CAPÍTULO 2
L a patrulla de policía local había hecho un buen trabajo. A pesar del retraso desde el primer aviso, en la remota y pequeña playa fluvial sólo estaban la pandilla que había descubierto el cadáver y los dos agentes.
Laura se bajó del coche, recogió la torreta que todavía pitaba y centelleaba montando un escándalo considerable y se dirigió hacia los agentes.
Sacó del bolsillo la placa de la policía nacional, gesto que provocó una mueca de desaprobación en el policía más veterano, molesto por el contraste entre el venerado símbolo al que tantas veces había aspirado sin éxito en sus años jóvenes y la inapropiada indumentaria playera de la inspectora.
Consistía en una camiseta de asas, un enorme foulard atado a la cintura en forma de falda larga, unas chanclas de goma en color fucsia y un bolso de rafia a juego con el calzado…
—¿No ha llegado todavía la científica? —indagó Laura, olvidando por completo cualquier signo de cortesía o educación. Sus modales, si es que alguna vez los había tenido, se habían esfumado con los años y los golpes de la vida.
De madre soltera, con un hermano mayor drogadicto —que se dedicaba a expoliar los pocos bienes familiares para conseguir una dosis de heroína— y otro hermano pequeño con síndrome de Down, su infancia había sido un dramático infierno.
La adolescencia no había sido mejor, pues una mala relación con un muchacho que prometía ser el amor de su vida había sembrado en ella la desconfianza en el ser humano a perpetuidad.
Todo lo que ella había deseado en su juventud habría sido conocer un buen muchacho y huir cuanto antes de aquel hogar desestructurado.
Sin embargo, el chico la había engañado, como tantos otros lo harían más tarde, para hacerse con los favores de su juvenil y bien proporcionada anatomía.
—Buenas tardes, inspectora —contestó la agente local.
Su veterano compañero, asqueado por la mala actitud y presencia de Laura, le había dado la espalda y se había dirigido hacia el grupo de muchachos, que aguardaban salir de allí cuanto antes y necesitaban a todas luces algo de consuelo y conversación para distraerse.
—Sí, eso, buenas tardes —respondió Laura haciendo un esfuerzo por parecer educada—. ¿Ha llegado o no esa panda de mangantes?
—Sí se refiere a los forenses, no, inspectora, todavía no. He confiscado los móviles a los pobres muchachos. Están muy asustados.
—¿Son esos los mocosos que han descubierto el cadáver?
—Sí, uno de ellos, el que tiene espalda ancha. Estaba nadando y se ha tropezado con el cuerpo flotando.
—Um… veamos.
Laura se volvió ignorando a la agente y caminó hacia el grupo.
Los chicos estaban nerviosos y por un segundo los tranquilizó ver a alguien de paisano dirigirse hacia ellos.
Aunque serio, el rostro de suaves facciones de Laura, su cabello cobrizo rizado y su baja estatura la hacían parecer en la distancia una chica más como ellos.
—¿Cómo vais, pandilla? Soy la agente Rivas, de la policía nacional. ¿Quién de vosotros ha descubierto el cadáver?
—He sido yo —se adelantó Joel—. Venía flotando río abajo.
—¿Lo habéis tocado en algún momento?
—No, ni de broma —contestó Joel—. La corriente lo ha arrastrado a la orilla y hemos llamado al 112.
—Muy bien hecho… Supongo que los “palillos” os han tomado los datos, ¿no?
—¿Los “palillos”? —preguntó Joel.
—Sí, bueno, la patrulla de policía local. Les llamamos así porque no llegan ni a “maderos” —la agente local escuchó el comentario sin mudar su expresión, como si la historia no fuera con ella.
—Sí, nos los han tomado. Y nos han requisado los teléfonos también.
—Perfecto, entonces no necesito nada más de vosotros. Por el momento… Ahora, pillad el coche y marchaos cagando leches de aquí. Los móviles podréis recogerlos mañana por la mañana en la comisaría de policía nacional de Vigo.
—¿Y nos han hecho esperar tanto para esto? —protestó Pedro, que no sabía dónde se metía…
—¿Cómo te llamas tú, figura?
—Pedro, ¿por?
—Perfecto, tú te quedarás con los locales entonces. Ellos te llevarán a casa cuando ya mismo les salga de los huevecillos. ¿Qué te parece? ¿Suficiente espera ahora?
—Pero, señora, yo… —el pobre muchacho balbuceaba, tratando de encontrar una disculpa a su insolencia, pero ya era demasiado tarde. Cuando la agente Rivas tomaba una decisión, ya no había vuelta atrás.
—¡Venga! ¡Salid de mi vista de una puta vez, que tengo aquí trabajo!
La pandilla, que ya se había vestido y tenía las mochilas preparadas, salió a la carrera hacia el pequeño utilitario en el que se había desplazado al río. Sólo quedó el pobre Pedro, que con cara de circunstancias se arrimó al veterano agente de policía local en busca de consuelo.
La reacción de Laura no había sido casual.
Conocía a aquel tipo de chicos, guaperas, insolentes y fibrosos, que engañaban a las chicas para llevarlas a la cama y luego se deshacían de ellas como pañuelos usados, dejando sus corazones destrozados para siempre.
Había pasado por las manos de alguno de aquellos truhanes y se cobraba sus pequeñas venganzas personales haciéndolos sufrir de aquel modo.
El coche de la pandilla y el furgón de la científica se cruzaron en la angosta entrada a la solitaria y recóndita playa fluvial.
Para cuando los agentes bajaron del vehículo, cargados con los maletines de sus equipos, Laura ya examinaba el cadáver.
Estaba muy hinchado, pero al haber estado flotando en el río, los indicadores de putrefacción se habrían desvirtuado notablemente.
No cabía duda de que tendría que aguardar al resultado exhaustivo del informe forense para conocer la identidad del cuerpo y la fecha y causa de la muerte, aunque bien podría haber sido un shock hipovolémico, pues una de las dentelladas había arrancado un buen trozo de carne en el muslo, muy cercana a la ingle, en el lugar en que la arteria femoral es más vulnerable.
Tal y como había visto en las fotografías, las marcas de los dientes en las zonas en que no habían llegado a profundizar lo suficiente como para arrancar la carne, eran claramente humanas, de una dentadura común y corriente.
Aquello no había sido obra de animal alguno. O al menos no de uno irracional…
Otra característica del cadáver que le llamó la atención era el cabello de la víctima.
A pesar de los días que debía llevar muerta, lucía sano, liso y brillante como recién lavado.
Por un breve instante sintió una punzada de envidia, pues siempre había deseado un pelo tan bonito, aunque si aquel era el precio para obtenerlo…
Llevaba dos guantes de látex en el bolsillo y se los colocó para girar levemente la cabeza de la víctima y poder ver su rostro.
La pobre mujer carecía de nariz, probablemente arrancada a dentelladas por su asesino, y los ojos habían desaparecido, dejando las cuencas vacías, devorados por los peces de río, atraídos por la materia blanda del cadáver tras días flotando boca abajo.
Había sido una mujer bella, de dulces facciones y quienquiera que fuera la mala bestia que le hubiera hecho aquello, lo iba a pagar muy caro.
—Agente Rivas, cuánto tiempo —anunció una voz aguda tras Laura—. Hacía mucho que no coincidíamos en un caso.
Laura se incorporó pues había reconocido a su interlocutor.
—Hombre, el “sacamuelas” Gómez. ¿Sigues guardando un molar de cada una de las autopsias que haces?
—Un placer también para mí verte de nuevo, Laura.
—Agente Rivas, para ti. Que yo sepa tú y yo no compartimos fluidos.
Fernando Gómez era el forense titular asignado al cuerpo de policía y había tenido una aventura con Laura años atrás.
—No creas que no lo echo de menos —murmuró.
—¿Qué has dicho? —preguntó Laura molesta. Había entendido perfectamente la respuesta, a pesar de que el doctor en medicina se había expresado entre dientes, apenas un susurro.
—Nada, Laura. Dime, ¿qué tenemos aquí?
Ella carraspeó y se volvió hacia el cadáver.
—Pues poco puedo decir. Un grupo de chavales ha descubierto el cuerpo flotando, pero sin un examen forense en profundidad, nada vamos a poder concluir ahora mismo. Tal vez haya muerto desangrada, pero lo que está claro es que algún animal ha intentado comérsela.
—O alguna.
—Yo he dicho “animal”. No me he referido a su asesino como hombre o mujer.
El forense suspiró resignado, adivinando que aquello podría ser el comienzo de una nueva discusión.
Otra como tantas que habían tenido en el pasado.
Todavía le gustaba Laura. Era una mujer fuerte, decidida, espontánea, atractiva y valiente.
Muy diferente a las demás que había conocido.
Pero su carácter… aquello era harina de otro costal.
Definirla como intratable habría sido considerado un eufemismo demasiado ligero.
—Está bien, está bien. No vayamos a empezar de nuevo por un tema semántico.
Fernando se adelantó y se agachó junto al cuerpo.
Dejó el maletín a un lado y lo abrió, extrayendo de él unos finos guantes de goma que se enfundó con rapidez y precisión.
Mientras él hacía una exploración preliminar para tomar notas sobre el estado del cadáver e informar al juez para dar orden de levantamiento del cuerpo, el teléfono móvil de Laura sonaba insistentemente. Ella, se apartó unos metros y descolgó.
—¿Señor comisario?
—Creo que tenemos al culpable, Laura.
—¿Señor?
—Un par de kilómetros río arriba, hay una casa familiar cerca de la orilla.
Un hombre denunció hace tres horas la desaparición de su esposa.
Una patrulla de Ponteareas se ha acercado y se lo han encontrado en shock.
Estaba desnudo, desorientado y no recordaba nada de lo ocurrido en los dos últimos días.
—Pero eso no significa que sea el culpable.