El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXXV
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XXXV

Dun Ailean

Pasaron las semanas, y no sucedió nada. Que era lo más inquietante que podía ocurrir.

Caden había aprendido en la guerra que la espera es peor que el combate. En el combate, al menos, uno sabe contra qué pelea. En la espera, el enemigo lo pone uno mismo en cada sombra, en cada jinete que aparece en el camino, en cada forastero que pide posada en las aldeas del valle.

Los hombres de Cinaed no daban señales. El norteño, fiel a su naturaleza paciente, no se movía, y aquella quietud tenía a todo Dun Ailean con los nervios tensos hasta vibrar, esperando un golpe que no llegaba.

Habían montado la guardia tal como se planeó en el consejo.

Los hombres del norte de Caden se mezclaban con los de Callum, sin colores, repartidos por los caminos y los pasos.

Alrededor de Isla, siempre, había alguien: un mozo de cuadra que era un soldado, una doncella que vigilaba el sendero, un pastor de más en los pastos donde la pequeña sacaba a correr a los caballos.

Isla lo sabía y lo toleraba a regañadientes, con la dignidad ofendida de quien acepta que la protejan, pero se niega a dar las gracias por ello.

Solo Caden, que empezaba a conocerla, notaba que de vez en cuando la muchacha del viento se quedaba quieta en mitad del patio, con la cabeza ladeada, como quien escucha algo que los demás no oyen.

Caden no preguntó. Cada uno guardaba sus secretos en aquella familia, y él había aprendido a respetarlos.

Si la espera era veneno, también traía su antídoto, y este fue, para Caden, el mejor otoño de su vida.

Mientras la casa entera vigilaba los caminos, dentro de sus muros la vida seguía, y la vida, terca como es, insistía en ser dulce.

Roselyn florecía con el embarazo de un modo que a Caden le robaba el aliento.

Se le había llenado un poco la cara. Se le había suavizado algo en el gesto, y la mujer que había llegado al norte sin saber dejarse querer se rendía ahora a manos llenas, sin pelear, como si el segundo pulso que llevaba dentro le hubiera desatado el nudo de toda la vida.

Era ella la que le buscaba la mano ahora. Era ella la que se acurrucaba contra él junto al fuego sin que él lo pidiera.

Una tarde, Caden la encontró en el invernadero de Margaid —donde habían empezado las semillas que ahora crecían en MacLorne— con la mano sobre el vientre y la cara vuelta al sol pálido del otoño, sonriéndole a nada, y comprendió que estaba mirando lo que un hombre rara vez tiene la suerte de ver: a una mujer en paz consigo misma.

—Te miran raro tus hermanas —le comentó él una noche, divertido—, y tu madre. Como si no te reconocieran.

—Es que no me reconocen. —Roselyn se encogió de hombros—.

La que se fue de aquí en primavera no se reía.

No se dejaba abrazar en los pasillos. No le ponía la mano en la barriga a su marido para que notara unas pataditas que aún no hay.

—Le cogió la mano y se la apoyó en el vientre, donde todavía no había nada que sentir, solo por el gusto de hacerlo—.

Esa mujer la dejé en un acantilado del norte, MacLorne.

Esta la hiciste tú, y mi familia tendrá que acostumbrarse, porque pienso quedármela.

Los días fueron tejiendo una rutina extraña. Mitad hogar, mitad cuartel.

Por las mañanas, Callum y Caden repasaban juntos los partes de la guardia.

Dos lairds inclinados sobre un mapa del valle, marcando los pasos vigilados, calculando por dónde entraría un hombre que no quiere ser visto.

Caden le había cogido cariño al viejo MacLeod: era duro, callado y justo, y bajo la corteza escondía la misma ternura feroz por sus hijas que Caden empezaba a sentir por la criatura que aún no había nacido.

Por las tardes, en cambio, la casa se ablandaba. Margaid y Roselyn pasaban horas en el invernadero, la madre enseñándole a la hija cosas de la sangre que solo se cuentan de mujer a mujer y que Caden no preguntaba. E Isla, cuando no estaba con los caballos, se sentaba con ellas a refunfuñar.

—A mí nadie me cuenta nada. Por ser la pequeña.

—Por ser la bocazas —le replicaba su madre, sin levantar la vista de las raíces.

Fiona faltaba. Seguía en Ironhold, a punto de parir, y su ausencia se notaba en la mesa: un sitio vacío que nadie nombraba y que todos miraban.

Una noche, cenando, Callum alzó la copa y dijo, sin aspavientos, lo que llevaba semanas rondándoles a todos.

—Porque esto que esperamos no ocurra nunca. —Bebió—, y porque, si llega, nos encuentre a todos juntos y despiertos. Que es lo único que un padre puede pedir cuando no le está permitido exigir que sus hijas no hayan nacido con una diana en la espalda.

¿Y qué se responde a un brindis así? ¿Qué se le contesta a un padre que acaba de decir en voz alta que sus hijas nacieron con una diana en la espalda?

Nadie brindó alegre por aquello. Todos alzaron la copa.

Caden, mirando alrededor de la mesa —el viejo laird , la matriarca que lo sabía todo, su mujer embarazada y serena, la cuñada salvaje con su secreto en los ojos—, sintió una cosa rara que no esperaba en mitad de una guerra.

Que pertenecía.

Que aquella familia rota y perseguida y extraordinaria era ya también la suya, y que lucharía por cada uno de los que estaban sentados a aquella mesa con la misma furia con que había peleado en el paso del acantilado.

No bajaba la guardia ni en sus mejores momentos. Dormía con la espada al alcance. Contaba a los hombres en cada relevo. Cabalgaba él mismo los pasos del valle una vez por semana, con la excusa de estirar las piernas, para verlos con sus propios ojos.

Por las noches, cuando Roselyn dormía, se quedaba a veces despierto escuchando el viento, preguntándose no si Cinaed vendría, sino cuándo, y por dónde, y a cuál de las tres hermanas elegiría primero.

Una de esas noches, ya muy entrado el otoño, creyó oír cascos en el camino del este.

Se levantó, espada en mano, y se asomó al adarve. No era nada: un jinete solo, todavía lejos, una mota oscura bajando la loma bajo la luna. Podía ser un mensajero. Podía ser cualquier cosa.

Caden lo vigiló acercarse con el corazón en un puño, hasta que distinguió que no traía colores de Cinaed, sino la divisa de Ironhold. La de Lachlan.

Entonces respiró. Porque un jinete de Ironhold solo podía traer una noticia, y la noticia que esperaban de Ironhold era el nacimiento del primer hijo de Fiona.

Bajó al patio a recibirlo, contento, dispuesto a despertar a la casa con una buena nueva por una vez.

No sabía Caden, mientras cruzaba el patio bajo la luna, que aquel jinete no traía del todo la noticia que todos esperaban.

Traía la mitad buena —un niño nacido, vivo, sano—. Y, escondida dentro de esa mitad buena, espina en el fruto, la primera de las dos cosas que iban a romperle a la familia MacLeod todo lo que creían saber de su propia sangre.

La calma había terminado.

Aunque en el patio, aquella noche, todavía pareciera que empezaba una alegría.