El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXXIII
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XXXIII

Roselyn lo supo esa misma noche, en su antigua alcoba de Dun Ailean, y lo hizo del modo en que las mujeres de su sangre conocen las cosas.

Por el agua.

Se había levantado a beber, sin poder dormir, y al inclinarse sobre la jofaina vio su propio reflejo temblar en la superficie, y el temblor no venía de ella. No esta vez. No era su emoción rizando el agua.

Venía de más abajo. De dentro.

Era un eco pequeño. Un segundo pulso bajo el suyo. Un tirón mínimo del agua hacia su propio vientre, como si algo allí dentro la reclamara igual que el lago la llamaba a ella.

Roselyn se quedó muy quieta, con las dos manos en el borde de la jofaina, escuchando con todo lo que era.

Entonces lo entendió, y se le doblaron las rodillas, y tuvo que sentarse en el suelo frío de su alcoba de niña, con la espalda contra la cama, abrazándose el vientre, partida en dos por las dos cosas que le subieron a la vez y que no deberían poder darse juntas y que ella sintió juntas de todas formas.

Una alegría tan grande que le robó el aliento.

Un terror tan hondo que se lo negó de nuevo.

Estaba embarazada.

La alegría era simple, animal, anterior a todo razonamiento: llevaba dentro un hijo de Caden. De aquel hombre terco y besucón que había vendido la espada de su padre por unos libros, y solo de pensarlo se le llenó el pecho de una cosa cálida y feroz que no había sentido jamás.

Un hijo. Suyo y de él. La prueba viva de que la sangre, al arrastrarlo medio muerto hasta su agua, no se había equivocado.

El terror era más complicado, y tenía las raíces mucho más profundas.

Primero, el precio.

Su madre le había contado cómo era el parto de las mujeres de la sangre.

El día que una de ellas pare, lo entrega todo de golpe: el don se traspasa entero a la criatura con la sangre del alumbramiento.

Roselyn perdería el agua. Toda. Para siempre.

Lo que había sido durante veinte inviernos, lo que la había hecho rara y temida y, al fin, amada, se le iría del cuerpo en una sola noche y pasaría a su hijo.

No le dolía perderlo. Llevaba la vida entera deseando en secreto ser solo una mujer normal.

Le aterraba otra cosa. ¿Y si su cuerpo, ya medio vaciado por el mar, y exprimido al límite en aquel acantilado, no tenía fuerzas para un parto que le exigiría hasta la última gota?

Las mujeres se morían en el alumbramiento estando sanas y enteras.

¿Qué no le pasaría a ella, que llegaba con media vela quemada?

Segundo, y peor. La criatura.

La ley de la sangre era ciega y era cruel, y Roselyn la conocía bien. Si paría una niña, esa pequeña heredaría el agua, y la línea seguiría, y todo el sufrimiento de Sorcha y de Margaid habría servido para algo.

Si paría un varón… el niño nacería sin don alguno. La sangre no salta a los hombres, y el agua se extinguiría con ella, en su rama, para siempre.

Toda la línea del agua, desde Sorcha, desde antes de Sorcha, desde tiempos en que los hombres adoraban las piedras, terminaría en un niño sano y corriente que jamás sabría calmar una tormenta ni sacar a un hombre del fondo de un lago.

No había manera de elegir. Ni de averiguarlo. La moneda ya estaba lanzada y girando en el aire, y solo se sabría el día del parto. El mismo día en que ella lo perdería todo.

Caden la encontró así, en el suelo, mucho rato después, cuando despertó y notó el sitio vacío a su lado. Se arrodilló ante ella, alarmado, buscándole heridas, preguntándole qué pasaba, si era el corazón, si era la vela gastada, si había que llamar a Margaid.

Roselyn negó con la cabeza. Le cogió una mano, y se la puso sobre el vientre, donde el agua de toda ella tiraba ahora hacia un segundo pulso pequeño.

—No estoy enferma, —y le tembló la voz. A ella, que nunca lloraba—. Estoy embarazada, Caden.

Caden se quedó sin aire.

¿Un hijo? ¿Después de un lago, de una emboscada, del mar entero… un hijo?

Le miró la mano sobre el vientre. Le buscó la cara, y a aquel hombre grande y terco se le llenaron los ojos, y soltó una risa rota, incrédula, maravillada. La misma con que había contemplado el agua suspendida en la alcoba la noche de bodas.

—Un hijo. Vamos a tener un hijo.

—Una hija —lo corrigió Roselyn en voz baja, y al ver que él no entendía, se lo explicó, porque ya no se callaban nada—.

Reza por que sea una hija, Caden. Te lo conté en el claro y no quisiste oírlo del todo.

Si es niña, hereda el agua y la línea sigue.

Si es niño… —Tragó—. Si es niño, nace sano y normal y sin nada, y el agua se acaba conmigo, y yo lo pierdo todo el día que la para, sea lo que sea. Esa es la ley. No la escribí yo.

Caden la abrazó entonces, entera, en el suelo frío de su alcoba de niña, y no soltó ninguna de las tonterías que dicen los hombres asustados.

No prometió «todo irá bien», porque no lo sabía. No dijo «da igual lo que sea», porque le constaba que a ella no le resultaba indiferente.

Dijo lo único verdadero que tenía. Que era, otra vez, lo único que ella necesitaba.

—Pues si es niña, le tocará el agua y una madre orgullosa, y si es niño, heredará lo mismo que tuve yo: una madre normal y corriente, sin más don que ser la mujer más lista del norte.

Que no es poco don. —Le besó el pelo. La hebra de plata—, y en cualquiera de los dos casos, Roselyn, le espera un padre que lo va a querer hasta quedarse sin aliento y una madre viva.

Las dos cosas. Porque vas a salir viva de ese parto.

¿Me oyes? Hemos sobrevivido a un lago, a una emboscada y al mar entero.

No vamos a dejar que nos pueda una cuna.

Roselyn se rio entre las lágrimas, agarrada a él.

Por una noche, una sola, dejó a un lado al enemigo, y la guerra, y la ley cruel de su sangre, y se permitió ser solo una mujer asustada y feliz en brazos de su marido.

En la jofaina, el agua latía despacio. Con dos pulsos ahora, en lugar de uno.

Margaid se enteró a la mañana siguiente sin que nadie se lo dijera, igual que lo había sabido todo de sus hijas siempre.

Entró en la alcoba con el desayuno, miró a Roselyn una sola vez, después la jofaina —donde el agua se rizaba con aquel segundo pulso pequeño— y dejó la bandeja muy despacio, con las manos de pronto inseguras.

—Estás encinta.

No era una pregunta.

—Sí, madre.

Margaid se sentó en el borde de la cama. Por un momento fue solo una madre que se entera de que va a ser abuela, y se le suavizó la cara, y le tomó a su hija la mano.

Duró poco. Margaid sabía demasiado para alegrarse mucho rato.

—Vienes gastada a este embarazo. —Le apartó el pelo para observarle otra vez la hebra de plata, con los ojos de quien lee una herida—.

Eso me inquieta más que Cinaed, Roselyn, y mira que ese hombre me preocupa.

El parto de las nuestras no es como el de las demás mujeres.

Lo da todo de golpe, y tú llegas con media vela.

—Le apretó la mano—. Vas a tener que mimarte como no lo has hecho en tu vida, y tú no sabes cuidarte.

Ninguna de las nuestras aprende. Lo sacasteis de mí, y yo lo saqué de Sorcha, que se gastó entera por no rendirse jamás. Prométemelo. Por la criatura y por ti.

—Te lo prometo.

Esta vez lo decía en serio. Porque ya no era solo su vida la que medía.

Margaid asintió, y entonces, justo cuando Roselyn creía terminada la conversación, su madre se quedó mirando la jofaina. El agua con sus dos pulsos.

Habló muy bajo, más para sí misma que para su hija.

—Algo está cambiando en la sangre. —Frunció el ceño—.

Sorcha tuvo una hija. Yo, tres, y ahora vosotras…

un misterio. Lo noto y no lo entiendo, y eso es lo que de verdad me da miedo, hija.

Más que mi hermano. Más que todo. —Miró a Roselyn—.

Llevo toda la vida sabiendo cómo funciona nuestra sangre, y de pronto me asalta la sensación de que ha empezado a hacer algo que ninguna de las nuestras vio jamás, y que soy incapaz de leer.

Reza por una niña, y no te confíes ni con eso.

Porque tengo el presentimiento de que esta generación va a romper reglas que llevaban vivas desde antes de las piedras.

Roselyn no supo qué contestar. No entonces.

Guardó las palabras de su madre con las otras cosas que pensaba volver a mirar.