El agua nunca olvida CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Bueno, realmente se han encontrado la casa llena de salpicaduras de sangre.

El cuerpo desnudo del agresor estaba teñido de sangre coagulada y por todas partes había trozos de carne podrida arrancada a mordiscos.

Al desgraciado le faltan dos incisivos que una agente de policía local ha encontrado en uno de los pedazos en putrefacción.

—¡Joder! —exclamó Laura—. Su puta madre.

—Sí, agente Rivas. Eso mismo pensé yo.

​ La casa del presunto asesino desprendía un olor tan fuerte a cadáver que Laura se vio obligada a regresar al coche para tomar una mascarilla con filtro de carbón activo.

Se había pasado la hora de comer hacía rato y tenía hambre antes de entrar, pero se le había quitado de un plumazo al comprobar el estado en el que estaba la vivienda.

​ Era una casa unifamiliar de una sola planta, reformada hacía pocos años a partir de la estructura de piedra granítica de un viejo molino.

Siempre que veía una vivienda así, pensaba en la cantidad de casos de cáncer en Galicia provocados por el gas Radón, emitido por la desintegración radiactiva natural de algunos de los elementos presentes en el granito.

​ Le había abierto la puerta la misma joven agente de la policía local que la había esperado en el río junto al veterano carcamal a punto de jubilarse.

Laura se había entretenido con el forense y habían llegado antes que ella en su potente coche patrulla.

Después habían relevado a los agentes de Ponteareas, que habían sido llamados como refuerzo y estaban lejos de su jurisdicción.

Ninguno de ellos había protestado por haberles quitado el caso.

Más bien habían bendecido la hora de haberse sacado aquel problema de encima.

Laura comenzaba a sentir simpatía por la agente local que le había abierto la puerta.

Se veía inteligente, decidida, ordenada y una excelente profesional.

La admiraba en secreto, no sólo por su valía, sino por la paciencia que demostraba hacia su veterano y poco cualificado compañero que, sin lugar a dudas, sería su instructor y, por tanto, superior en la jerarquía dentro de la pequeña comisaría local.

La casa parecía un cuchitril, como si una horda de facóqueros hubiera entrado en tropel, tirando todo por los suelos, rompiendo, arrancando y desgarrándolo todo.

No había un solo objeto que se hubiera salvado de una indeterminada furia desatada…

Las cortinas, arrancadas, tapizaban los suelos cubiertas de restos de sangre, heces y orina; las paredes presentaban desconchones en aquellos lugares a los que se les habían estrellado todos los objetos que no fueran muebles y que decoraban las repisas; el contenido de cualquier cajón o armario había sido vaciado y arrojado al suelo, de modo que apenas se encontraba un espacio libre de objetos o suciedad en el que pisar…

​ En definitiva, la casa había sido arrasada bien a gusto, clara e intencionadamente, aunque de modo desestructurado, anárquico, como si la flagrante violación del hogar hubiera sido fruto de la furia incontrolable de algún animal.

​ —Menuda pocilga, ¿no? —fueron las primeras palabras de Laura tras la observación preliminar del lugar.

​ —Eso parece, agente Rivas —respondió la joven policía Local.

​ —¿Dónde está el pájaro en cuestión?

​ —¿Pájaro, señora?

​ —Sí, mujer… el presunto asesino.

​ —Ah… sí, está en la habitación de matrimonio, sentado en la cama. Lleva inmóvil desde que hemos llegado. No sé ni cómo ha tenido fuerzas para descolgar el teléfono y avisar.

​ —Algo de fuerza debe tener si ha organizado todo este estropicio.

​ —Señora… yo…

​ —¡Vamos, habla! ¡Que no tenemos todo el día!

​ —Sí, es sólo que… ¿Por qué le ha llamado presunto asesino?

​ Laura se quedó observando a la joven. Estaba realmente intrigada, como si se resistiera a afrontar lo evidente.

​ —Pues mira, hija. Una mujer muerta dos kilómetros río abajo a la que le faltan restos del cuerpo. Ahora, esta casa llena de sangre por todas partes. Encima encuentras trozos de carne arrancada y escupida al suelo y en uno de ellos, dos dientes del agresor. Pues eso. Blanco y en botella.

​ —Pero eso son pruebas circunstanciales, ¿no? Deberíamos examinar antes el ADN para dar por buenas esas afirmaciones.

​ —Me parece, mi joven amiga, que has visto demasiadas películas. La vida no es tan complicada.

​ Camino al dormitorio, Laura pensaba en que tal vez la policía local tuviera razón.

Estaban dando por sentadas demasiadas cosas basándose en suposiciones.

La experiencia le decía que estaba en lo cierto, pero que también, en algunas ocasiones —muy pocas—, las pruebas circunstanciales no eran más que una distracción sobre el verdadero origen del problema.

​ En cualquier caso, lo que la joven desconocía era que, entre los objetos arrojados al suelo, Laura había descubierto una fotografía familiar.

En ella había podido reconocer a la víctima del río, esta vez con la nariz en su lugar, luciendo una bella sonrisa junto al hombre que iba a tratar de interrogar y que la aguardaba ahora sentado en trance en el borde del colchón del lecho conyugal…

Al pie de la foto, había una dedicatoria escrita en letra cursiva: “Forever Sonia una mezcla entre vapores de putrefacción, heces y contenedor de basura en verano—. Seguro que Sonia no habría querido verte…

​ Al escuchar el nombre de su mujer, aquel hombre despertó de su letargo como inducido por una corriente eléctrica.

Se sacudió y en el primer impulso, arrancó de cuajo dos grandes mechones de pelo de las sienes, que arrastraron consigo un buen pedazo de cuero cabelludo.

Sus orejas quedaron colgando, apuntando los pabellones auditivos al suelo, en una posición obscena e inverosímil.

​ Sobresaltada por el inesperado arrebato del hombre, Laura empujó la silla hacia adelante, interponiéndola entre ambos.

Luego, se echó hacia atrás y sacó su arma reglamentaria de la funda.

Recordó que estaba sin amartillar y con el seguro puesto, pensamiento este que la distrajo y obligó a bajar la vista hacia la pistola.

El hombre aprovechó para abalanzarse sobre ella justo en el preciso instante en que, alertada por el ruido, la agente de policía local entraba por la puerta, contemplando como el presunto asesino, totalmente desnudo y armado con una prominente erección se inclinaba hacia el cuello de Laura con las fauces abiertas, en clara disposición a morderla.

La joven, a pesar de su inexperiencia y los nervios de la situación, no se lo pensó dos veces y, apuntado directamente al cráneo de Jorge, apretó el gatillo en dos ocasiones, haciendo que éste explotara.

La metralla de sangre, sesos y pedazos de hueso en forma de astillas salpicó el suelo de la habitación, cubriendo las pocas zonas del parqué libres de mugre con un tapiz de sustancia rosada, similar a los pétalos de rosa sobre las losas a la entrada de una iglesia en los días de boda…