XXXVI
Dùn Chreag, el norte profundo
El superviviente llegó a Dùn Chreag al cabo de doce días. Reventado. Famélico. Con la mirada de los hombres que han visto algo que la cabeza no acaba de aceptar.
Ròric Cinaed lo recibió en su salón privado. A solas. Porque había aprendido hacía mucho que las noticias importantes se escuchan sin testigos.
El hombre se le echó a los pies, temblando, esperando la muerte. Había huido de una emboscada dejando atrás a diecinueve compañeros, y eso, en cualquier clan del norte, se paga con la vida.
Ròric no lo mató. Lo levantó él mismo, con una cortesía que al desgraciado le dio más miedo que un castigo, le hizo traer comida y vino, y se sentó frente a él.
—No has huido. Has vuelto. Hay una diferencia, y la diferencia es que tú traes lo único que vale algo de todo este desastre: lo que viste. —Se inclinó hacia delante—. Cuéntamelo. Despacio. Sin ahorrarte nada, por imposible que suene. Sobre todo lo que te parezca imposible.
El hombre habló.
Habló del paso del acantilado. De la trampa bien puesta. Del laird acorralado contra la roca con sus pocos hombres. De cómo lo tenían ya, de cómo iban a terminarlo.
Habló del cielo que se encapotó de la nada. De la lluvia que cayó de un cielo limpio. De la mujer en lo alto del acantilado, con los brazos abiertos, recortada contra las nubes negras.
Habló del mar, y aquí le temblaba tanto la voz que el vino se le derramaba de la copa.
—Se levantó, mi señor. El mar entero. Cien pies de agua negra trepando por la pared de roca como una bestia, y se llevó a los diecinueve por encima del borde de un solo manotazo.
Ni gritaron. No les dio tiempo. —Bajó la cabeza—.
Yo no bajé. Me quedé rezagado en la cueva de arriba, por cobardía, que Dios me perdone.
Por eso vivo. Lo vi todo desde allí. Contemplé a esa mujer tragarse a diecinueve hombres con el mar, y luego el mar volvió a su sitio como si nada, y ella cayó, y yo eché a correr y no he parado hasta vuestra puerta.
—Levantó por fin los ojos—. Matadme si queréis, mi señor.
No me mandéis de regreso. No vuelvo a ese sitio ni muerto.
Ròric Cinaed se quedó largo rato en silencio, mirando el fuego.
No sentía la rabia que el hombre esperaba. Había perdido a diecinueve de sus mejores hombres, sí, y eso le escocía como le escocería a cualquier laird .
Por encima del escozor había otra cosa. Una cosa fría y enorme que le llenaba el pecho desde que el desgraciado pronunció la palabra «mar».
Certeza.
Certeza absoluta, total, de las que un cazador espera toda la vida y rara vez consigue.
Su padre le había hablado de una mujer que desviaba tormentas y hacía manar pozos. Aquella mujer, la nieta, había llamado al mar entero y se había tragado a diecinueve hombres con él.
La sangre no se había diluido en tres generaciones. Se había concentrado. Lo que Sorcha obró en pequeño, asustada, en una torre, su nieta lo hacía a lo grande, en un acantilado, para defender a un hombre.
La sangre antigua no solo seguía viva. Era más fuerte que nunca.
Eso lo cambiaba todo.
Durante veinte años, Ròric había cazado a ciegas, sin saber siquiera si la presa existía, persiguiendo el juramento de un padre que bien podía haber sido el delirio de un viejo moribundo. Aquella noche, por primera vez, la caza dejaba de ser un acto de fe.
La presa existía. Era real. Tenía nombre, rostro, marido, mar.
Tenía hermanas.
—Te creo. —El hombre lo miró sin entender—.
Entero, hasta la última palabra, y por eso no te mato, sino que te doy tierras y silencio.
Has presenciado lo que yo llevaba toda la vida buscando que alguien viera.
Eres el testigo más valioso del norte. —Se levantó, fue hasta el ventanal, miró la noche—.
También eres la prueba de que me equivoqué.
Mandé a veinte hombres a por una loba creyéndola una oveja.
Una loba que llama al mar no se caza con una emboscada en un camino.
Me ha costado diecinueve hombres aprenderlo. Ya lo sé.
Eso era lo que Ròric estaba comprendiendo, de pie ante la ventana de Dùn Chreag, mientras el superviviente temblaba a su espalda.
Que había estado a punto de cometer el error de su padre. Al revés.
Su padre intentó poseer a la mujer-agua por la fuerza, y perdió diez años y cinco hombres en ello. Ròric había querido matarla por sorpresa, y se había dejado veinte en una sola noche.
La fuerza no servía con aquella sangre. Nunca lo había hecho.
¿Cómo se caza a una mujer que gobierna el mar? No se la asalta. Se la rodea. Se la aísla. Se le van quitando, una a una, las cosas que la protegen, hasta que está sola, y solo entonces, cuando ya no le queda muralla ni clan ni marido ni mar suficiente, se cierra el lazo.
Roselyn MacLorne tenía ahora demasiadas murallas. Muros. Clan. Un marido que peleaba primero con el acero, y un mar que la obedecía.
Ir a por ella de frente era tirar más hombres al acantilado.
Un cazador paciente no insiste en la presa que muerde. Busca a la del rebaño que cojea.
Despidió al superviviente con una palmada en el hombro y una bolsa de plata, y se quedó a solas con el fuego, repasando lo que sabía.
Tres hermanas. La sangre repartida en tres. Su padre había soñado con una sola mujer que gobernara los tres elementos; el destino, burlón, los había separado en tres cuerpos distintos.
La del agua quedaba descartada por ahora. Demasiado fuerte. Bien guardada. Sobre aviso.
Las otras dos no habían enseñado los dientes todavía. Las otras dos quizá ni siquiera sabían que él existía, y de las dos, una estaba casada y lejos, en un castillo del este.
La otra seguía soltera, en casa de su padre. Sin marido. Sin clan propio. Sin mar.
La aritmética era simple, y a Ròric las cosas simples le gustaban, porque rara vez fallaban.
—Eran tres hermanas —murmuró para sí, recordando la cena de los brindis, las preguntas que la del agua le había cerrado con tanta frialdad—. La del agua es demasiado fuerte y está demasiado guardada. Eran tres, y donde hay tres, siempre hay una más débil. Una más sola. Una sin mar que la defienda.
Se volvió hacia la puerta, donde el superviviente aún aguardaba, temblando junto al fuego.
—Descansa. Has cumplido. Mañana empieza el verdadero trabajo, y esta vez no me equivocaré de presa. —Sonrió.
Fue la sonrisa más fría que aquel hombre había visto en su vida.
—El cuervo no se pelea con el lobo, amigo. El cuervo espera a que el lobo se canse, y mientras tanto, se come lo que el lobo no protege.
Fuera, sobre Dùn Chreag, graznó un cuervo en la noche. Como si lo hubieran llamado.
Ròric Cinaed lo oyó, y le pareció un buen presagio. Porque los hombres como él encuentran presagios en todo aquello que confirma lo que ya han decidido hacer.