El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXXI
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Camino de Dùn Lorne a Dun Ailean

El camino al sur fue, para Caden, un viaje a través del tiempo además de a través de las Highlands.

Deshacían, jornada a jornada, el mismo camino que habían recorrido en primavera en sentido contrario, cuando Roselyn era todavía casi una desconocida a la que él se llevaba al norte, y a Caden no se le escapaba cuánto habían cambiado las cosas entre aquellos dos viajes.

En el de ida, ella cabalgaba muy recta y sola, con la barbilla alta y las manos aferradas a las riendas, defendiéndose de un futuro que no había elegido, y él le daba espacio porque no se atrevía a más.

En el de vuelta cabalgaban pegados. Hablando de cualquier cosa, o callando juntos, que era lo que mejor sabían hacer los dos.

Cuando paraban a descansar, Roselyn se sentaba contra el pecho de él sin que nadie se lo pidiera y se quedaba mirando el fuego, y Caden le pasaba un brazo por encima y pensaba que no había en el mundo lugar más apacible.

Habían cruzado aquel mismo paso de montaña en primavera. El día en que ella vio el mar por primera vez y dijo aquello de que no era un castigo, sino agua que nadie había sabido pedir como era debido.

Ahora, cruzándolo de vuelta, fue Caden quien lo recordó, señalando con la barbilla el mar que se alejaba a su espalda.

—La primera vez que viste ese mar me dijiste que solo necesitaba que alguien se molestara en rogarlo como es debido. —La miró—. No sabía entonces lo literal que era. Le pediste mucho, en aquel acantilado. Demasiado.

—Le pedí lo justo. Tú estás vivo. Lo demás son cuentas, y las cuentas se llevan.

—Las cuentas se llevan cuando puedes pagarlas.

—Caden detuvo un momento la montura y le tomó la mano enguantada—.

Roselyn. Júrame una cosa. No la de no usar el mar; esa ya sé que no me la juras.

Otra. Prométeme que, si algún día debes escoger entre gastarte por mí o seguir viva para tus hermanas, eliges la vida.

Que no te gastas entera por un hombre cuando hay tres mujeres que te necesitan para que la sangre no se apague.

—Le sostuvo la mirada—. Esa sí puedes jurármela. Porque no es por mí. Es por ellas.

Roselyn lo miró largo rato.

Era, comprendió, la única forma que aquel hombre había encontrado de pedirle que se cuidara sin exigirle que dejara de ser quien era. Apelando no a su amor por él, que la haría gastarse, sino a su deber con la sangre, que tal vez la frenase.

—Eres más listo de lo que aparentas, MacLorne. —Media sonrisa—. Está bien. Esa te la juro. Si alguna vez la elección es entre tú y la sangre entera, elijo la sangre. —Le apretó la mano—. Reza para que nunca sea esa la elección. Porque no sé si seré capaz de cumplirlo, y no quiero descubrirlo.

Cabalgaron con más cuidado del que el camino parecía pedir.

Caden mandaba a dos hombres por delante a explorar cada paso estrecho, cada vado, cada bosque cerrado, porque había aprendido en sus propias carnes lo que cuesta confiarse en un sendero solitario.

Roselyn, por su parte, vigilaba el agua.

Era su modo de batir el camino: allá donde hubiera un arroyo, una charca, un pozo de aldea, ella lo escuchaba un instante al pasar y le decía a su marido que todo estaba en calma, que el agua no traía a nadie escondido río arriba, que podían seguir.

Una pareja extraña de centinelas. El hombre con los ojos en los caminos y la mujer con los oídos en el agua, cubriéndose el uno al otro lo que cada cual no alcanzaba a ver.

¿Y no era eso, en el fondo, un matrimonio? ¿Dos que miran hacia donde el otro no puede?

Ninguno de los dos habría dado con ello solo.

Juntos no se les escapaba nada, y ambos pensaron, sin decirlo, que la sangre, al emparejarlos, había sabido muy bien lo que hacía: a una mujer de agua le había traído al camino, medio muerto, justo al hombre capaz de pelear el resto de las batallas que el agua no puede librar.

El tiempo se fue agriando a medida que bajaban al sur, como si el cielo supiera adónde iban. Las primeras nieves tempranas empezaron a polvear las cumbres, y el viento que soplaba de las montañas traía ya el filo del invierno.

Roselyn aguantó el viaje mejor de lo que Caden temía, aunque él la vigilaba sin descanso: obligándola a parar antes de que ella lo pidiera, envolviéndola en mantas de más por las noches, dándole de su propia ración cuando creía que no se daba cuenta.

Ella se daba cuenta de todo, y se dejaba cuidar, que para una mujer como Roselyn era casi tan difícil como llamar al mar, y casi tan grande.

¿Cuántas veces en veinte inviernos había dejado que alguien la tapara con una manta? ¿Cuántas había aceptado un plato sin preguntarse a quién se lo quitaba?

Una noche, acampados al raso bajo un cielo limpio de estrellas, con la escolta dormida y el fuego bajo, habló de Isla por primera vez sin la urgencia del miedo. Con la nostalgia callada de una hermana.

—Es la pequeña. La salvaje. La que entiende a los caballos mejor que a las personas.

Cuando éramos niñas dormíamos las tres en la misma ala, y por las noches, cuando había tormenta, Isla se metía en mi cama.

No en la de Fiona. En la mía. Porque aseguraba que conmigo el agua se estaba quieta y no le daba miedo.

—Sonrió a las brasas—. Yo le calmaba la lluvia para que conciliara el sueño.

Le decía al agua «despacio», y la lluvia aflojaba, y ella se dormía agarrada a mi camisón.

La sonrisa se le apagó.

—Y ahora va a venir un hombre a cazarla, y esta vez no le va a bastar con que yo le diga al agua «despacio». Esta vez voy a tener que hacer algo más que calmarle la lluvia, Caden, y no sé si me va a quedar suficiente vela para lograrlo.

Caden la atrajo hacia sí y no le prometió nada falso, porque había aprendido de ella que las medias verdades cómodas son una bajeza.

Solo le dijo lo único cierto que tenía.

—No estás sola. Eso es lo que cambió. Cuando saliste de Dun Ailean en primavera ibas sola a un sitio desconocido.

Ahora vuelves con un marido, con un clan a tu espalda, con un mar que te obedece y con un hombre dispuesto a pelear primero con el acero para que tú no gastes tu vela.

Tu hermana tampoco va a estar sola. Nos tiene a nosotros.

—Le besó la coronilla—, y a lo mejor, quién sabe, a la sangre también le toca traerle a Isla su propio terco. A todas os llega uno, por lo visto.

Roselyn se rio bajito contra su pecho.

Por un momento, junto al fuego, bajo las estrellas, en mitad de un camino que llevaba a la guerra, los dos se permitieron olvidar a Cinaed, y la cuenta, y la vela gastada, y ser solo lo que eran: un hombre y una mujer que se habían encontrado medio muertos en un agua y habían decidido, contra toda la prudencia del mundo, vivir juntos lo que les quedara.

Aquella última noche de camino, Roselyn soñó con el acantilado.

Soñó que el mar subía otra vez. Solo que en el sueño no se detenía: seguía creciendo, y se la llevaba a ella también, y ella no podía pararlo, y lo último que veía antes de hundirse era la cara de Isla en la orilla, pidiéndole que le calmara la lluvia como cuando eran niñas.

Ella sin poder. Sin vela. Vacía.

Se despertó temblando, empapada en sudor frío, y a su lado, sin que ella lo hubiera tocado, el agua del odre que colgaba de la silla hervía despacio, agitada por su miedo.

Caden se despertó al notarla temblar. Sin decir nada la abrazó por detrás y le puso una mano abierta sobre el corazón, como ella le había enseñado sin querer que se calmaba a sí misma, y poco a poco el agua del odre se serenó.

El corazón de Roselyn también.

—Estoy aquí —murmuró él contra su nuca, medio dormido—. El acero primero. ¿Te acuerdas? El acero es cosa mía. Tú, solo el último recurso. No te toca a ti llevar el peso entero. Ya no.

Roselyn cerró los ojos y se dejó sostener.

Pensó que el mayor prodigio de toda aquella historia no era el agua, ni el mar, ni los canales. Era aquello: que después de veinte inviernos durmiendo sola con su secreto, hubiera un cuerpo a su espalda que le ponía la mano en el corazón cuando el miedo le hervía el agua.

No estaba sola. Por mucho que viniera Cinaed. Por mucho que peligrara Isla. Por poca vela que le quedase.

No estaba sola.

Se durmió, esta vez sin sueños, con la mano de su marido sobre el pecho y el agua del odre quieta y lisa.

A la mañana siguiente coronaron la última loma, y allá abajo, en el valle, envuelto en la bruma del amanecer, apareció Dun Ailean.

La casa donde había empezado todo.

Roselyn la miró, y sintió en el pecho el nudo de las cosas que vuelven. Que iba a reencontrarse con su familia, sí, y que no traía buenas noticias, sino la peor de todas. La que su madre llevaba veinte inviernos temiendo.

El norteño había encontrado el rastro de la sangre.

Ella venía a decírselo a la cara.