XXXII
Volver a Dun Ailean fue, para Roselyn, como ponerse un vestido de niña: reconocía cada costura, y ya no le quedaba igual.
Su madre la abrazó en el patio antes de que terminara de bajar de la yegua, y fue un abrazo distinto de todos los que recordaba, porque Margaid, que lo advertía todo, notó en el cuerpo de su hija lo que había ocurrido antes de que nadie dijera una palabra.
La apartó un poco. Le miró la cara. Le buscó en el pelo.
Encontró la hebra de plata, y se le ensombrecieron los ojos verdes.
—¿Cuánto te has gastado, hija? —Lo preguntó muy bajito, para que no lo oyera nadie más.
—Lo necesario, madre. Está vivo. —Señaló a Caden con la barbilla—. Lo demás son cuentas.
Margaid miró a su yerno, que desmontaba con la rigidez de un hombre que aún arrastra una herida en el brazo, y algo se le ablandó en la cara, porque comprendió, por cómo el recién llegado no le quitaba ojo a su hija, que las cuentas las habían pagado los dos.
Le tendió las dos manos.
—Bienvenido a Dun Ailean, MacLorne. Os la llevasteis entera y me la devolvéis viva. Es más de lo que consiguen muchos. Pasad. Hay mucho que hablar y poco tiempo, me temo, para hacerlo.
No hubo descanso, ni baño, ni la cena de bienvenida que la costumbre exigía. Roselyn lo agradeció: cada hora que perdían era una hora que ganaba Cinaed.
Se reunieron esa misma tarde en la sala privada, la de los asuntos graves, los que quedan entre cuatro paredes. Callum en el asiento tallado del laird . Margaid a su lado. Isla en un taburete, con las rodillas recogidas como cuando era niña, y Roselyn y Caden frente a ellos.
Faltaban Fiona y Lachlan, que seguían en Ironhold, porque la mayor andaba ya muy avanzada de su primer embarazo y no estaba para caminos.
Roselyn contó. Todo. Sin ocultar nada, como había aprendido a no callarse.
Contó la emboscada del lago que había traído a Caden a su agua, hacía casi un año, y aclaró lo que hacía falta aclarar antes de seguir: que aquel ataque no tuvo nada que ver con Cinaed.
Fueron enemigos viejos del norte, rencores de la costa, cuentas de otro padre y de otra guerra.
Su padre y su madre cruzaron una mirada, porque era lo único de toda la historia que no venía de la sangre…
y era, precisamente, lo que le había puesto a un hombre medio muerto en la orilla.
Contó los canales. El clan. El agua. Eso lo despachó deprisa, porque no era lo importante.
Contó la llegada de Ròric Cinaed disfrazado de huésped. La cena de los brindis. Las preguntas sobre las hermanas.
Contó el acantilado. El mar. Los diecinueve hombres.
El superviviente que escapó al norte.
Cuando terminó, en la sala privada de Dun Ailean se hizo un silencio de los que pesan…
Margaid fue la primera en tomar la palabra, y habló con la voz hueca de quien ve cumplirse una profecía que llevaba media vida temiendo.
—Lo sabe. Después de cuarenta y tres años, mi hermano ha comprendido que la sangre de Sorcha no se extinguió, y que son tres.
—Cerró los ojos—. Dios nos asista. Llevo toda la vida escondiéndome de él, y mi hija va y le tira el mar encima a diecinueve de sus hombres.
Tras aquello ya no hay esconderse. Vendrá.
No mañana, que es prudente. Tarde o temprano, aparecerá.
—Que venga. —Callum lo dijo con la dureza del laird que prefiere un enemigo a la vista antes que una sombra—. Dun Ailean tiene muros, hombres, y ahora —miró a Caden— también las espadas del norte, si MacLorne es el hombre que parece.
—Las tiene. Hasta la última.
—Entonces se defiende a Isla aquí, entre estos muros, todos juntos. No hay más.
—No.
La voz de Roselyn cortó la sala, serena y rotunda, y todos la miraron, porque era la voz de la que había estado allí. De la que conocía a Cinaed de cerca.
—Padre, con todo el respeto: muros y hombres no bastan contra Ròric Cinaed.
No es un laird que asalta castillos. Lo tuve sentado en mi mesa.
Es paciente, es culto, es encantador, y no ataca de frente jamás.
¿Fue a por Caden a su castillo? No. Lo sacó al camino con un señuelo.
¿A mí me asaltó en Dùn Lorne? Tampoco. Entró sonriendo, se comió mi pan y se marchó a tender una trampa.
—Se inclinó hacia delante—. No pretenderá romper los muros de Dun Ailean.
Vendrá a sacar a Isla de ellos. Con un engaño.
Con un cebo. Con paciencia, y mientras nosotros creamos que la protegemos teniéndola encerrada, le estaremos regalando justo el blanco quieto que quiere.
Isla, que había escuchado todo aquello en silencio —cosa rarísima en ella—, levantó la cabeza.
—Habláis de mí como si no estuviera. —Y no había miedo en su voz, sino esa rabia salvaje suya que era su forma de sentir miedo—.
«Se defiende a Isla». «Se protege a Isla».
«Se encierra a Isla». Isla está aquí. Isla tiene veinte años, gobierna el viento y entiende a los caballos mejor que ninguno de vosotros.
—Se levantó del taburete de un salto—. No soy un cordero atado esperando al lobo.
Si ese hombre viene a por mí, que sepa que el viento también muerde.
Preguntadles a los diecinueve que se tragó el mar de mi hermana si las mujeres de esta sangre somos blancos quietos.
—Isla.
Roselyn se levantó también. Cruzó la sala, y le cogió a su hermana pequeña la cara entre las manos, como hacía Caden con ella.
—Nadie duda de que muerdas. Escúchame, porque esto lo aprendí en un acantilado y casi me cuesta la vida descubrirlo: el viento, como el agua, se cobra lo que gasta.
Si peleas sola con tu don, te gastas sola, y yo no pienso ver a mi hermana pequeña quemarse una vela que aún no ha empezado a arder.
—Le sostuvo la mirada—. No te vamos a encerrar.
Tienes razón en eso. Tampoco te vamos a dejar sola.
Tú muerdes con el viento de último recurso.
Lo primero, el acero, los muros, los engaños contra los engaños, lo llevamos entre todos. ¿Trato?
Isla la miró, y en aquella mirada de hermanas se dijeron muchas cosas que no cabían en la sala.
Al final, la pequeña asintió. A regañadientes. Como asentía a todo.
—Trato. Si me toca morder, muerdo fuerte.
—No esperaría menos de ti.
El plan, cuando lo armaron entre todos, fue sencillo en sus líneas y endiablado en sus detalles, que es como son los buenos planes.
Esa misma noche saldría un jinete hacia Ironhold con aviso para Lachlan.
Callum doblaría la vigilancia en los pasos que daban acceso al valle y mandaría recado a los clanes amigos —los Cameron, los Murray— de que andaban gentes del norte profundo merodeando; sin decirles por qué, solo para tener más ojos en los caminos.
Caden dejaría en Dun Ailean a la mitad de los hombres que había traído, los mejores aceros, al mando de uno de su confianza, para reforzar la guardia de Isla sin que lo pareciera: pasarían por escolta de cortesía del nuevo yerno.
—Y a Isla —añadió Caden, mirando a la pequeña con un respeto nuevo, el de un hombre que acababa de oírla plantar cara— no se la encierra ni se la vigila a la vista.
Eso solo le diría a Cinaed que sabemos que viene y dónde está su blanco.
Se la deja vivir como siempre. Con los caballos.
Por el valle. Libre. —Recorrió la sala con la mirada—.
Nunca sola. Siempre habrá alguien cerca que parezca casual y no lo sea.
Un mozo de cuadra que es soldado. Una doncella que vigila el camino.
Que Cinaed, si manda otro espía, vea a una muchacha despreocupada en una casa serena, y que no sienta que cada uno de ellos lleva un cuchillo bajo el delantal.
Callum asintió muy despacio, con el respeto de un viejo laird que reconoce a otro estratega.
—Habéis aprendido a pensar como él. Eso es bueno y es malo.
Bueno, porque nos hace falta. Malo, porque significa que ya os ha rondado, y a Ròric Cinaed no se le mira de cerca sin pagar un precio.
—Miró a su yerno y a su hija—. Vosotros ya habéis abonado el vuestro, por lo que contáis. Que no tengamos que pagarlo todos.
Margaid, que apenas había abierto la boca, añadió entonces la única condición que le importaba, y la dijo mirando a Roselyn con una intensidad extraña.
—Y mi hija mediana descansa. —No admitía discusión—.
Tú, Roselyn. Te has vaciado de más, lo llevas escrito en el pelo.
En esta guerra no vas a ser tú el agua de nadie, ¿me oyes?
Tú piensas. Tú planeas. Tú lees. No te gastas.
Lo prohíbo yo, que para algo soy tu madre y la única que sabe lo que cuesta.
Si hay que llamar al agua, que la llame…
—Se detuvo, como si fuera a pronunciar un nombre y se lo tragara—. Ya veremos quién. Tú no.
Roselyn fue a protestar.
Cruzó una mirada con su madre, y en ella Margaid le dijo, sin palabras, algo que no acabó de entender y que, sin embargo, la hizo callar. Una orden que no era solo de salud, sino de otra cosa. De un saber de madre que aún no compartía.
—Está bien, madre.
No supo por qué cedía tan fácil. Salvo que el cuerpo, en el fondo, se lo agradeció.
¿Qué había en la cara de Margaid?
Porque su madre, desde el asiento, las miraba a las dos con una expresión que Roselyn no le había visto nunca.
Ni siquiera el día que les contó lo de Sorcha.
Un gesto de miedo, sí, y también de otra cosa más honda y extraña.
Como si Margaid, mirando a sus dos hijas abrazadas, estuviera viendo algo que ellas todavía no alcanzaban.
Roselyn iba a preguntárselo. No llegó a hacerlo, porque justo entonces Caden propuso el primer punto concreto del plan y la conversación se volvió práctica, y el momento pasó.
Lo guardó. El miedo nuevo en la cara de su madre. Lo archivó con las demás cosas que pensaba volver a mirar.
Aquella noche, mientras Dun Ailean se preparaba para una guerra que aún no tenía fecha, Roselyn no consiguió quitarse de encima aquel miedo nuevo de su madre.
Un miedo que no tenía el nombre de Ròric Cinaed.