de muchos.
Un silencio incómodo se estableció entre ellos hasta que, premonitoria, la melodía del móvil de Laura —“Sympathy For The Devil, de los Stones— sonó quebrando la magia. Se apresuró a descolgar antes de que Fernando se atreviera a continuar con su exposición de dudas.
—Comisario. Mala cosa si me llama al móvil. Ahora mismo estoy en la morgue, revisando el caso del asesinato en Mondariz.
—Haces bien, Laura —la voz del comisario sonaba preocupada—. Ha aparecido otro cadáver. Esta vez un hombre descuartizado. Ya hemos detenido a su mujer.
—¿Y eso? ¿Se ha declarado culpable?
—No exactamente. Corría desnuda en círculos alrededor de la alameda del pueblo. Iba bañada en sangre, entendemos que, de su marido, porque ella no presentaba heridas. Una patrulla local fue hasta su casa y encontró el cadáver, o lo que quedaba de él.