El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) EPÍLOGO 1
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EPÍLOGO 1

El jinete de Ironhold llegó de noche, y trajo, como había presentido Caden cruzando el patio, la mitad de una alegría y la mitad de un misterio.

Despertaron a toda la casa. Se reunieron en el salón en camisón y con capas echadas por encima, alrededor del mensajero que venía helado del camino, y el hombre, en cuanto entró en calor, dio la noticia con la cara dividida de quien no sabe si felicita o avisa.

—Doña Fiona ha dado a luz. La madre está bien. Débil, pero bien. La criatura, sana, fuerte, llora como un toro. —Tragó saliva—. Es un niño, mis señores. Un varón. Lachlan MacThane tiene un hijo.

Hubo un silencio raro.

Para cualquier otra familia del mundo habría sido la mejor de las noticias: un heredero varón, sano, para un laird . Callum, por un instante, fue solo un abuelo. Se le iluminó la cara, dio una palmada y mandó traer el mejor hidromiel para brindar por su primer nieto.

Roselyn vio que su madre no se movía.

Vio que Margaid se había quedado muy quieta junto al fuego, blanca, con una mano en el pecho, y comprendió, al mirarla, lo que la alegría de los demás aún no había alcanzado a entender.

Un varón.

La sangre no va a los varones. Esa era la primera ley. La más vieja. La que su madre les había machacado desde niñas: la sangre solo se hereda en mujeres. Un hijo varón nace sin don, y el don se extingue en esa rama para siempre.

Fiona era el fuego, y Fiona acababa de parir un varón.

Lo cual significaba, según todo lo que aquella familia sabía de su propia sangre, que el fuego se había terminado. Que la rama mayor se apagaba en un niño sano que berreaba en un castillo del este. Un niño que jamás encendería una llama con la palma de la mano.

—El fuego se apaga. —Margaid lo dijo muy bajo, y todos se volvieron hacia ella—. Si Fiona ha tenido un varón, el fuego se acaba con ella. Es la ley.

—Madre…

—Es la ley. —Y había algo raro en su voz. No la pena que habría correspondido, sino el desconcierto—. Es la ley… y, sin embargo.

Frunció el ceño, buscando las palabras, y de pronto se volvió hacia el jinete con una intensidad que lo sobresaltó.

—El mensajero ha dicho «llora como un toro». ¿Habéis notado algo más en el niño? Algo… raro. Al nacer. Cualquier cosa.

El hombre dudó, incómodo.

—No sé si debo, mi señora. Las parteras dijeron que eran cosas de recién nacidos.

—¿Qué cosas?

—Que… —bajó la voz— que nació sin llorar, al principio.

Quieto, y que la chimenea de la alcoba, que estaba apagada porque era de día, prendió sola en el momento en que el niño respiró por primera vez.

Un fogonazo, contaron. Se asustaron todas.

Luego el crío rompió a llorar y el fuego se quedó normal, ardiendo tranquilo, y las parteras dijeron que habría caído una brasa, que esas cosas pasan.

—Tragó—. La chimenea estaba apagada, mi señora.

Apagada y fría. Yo la vi fría esa misma mañana.

El silencio que siguió fue distinto de todos los demás de aquella noche.

Roselyn miró a su madre.

Margaid se había llevado las dos manos a la boca, y en sus ojos no había pena, ni alegría, sino algo enorme y antiguo abriéndose paso: la comprensión de que acababa de cumplirse la profecía que había sentido en la loma, sobre la tumba de Sorcha, sin llegar a entenderla.

La sangre estaba cambiando.

La regla más vieja, la que decía que el don no va a los varones, acababa de romperse en una alcoba de Ironhold. En el primer aliento de un niño que había encendido una chimenea apagada al respirar.

—No se acaba el fuego. —A Margaid le temblaba la voz, entre el terror y el asombro—.

Dios nos asista. No se extingue. Ha saltado.

Por primera vez en mil años de nuestra sangre, ha pasado a un varón.

—Miró a Roselyn, y luego, sin poder evitarlo, el vientre de su hija mediana, donde latía otro segundo pulso aún sin nombre—.

Esto es lo que sentí venir. Esto es lo que se estaba rompiendo, y si le ha pasado a Fiona…

No terminó. No hizo falta.

Roselyn se llevó la mano al vientre, sola, en el salón helado de Dun Ailean.

¿Niña o niño? Por primera vez desde que supo que esperaba un hijo, la pregunta dejó de tener la respuesta sencilla que la ley prometía.

La ley acababa de mentir. ¿Y si volvía a hacerlo?

Entonces nadie en aquel salón —ni su madre, que lo conocía todo; ni Sorcha bajo su piedra; ni la larga cadena de mujeres muertas— sabía ya qué iba a nacer de la sangre antigua en aquella generación que rompía las reglas.

Callum fue el primero en quebrar el silencio, y lo hizo como acostumbraba ante las situaciones difíciles: con sentido práctico. Agarrándose a lo seguro.

—Tengo un nieto sano. —Miró a su mujer—.

Eso es lo que sé. Lo demás, las chimeneas, las leyes y los presagios, son cosas vuestras, de las mujeres de tu sangre.

Nunca he entendido la mitad y jamás me ha hecho falta.

—Le tomó la mano a su esposa—. Sé una cosa, Margaid.

Si la sangre está cambiando, mejor que sea con nosotros vivos y juntos para verlo, que muertos y dispersos.

Brindemos por el niño. Lo que signifique, lo averiguaremos. Siempre lo averiguáis.

Margaid asintió, y se dejó abrazar por su marido.

Roselyn vio en sus padres lo que esperaba encontrar algún día en Caden y en ella: dos viejos que se habían querido a través de todos los secretos del mundo y que seguían, después de todo, sosteniéndose el uno al otro ante lo que no entendían.

Por encima del hombro de su padre, Margaid buscó los ojos de su hija, y en aquella mirada de madre a hija no había consuelo.

Había aviso.

«Tú también —decía aquella mirada—. Tú también llevas uno dentro, y ya no sé prometerte que la ley se cumpla».

Caden se acercó a su mujer y le rodeó los hombros con un brazo. Sin comprender del todo lo que pasaba, pero entendiendo lo que importaba: que su esposa tenía miedo.

Roselyn se apoyó en él. Se llevó otra vez la mano al vientre. Al segundo pulso.

Pensó que hacía unas semanas su único terror era que naciera varón y se extinguiera el agua. Ahora el terror era otro. Más vasto y oscuro.

Que ni siquiera eso fuera ya verdad. Que el agua pudiera saltar, como lo había hecho el fuego, a donde no debía. Que la criatura que llevaba dentro fuera algo que ninguna mujer de su sangre, en mil años, había sido jamás.

La incertidumbre, descubrió, daba más miedo que la peor de las certezas.

Fuera, sobre Dun Ailean, empezó a nevar. Callada. La primera nieve del invierno, cubriéndolo todo de blanco.

Como si el mundo quisiera empezar una página en limpio.