El agua del Laird (Las Hermanas Macleod 2) XXX
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Tardaron diez días en poder partir, porque Roselyn no se tenía aún sobre un caballo sin que el mundo se le fuera de lado.

Fueron diez días raros también por otra cosa. Porque entre ella y Caden se había instalado, desde la pelea, una cortesía nueva, cuidadosa y helada, que era peor que cualquier grito.

Él seguía velándola. Le subía el caldo cuando Senga no podía, le ahuecaba la almohada, le medía las fuerzas para que no se pasara.

Solo que lo hacía en silencio, sin tocarla más de lo justo, como quien atiende algo que sabe que ha ofendido, y ella se dejaba cuidar con una mansedumbre que no era suya, aceptando el caldo y la almohada y la mano en la frente sin devolver ninguna de las cosas pequeñas que se ofrecen cuando no hay una pared en medio.

Ninguno de los dos sacó el tema. Ninguno de los dos sabía cómo.

Habían cruzado a nado un lago, una emboscada y el mar entero, y se habían quedado los dos varados en un palmo de sábana fría, sin encontrar el vado.

Por encima de aquel silencio apretaba la urgencia. Cada jornada que pasaba era un día que el superviviente de la emboscada ganaba camino del norte. Una menos para que Ròric Cinaed supiera y se moviera.

Roselyn no dejaba de pensar en Isla. Sola en Dun Ailean, sin saber nada, hablándoles a los caballos mientras un cazador afilaba sus planes a unas pocas jornadas de camino.

¿Y cómo se aprende a esperar cuando el corazón corre y el cuerpo no obedece? Para una mujer acostumbrada a resolverlo todo con la cabeza, aquella fue una de las penitencias más duras de su vida.

Senga se nombró a sí misma carcelera de la convalecencia y cumplió el cargo con un rigor que habría asustado a un sargento.

Subía cuatro veces al día con caldos, con tisanas, con tuétano machacado «para reponer la sustancia que la milady había perdido», y se quedaba plantada junto a la cama con los brazos cruzados hasta ver el cuenco vacío.

No preguntó nunca de qué se reponía la milady . Lo sabía, a su manera vieja y callada, y le bastaba.

Una tarde, mientras le cepillaba el pelo —esa mata en la que la hebra de plata se había quedado ya para siempre—, la vieja habló sin venir a cuento.

—Mi abuela contaba que a las de vuestra clase, las que dan, hay que cuidarlas el doble. Porque se olvidan de cuidarse ellas. —Siguió cepillando—. Yo de joven me reía de esas historias. Ahora os cepillo el pelo a vos. La vida es larga y se ríe la última, milady .

Roselyn no contestó. Cerró los ojos y se dejó cepillar, y por un momento, lejos de su madre y de sus hermanas, en una alcoba del norte, sintió que tenía otra vez una abuela. Aunque fuera prestada. Aunque fuera una abuela gruñona que olía a caldo y a turba.

Aquellos diez días le enseñaron, además, algo que no esperaba. Lo que había construido en MacLorne sin darse cuenta.

El clan, al saber que su laird y su señora se marchaban al sur —no para siempre, se encargó Boyd de aclararlo, solo a resolver un asunto de familia—, reaccionó como suele la gente ante la partida de los suyos.

Empezaron a aparecer regalos en la puerta de la alcoba.

Un queso curado de la única vaca buena que le quedaba a una familia. Un par de calcetines de lana gruesa tejidos a toda prisa para el frío del camino. Un amuleto de los viejos, de esos que la iglesia no aprobaba, colgado con disimulo del pomo de la puerta.

—Para que el viaje sea seguro, milady . No se lo digáis al cura.

Tam, el nieto de Senga, le llevó lo más valioso que puede tener un crío de seis años: una piedra de río, lisa y blanca.

—Porque es bonita, y porque la encontré en el agua que trajisteis vos, milady . Así os lleváis un trozo.

Roselyn, que no lloraba casi nunca, tuvo que darse la vuelta.

No fue el único. El herrero de la barba entrecana, el mismo que el primer día la había llamado necia a la cara, apareció en la fragua cuando Caden fue a herrar los caballos, y sin mirar a nadie a los ojos le entregó una cosa envuelta en un trapo.

Un nivel de agua nuevo. Superior al primero. Con las cañas de cristal más finas y la cuba de cuero cosida con su mejor mano.

—Para las pendientes de allá donde vayáis —gruñó—. Que en todas partes hay agua mal puesta esperando a que alguien la enderece, y vos sois la única que sabe.

Se metió otra vez en la fragua antes de que ella pudiera darle las gracias, porque los hombres como el herrero no soportan que les vean el cariño.

Las mujeres del lavadero, las que meses atrás torcían el gesto, le tejieron entre todas un chal de lana del azul oscuro de los MacLorne, para que la milady no pasara frío en el camino y para que en el sur supieran de qué casa venía ahora, y el viejo alfarero le mandó, en una cesta, una tinaja pequeña de las de filtrar, en miniatura.

—De muestra, milady . Por si en el sur quieren aprender a hacerlas. Vos les enseñáis y yo les mando el modelo.

¿Cuándo había pasado? ¿En qué momento exacto había dejado de ser la forastera del sur a la que se santiguaban?

Cada regalo era pobre. Cada uno era enorme… y juntos contaban una historia que a Roselyn le costaba creerse: la de una forastera temida que en medio año se había convertido en lo que un clan más quiere y más teme perder.

—Os quieren —le dijo Caden una noche, viéndola esconder la piedra de Tam en el mismo sitio donde guardaba la hebilla de plata y las semillas de su madre, junto al corazón.

No la tocó; desde la pelea no se atrevía a alargar la mano sin permiso—.

Llegaste hace medio año y se santiguaban a tu paso.

Te vas y te llenan la puerta de quesos y de piedras de río.

Esta gente, que es la mía, ahora también es tuya.

Les diste de beber, y la gente que ha pasado sed no olvida nunca a quien le acerca el agua.

—Volveremos. —Lo dijo más para convencerse a sí misma que a él.

—Esto no es como Dun Ailean. Te fuiste para no volver siendo la misma. De aquí solo te vas un rato. Dùn Lorne es tu casa ahora, Roselyn. Mira lo que crece bajo el muro sur si no me crees.

Era verdad. El huerto de las semillas de Fiona, contra todo pronóstico, seguía verde, y media aldea había plantado ya esquejes de las hierbas del sur.

Dejaron el clan en manos de Boyd, que aceptó el encargo con la solemnidad gruñona de costumbre.

—Cuidádmelos —le pidió Caden—, y cuida los muros. Si aparece alguien preguntando por la milady , no sabes nada, no has visto nada, y mandas aviso al sur a uña de caballo.

—Llevo cuidando esto desde antes de que tú supieras sostener una espada, muchacho. —Boyd le tendió la mano a Roselyn, cosa rara en él, y se la estrechó con una rudeza que era pura ternura—. Volved, milady . Os guardo el sitio junto al fuego. El de bordar.

Roselyn se echó a reír —se reía con facilidad ahora, otra cosa que el norte le había enseñado— y le prometió que a la vuelta le enseñaría a leer una pendiente, ya que tan listo se creía.

La última noche en Dùn Lorne no durmió.

Salió sola al adarve del muro sur, el que daba al mar, con el chal nuevo de las mujeres del lavadero sobre los hombros, y se quedó mirando la noche del clan que había salvado.

Caden dio con ella allí, igual que la había encontrado la primera tarde. Solo que ahora se acercó sin preguntar y se quedó a su lado.

—Tengo miedo. —Roselyn nunca lo decía—. No de Cinaed.

De mí. De que no me quede suficiente para salvar a Isla cuando llegue el momento.

Gasté demasiado en el acantilado, Caden.

Lo noto. No soy la de antes, y si la sangre me trajo aquí para algo, para continuar, para proteger…

¿de qué sirvo medio gastada? ¿De qué le sirve a mi hermana una vela a la que le queda medio palmo?

Caden no le dijo que no se preocupara, porque era un temor legítimo y mentirle habría sido faltarle al respeto.

Le dijo otra cosa.

—Cuando me sacaste del lago, no me salvó tu vela.

Me rescató tu cabeza, que mandó al agua ponerme en la orilla en vez de ahogarme, y tu mano, que me arrastró hasta una cabaña, y cuando llegamos a Dùn Lorne, a mi gente no la salvó tu vela: la sacaron adelante tus libros, tus canales, una tinaja de filtrar y un alfarero viejo.

—Le tomó la cara—. Llamaste al mar una vez, sí, y casi te mata.

Tú no eres el mar, Roselyn. Eres la mujer que sabe cuándo no hace falta el mar.

A tu hermana a lo mejor no la salva tu agua.

A lo mejor la saca de esta tu cabeza, que es la cosa más afilada que he conocido y que no se gasta por mucho que la uses.

Deja de medirte solo por las gotas que te quedan. Vales mucho más seca de lo que crees.

Roselyn lo miró en la oscuridad. Aquel hombre acababa de devolverle, sin saberlo, la mitad de sí misma que llevaba toda la vida creyendo de segunda.

Que no era solo el agua. Que nunca había sido solo el agua. Que la mitad que cabía en un estante también salvaba clanes, y esa no se le gastaba nunca.

Se quedaron un rato callados, mirando el mar negro, hombro con hombro como no lo estaban desde hacía diez días, y fue Caden quien rompió el hielo que ninguno de los dos había sabido cruzar.

—Lo del pozo. Lo de prohibirte el agua. —Tragó—.

Estuvo mal, Roselyn. No porque no sintiera miedo; lo tuve, lo conservo, y me acompañará el resto de mi vida.

Estuvo mal porque quise arreglarlo a mi manera.

Quitándote algo. Eligiendo por ti, y eso es justo lo que juré en aquel claro que no te haría nunca.

Te casaste conmigo huyendo de un hombre que pretendía decidir por ti, y a los cuatro días me puse yo a imitarlo con cara de marido bueno.

—La miró—. Tenías razón en llamarlo jaula.

Lo era. No te voy a volver a quitar el agua.

Es tuya. Eres tú. Retenerte quieta para no perderte es no haber entendido nada de por qué te quiero.

Algo que llevaba diez días apretado se le soltó por dentro.

—Y yo me dejé cuidar como una enferma para castigarte —confesó, porque ella tampoco mentía cuando importaba—.

Diez días tomándome tu caldo sin darte las gracias, para que sintieras lo que se siente con alguien al lado que no te habla.

Fui injusta. Tú no eres mi cárcel, Caden.

Eres el único sitio del mundo donde no tengo que medir el agua.

Lo que pasa es que llevo tan poco tiempo sabiendo que existe un sitio así que, en cuanto lo sentí amenazado, te enseñé los dientes. Perdóname tú también.

Se buscaron la mano en la oscuridad, y esta vez no había un palmo de sábana fría entre los dos, sino el frío limpio del mar abajo y dos manos calientes sobre la piedra del muro.

—Hagamos un trato —propuso Caden—. Uno de verdad.

No una orden mía disfrazada. Yo peleo primero, siempre, con la espada, con los hombres, con los muros, con todo lo que el acero pueda parar.

Tú no te gastas mientras haya acero, y solo cuando ya no quede nada más, cuando de verdad no haya otra cosa entre la muerte y los nuestros, entonces, y solo entonces, llamas tú al mar.

—Le apretó la mano—. Cuándo es ese momento lo decides tú.

No yo. Tú. Pero hasta entonces, me dejas ir delante. ¿Trato?

—Trato. —Y aquella palabra, que siempre le había sonado a rendición, le supo esta vez a reparto—. Tú primero, con el acero. Yo de último recurso, con el mar. Cada uno con su herramienta. —Esbozó media sonrisa cansada—. Es un buen trato, MacLorne. Casi tan bueno como el de la espada por los libros.

Lo sellaron con un beso, allí en el adarve, con el mar debajo y el viento del norte arriba, y fue, a su modo, el segundo voto matrimonial de sus vidas.

Más verdadero que aquel, porque el de la boda lo habían pronunciado como dos desconocidos, y este lo hacían como lo que ya eran: dos personas que se habían visto morir, volver, herirse y perdonarse.

—Sois un buen marido, MacLorne. —Que en boca de Roselyn era una declaración enorme.

—Lo sé. Tengo muchísima suerte de haberme casado con una mujer tan inteligente. Habría que ser idiota para no decírselo cada noche.

Partieron una mañana fría de finales de otoño, con escolta corta y el corazón dividido: medio puesto en la gente que dejaban atrás, medio puesto en la muchacha del viento que los esperaba al sur sin sospechar que iban a por ella.

Roselyn montó la yegua parda que un día no había querido y que ahora adoraba más que a casi ningún animal.

Se echó la capa sobre los hombros, y antes de cruzar el portón se volvió una última vez a mirar Dùn Lorne: los canales bajando llenos por la ladera, el huerto verde, el clan reunido en el patio, Senga con Tam en brazos levantándole la manita al niño para que dijera adiós.

Esta vez sí se volvió a mirar.

Esta vez se permitió volver la vista. Porque sabía que regresaría, y porque había aprendido —se lo había enseñado un hombre terco del norte— que mirar atrás con amor no es debilidad.

Es saber por fin que tienes un sitio al que volver.

—Vamos a por mi hermana —dijo, espoleando la yegua hacia el sur.