El agua nunca olvida
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CAPÍTULO 1
U n grupo de muchachos, tres chicos y una chica, jugaban en el agua en una playa fluvial próxima al pueblo de Mondariz, en Galicia.
Cerca de los veinte, chillaban y gritaban, divirtiéndose como niños pequeños, saltando de roca en roca, zambulléndose, sumergiéndose bajo las aguas o soltándose al río de una cuerda desde una altura considerable, gracias a un buen samaritano, que la habría colgado de la rama más alta y fuerte de un viejo roble centenario.
Era un día cualquiera de verano. El sol apretaba y el agua estaba misteriosamente templada para lo que solía en aquella zona.
La pandilla llevaba horas bañándose y la piel de todos y cada uno de ellos estaba tan sobre hidratada que las yemas de los dedos parecían estar a punto de desprenderse.
La hora de comer se había pasado ya, pero la temperatura del agua era tan buena, que para las cuatro de la tarde ninguno de ellos quería salir, a pesar de que estaban hambrientos.
—¡¿Qué ha sido eso?! —preguntó Ángela sobresaltada, cuando escuchó un fuerte rugido bajo el agua.
—Tranquila, no ha sido un cocodrilo —contestó Joel, que se dejaba llevar por la corriente a su lado—. Es mi estómago protestando. Creo que deberíamos salir ya.
—Vamos, no seas aguafiestas —protestó Alberto, su hermano mellizo, que disfrutaba como nunca buceando. Había encontrado un agujero entre dos rocas en el que trataba de ocultarse una pequeña serpiente de agua.
Pedro, el novio de Ángela, un muchacho callado e introvertido, los observaba desde la orilla. Hacía un buen rato que había salido y disfrutaba secándose al sol, dejándose acariciar la piel por la brisa. Tenía la vista fijada en un punto río arriba.
—¡Creo que veo algo! —aulló con fuerza para hacerse oír por los demás.
—Tu novio ha visto algo —comentó irónico Joel—. Debe estar en trance otra vez. Oye, ¿le has dado hoy la medicación?
—Anda, vete a la mierda —se quejó Ángela—. ¡¿Qué has visto?!
—¡No lo sé! ¡Parece una roca flotando, pero avanza hacia nosotros!
—A ver si al final va a ser un cocodrilo —apuntó Joel.
—¡Escuchad! ¡Pedro tiene razón! —gritó Alberto, subido a la rama del roble del que colgaba la cuerda. Desde allí podía divisar con claridad hasta medio kilómetro río arriba—. ¡Salid del agua, rápido! ¡Algo viene hacia aquí río abajo! ¡Es un caimán!
—Otro histérico más —comentó Joel—. Caimanes en Mondariz… sí, tiene todo el sentido…
El muchacho, decidido a liberar del susto al grupo de amigos, asumió el liderazgo y, como gran nadador que era, se lanzó río arriba en dirección al bulto sospechoso.
Era un chico valiente, pero sensato al mismo tiempo.
Apasionado de la naturaleza, era buen conocedor de la fauna de la zona y sabía que lo más peligroso que podría flotar en las aguas del río Tea en aquella época del año era alguna balsa hinchable extraviada por un niño en una playa fluvial río arriba.
Cuando iba a medio camino, hizo un alto para respirar y recuperar fuerzas e incorporó la cabeza. Desde tan cerca, el bulto que habían divisado flotando ya no parecía una barca infantil de PVC.
—¡¿Qué ves?! —gritó Alberto, todavía encaramado a la rama del roble.
—¡Cierra el pico, mona! ¡Me has asustado! —respondió Joel sobresaltado. Ya no estaba tan calmado como antes. En un término medio entre caimán y balsa de plástico, se hallaba la turbia realidad que estaba a punto de descubrir.
Por primera vez comprendió que aquel día de diversión se iba a ir al garete en cuestión de segundos.
No obstante, tratando de no parecer asustado ante los demás, siguió nadando hacia el objeto flotante, aunque esta vez mucho más despacio, a braza en lugar de a crol.
A medida que se acercaba, la forma del objeto se dibujaba con más claridad flotando sobre las aguas calmadas del río.
Cuando al fin estuvo lo suficientemente cerca como para entender de qué se trataba aquello, intentó contener un repentino ataque de pánico.
Cualquier otra persona, al encontrase de bruces con el cadáver hinchado, en avanzado estado de descomposición de un ser humano, habría perdido el control de sí mismo.
Joel se encontraba desnudo, protegido sólo por un bañador, flotando sobre las aguas, desvalido ante la aterradora visión.
No obstante, la parte racional de su cerebro tomó el control y, omitiendo los gritos de su grupo de amigos se dio la vuelta y nadó tan rápido como pudo hacia la orilla.
Alberto, desde la rama y, Pedro y Ángela, encaramados sobre una roca cerca de la orilla, todavía protestaban por haber sido ignorados de un modo tan evidente, mientras Joel ya corría hacia la mesa que habían reservado para comer, dejando allí las neveras con la comida, las toallas y todos los demás bártulos.
Joel fue directo a su mochila y sacó el teléfono con las manos todavía húmedas, sin importarle esta vez que el agua pudiera estropear la electrónica del dispositivo. Después, marcó el 112…
Aunque la Guardia Civil había sido ya alertada, los primeros en llegar al río fueron dos policías locales de Mondariz, a los que había tocado por sorteo estar de guardia aquel veraniego fin de semana.
Esperaban un día tranquilo. Como mucho, alguna picadura de avispa o una ventanilla rota por los amigos de lo ajeno que patrullaban los aparcamientos de las playas fluviales, en busca de bolsos o teléfonos perdidos en los asientos de los vehículos aparcados.
Por desgracia, la suerte no los acompañaba esta vez y ahora custodiaban un cadáver en putrefacción, varado como un pequeño delfín sobre la gruesa arena de la orilla.
Eran dos agentes, una mujer joven, de poco más de veinte años y que perfectamente podría haberse confundido con un miembro más de la pandilla, y un viejo dinosaurio, cercano a la jubilación y que, en todos sus años de servicio, jamás había presenciado nada ni remotamente parecido.
El pobre agente, que hacía ya dos décadas peinaba canas, iba por la tercera vomitona de la tarde.
Y no porqué nunca antes hubiera visto un cadáver.
No al menos uno como aquel, pues el cuerpo de una mujer joven, además de hinchado por la putrefacción estaba completamente desnudo y cubierto de dentelladas que habían arrancado grandes trozos de piel y músculo.
Curiosamente, de los dos, la más entera era la joven recién graduada.
Nada más llegar al lugar, había protegido el cuerpo con una ligera manta aislante que llevaba plegada en una pequeña bolsa en el maletero del coche patrulla.
Después, había alejado a la pandilla del lugar y les había confiscado los teléfonos móviles.
Por un lado, trataba de evitar que subieran fotografías del cadáver a las redes y, por otro, que avisaran a sus padres y el lugar se llenara de curiosos.
Al fin y al cabo, los cuatro amigos eran mayores de edad y debía tenerlos disponibles para cuando llegasen los refuerzos.
La pareja de agente locales se extrañaba por la demora de la patrulla de la Guardia Civil.
No era normal que, una vez alertado el servicio de emergencias y, habiendo transcurrido ya una hora y media desde su llegada, nadie hubiera hecho acto de presencia.
Desconocían ellos que, cuando las primeras fotografías del cadáver —subidas por la agente local, a la aplicación compartida por los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado— habían sido visionadas por el agente a cargo del destacamento de la benemérita en la zona, rápidamente había derivado el caso a la comisaría central de la Policía Nacional en Vigo.
Era un veterano, retirado voluntariamente a una zona tranquila, la que había sido su tierra natal después de haber vagado durante décadas por diferentes destinos.
Había trabajado en homicidios y estaba seguro de que las dentelladas que presentaba el cadáver en las zonas blandas de espalda, glúteos y extremidades no se debían a la acción de lobos u otro depredador.
Las marcas de los dientes sobre la piel eran continuas, regulares y uniformes y, si tuviera que jurarlo sobre la biblia, afirmaría, sin lugar a equivocación, que de otro ser humano.
El caso había alertado a la central de Policía en Vigo y, tras haber visionado las fotografías, la agente a cargo de la sección de homicidios había sido reclutada de inmediato por el comisario en persona...
Aquel era el día libre de la inspectora Rivas y no le había hecho ninguna gracia que se le hubiera asignado un cadáver, especialmente en pleno verano, mientras disfrutaba tomando el sol en la playa, divertida con el vuelo errático de las gaviotas.
Tumbada en la toalla, con una vieja pamela de esparto protegiendo sus ojos color miel de los rayos del sol, se recreaba en cómo las elegantes aves marinas arrojaban sus deposiciones sobre los bañistas.
No existía un solo ser humano en toda la ciudad de Vigo que no hubiera sido “bombardeado” con excrementos frescos de gaviota a lo largo de su vida, y este hecho le provocaba hilaridad.
El tono de alerta de su móvil de trabajo había comenzado a sonar infatigable pasadas las cinco de la tarde, el mejor momento del día para tomar el sol, según ella, destrozando por completo su relajante jornada de descanso, lejos de su ex marido, un escritor bohemio en plena decadencia de su carrera profesional y los pesados de sus hijos adolescentes.
—Me cago en todas las putas —juraba la agente Rivas al volante de su Citroën Cactus automático, camino al lugar del crimen—. Tenía que merendar fiambre justo hoy. Ya podían haberse ocupado los cabrones de los picoletos, joder…
El tono del manos libres del coche comenzó a sonar, sobresaltándola. En la pantalla apareció el último contacto con el que deseaba conversar en aquel momento.
—Diga, señor comisario.
—Buenas tardes, Laura. ¿Estás ya de camino?
—Sí, señor, cubierta de arena y protector solar. Tal cual como una croqueta.
—Vaya, siento haberte estropeado el día libre.
—No importa, señor. Me apasiona mi trabajo —mintió ella—. Ya he visto las fotos y concuerdo con el agente Figueirido, del destacamento de la Guardia Civil de la zona. Las marcas tienen toda la pinta de ser dentelladas provocadas por otra persona.
Se hizo un breve silencio al otro lado de la línea.
—No sé en qué mundo nos estamos metiendo —confesó el comisario—. Cada día veo asesinatos más brutales…
—Para eso estamos nosotros, señor. Para meter entre rejas a las alimañas que los comenten.
El comisario carraspeó antes de continuar. Parecía afectado por lo explícitas de las fotografías, o tal vez tenía un mal día.
—¿Te falta mucho para llegar?
—No, unos cinco minutos —mintió Laura, que todavía se encontraba a una media hora del lugar.
—Perfecto, mantenme informado de lo que ocurra.
—Así lo haré, señor —contestó ella, dando por finalizaba la conversación y colgando la llamada. Acto seguido, sacó de la guantera de su coche la torreta imantada con la luz de emergencia y abrió la ventanilla. Tras asegurarla al techo de su Citroën, pisó el pedal a fondo.