XXXIV
La loma septentrional
Margaid subió sola a la loma una mañana gris, sin decírselo a nadie, como había hecho su madre tantas veces antes que ella.
Porque hay preguntas que una mujer solo se atreve a hacer ante una tumba.
No subía desde el invierno, desde el rito de las cuatro. Le costaba más que entonces; los cuarenta y tres inviernos le pesaban ya en las rodillas, y el camino a la loma septentrional no perdonaba.
Necesitaba estar allí. Sentarse ante la pequeña tumba de piedra blanca cubierta de musgo donde dormía Sorcha —su madre, la raptada, la que escapó preñada de Dùn Chreag y la crió veinte inviernos en aquella misma loma enseñándole todo cuanto sabía de la sangre— y hacerle la pregunta que la quemaba por dentro.
«¿Qué está pasando, madre? —preguntó, sentándose en la hierba húmeda junto a la piedra—.
Tú me lo enseñaste todo. Cómo funciona la sangre.
Las leyes. Una hija lo hereda entero, dos lo reparten, tres una cada una.
El parto lo traspasa. La sangre solo va a mujeres.
Me lo repetiste de memoria, noche tras noche, en esta misma loma, para que yo no me perdiera nunca, y ahora tengo tres hijas en juego y, por primera vez en mi vida, no sé leer lo que va a pasar».
La tumba no respondió, claro está. Margaid había aprendido de su madre que los muertos contestan a su manera: en el viento, en el agua, en lo que uno siente subir desde dentro cuando se calla lo bastante.
Lo que sintió subir, allí sentada, fue miedo.
Un miedo distinto del que le tenía a Ròric. A su medio hermano le guardaba un miedo limpio, de presa: el miedo a que la cazara, a que cazara a sus hijas. Ese lo conocía. Lo administraba. Llevaba media vida conviviendo con él.
Lo de la loma era otra cosa. Era el miedo a lo desconocido. El peor de todos. El que no se administra, porque no se sabe de qué es.
Margaid notaba la sangre.
Aunque la suya se hubiera apagado el día que parió a las trillizas —ella, que había gobernado los tres elementos a la vez, llevaba veinte inviernos siendo solo una mujer normal, con todo el conocimiento y ninguna de las fuerzas—, no había perdido el oído para la sangre de su línea, y ese sentido le decía, desde hacía semanas, que algo se movía mal.
O no mal. Nuevo. Distinto. Algo que ninguna de las leyes que su madre le había enseñado preveía.
Lo había visto en el rito de enero, sin querer reconocerlo entonces: las tres hijas, juntas, habían movido los tres elementos a la vez sobre aquella tumba, y aquello —tres mujeres separadas convocando a la vez lo que antes solo una podía contener— no figuraba en ninguna ley.
Lo había visto en Roselyn, que había llamado al mar entero, cosa que ni Sorcha en sus veintitrés años de cautiverio se atrevió jamás a intentar.
Lo notaba ahora, agudo, en el vientre de su hija mediana, donde la sangre latía con un segundo pulso de un modo que le erizaba la piel sin saber explicar por qué.
Pensó en sí misma, allí, ante la tumba. En la mujer que había sido y en la que era.
De joven, Margaid había gobernado los tres elementos a la vez —fuego, agua y viento juntos en un solo cuerpo—, la única en generaciones que tuvo la sangre entera sin repartir.
Por eso su madre la había escondido con más miedo que a nadie: porque una mujer así valía, para hombres como Torcuil, más que un reino.
Luego llegó Callum, y el amor, y la decisión más difícil de su vida: callárselo.
Veintitrés inviernos casada con un buen hombre al que no le había contado del todo lo que era. Escondiéndole el don hasta a él, porque su madre le había enseñado que el secreto era la única muralla, y Margaid la había levantado incluso dentro de su propio matrimonio.
No estaba orgullosa de ello.
¿Y si les hubiera enseñado a sus hijas, sin querer, la peor de las lecciones? ¿Que para sobrevivir hay que esconderse, medirse, callar? Roselyn casi se muere por no saber pedir ayuda.
Margaid sabía muy bien de quién lo había heredado.
Luego estaba el parto. El día que parió a las trillizas, el don entero se le fue del cuerpo de golpe, repartido entre tres niñas en una sola noche de sangre, y Margaid despertó al amanecer convertida en una mujer corriente.
No lo había lamentado nunca. Era el precio, y lo pagó con gusto por sus hijas.
Le había dejado, eso sí, una herida rara. La de guardar todo el conocimiento de la sangre sin ninguna de sus fuerzas. Era la maestra que ya no puede hacer lo que enseña. La que sabe leer la tormenta, pero no calmarla.
Por eso le dolía tanto aquel otoño. Porque presentía una mudanza en la sangre, la olía con cada fibra de su saber, y no le quedaba ni una gota de poder con que enfrentarla.
Solo le quedaban las palabras. Los consejos. El cuidado. Las armas de las viejas.
—Las reglas se están rompiendo, madre —dijo en voz alta, a la piedra—.
Lo noto y no lo entiendo. Tu sangre, que era una y se repartió en tres, está obrando algo que no hizo nunca, y tengo el presentimiento, aquí, en los huesos, de que va a nacer en esta generación una criatura que violará una ley que tú me juraste que no se rompía jamás.
No sé cuál. Ni cómo. Lo siento venir como tú adivinabas a los jinetes por el camino.
—Se le quebró la voz—, y me da más miedo eso que mi propio hermano.
Porque a Ròric, al menos, sé cómo temerlo. A esto no.
Entonces el viento cambió.
No fue gran cosa. Margaid ya no tenía magia; no convocó nada. El viento del norte, que bajaba quieto, giró de pronto alrededor del claro. Una vez. Despacio. Igual que en los ritos, y levantó las hojas secas en un remolino sobre la tumba de Sorcha.
Por un instante —Margaid lo juraría hasta el día de su muerte, y jamás se lo contó a nadie— le pareció oír en aquel viento no palabras, sino una sensación. Una respuesta.
Que sí. Que algo venía. Que no era la muerte de la sangre, sino su mudanza, y que ni siquiera Sorcha, desde donde estuviera, sabía del todo en qué iba a convertirse la línea que había salvado escapando de una torre con el vientre por delante.
El viento se calmó. Las hojas cayeron. La loma volvió a quedarse en silencio.
Margaid permaneció un rato largo sin moverse, dejando que el frío de la tierra le subiera por el cuerpo, pensando en todas las mujeres que dormían en aquella loma y bajo otras lomas de tierras lejanas.
La larga cadena de su sangre, que se remontaba más allá de donde alcanzaba la memoria, hasta tiempos en que los hombres adoraban el agua, el fuego y el viento porque no sabían gobernarlos.
Su madre. La madre de su madre, a la que no conoció, y más atrás, y más atrás.
Una hilera de mujeres que habían cargado con el don y con el miedo.
Que se habían escondido. Que habían huido.
Que habían parido hijas en cabañas, en torres y en montañas, pasándose de una a otra la antorcha que no se apaga.
Margaid era un eslabón de esa cadena. No el más fuerte —ese honor le tocó en su juventud y se lo quitó el parto—.
Sí, quizá, el más solo. El que había vivido en el cruce.
El que había contemplado a la sangre concentrarse en ella y luego repartirse en tres.
El que iba a presenciar, si los huesos no le mentían, lo que la cadena entera no había visto jamás.
Eso era lo que la había hecho subir a la loma, comprendió al cabo. No el miedo a Ròric.
El presentimiento de estar viviendo una bisagra.
Se levantó, con las rodillas doloridas y el corazón más pesado de lo que lo había subido, y antes de emprender la bajada puso una mano sobre la piedra blanca de su madre, como hacía siempre, y le confesó aquello que la había llevado hasta allí. Lo que no era una pregunta, sino una promesa.
—Pase lo que pase con la sangre, madre, las cuidaré. A las tres, y a lo que venga. Aunque no lo entienda. Aunque rompa todas tus leyes. Es mi sangre y es la tuya, y velaré por ella hasta que me muera. Que para eso me dejaste aquí cuando te fuiste: para cuidar lo que tú ya no pudieras.
Bajó de la loma hacia Dun Ailean bajo un cielo cada vez más plomizo, con una certeza nueva y fría.
El peligro de aquel otoño no era solo un hombre que venía del norte.
Era también algo que venía de dentro de su propia sangre. Algo sin nombre todavía, y que Margaid, guardiana desde siempre de los secretos de su línea, no sabía si temer o celebrar.