XXIX
Roselyn estuvo tres días sin poder levantarse de la cama, y fueron los tres días más felices y amargos del matrimonio de los MacLorne.
Felices, porque estaba viva.
Lo había dado por perdido en el filo del acantilado, en aquel último pensamiento claro —«demasiado, esta vez ha sido demasiado»—, y despertó en su propia cama, en su propio castillo, con su marido dormido en una silla al lado, sin haberse separado de ella ni una hora, con el brazo herido mal vendado porque no había consentido que nadie se lo cosiera hasta asegurarse de que ella respiraba.
Despertar de la que crees tu última noche y encontrar a un hombre así velándote es una de las pocas felicidades que merecen el nombre.
Amargos, por el precio.
Roselyn no se repuso como se recupera uno de un cansancio.
El mar le había pasado factura, y lo notaba en cosas pequeñas y terribles: en que se quedaba sin aliento al cruzar la habitación, ella que jamás se fatigaba.
En una hebra de plata que le había aparecido en el pelo castaño, a los veinte años, en una sola noche.
En un agotamiento de fondo que no se iba durmiendo, porque no era sueño lo que le faltaba.
Era vida. La que había vertido en el mar para salvar a su marido.
No se quejó ni una sola vez. Caden lo veía, y aquello lo destrozaba.
Lo destrozaba de un modo nuevo, distinto del miedo del acantilado. Aquel miedo había sido limpio, agudo, de un solo filo: perderla o conservarla. Esto era otra cosa. Más lenta y cruel.
Era ver a la mujer más viva que había conocido moverse despacio por la alcoba, envejecida, parándose a recobrar el aliento a mitad de camino entre la cama y la ventana.
Era encontrarle aquella hebra de plata en el pelo a los veinte años y saber que se la había puesto él.
De rebote. Por ser un hombre por el que merecía la pena llamar al mar.
Era, sobre todo, echar la cuenta que ningún marido debería hacer jamás.
Si una sola noche de salvarle la vida le había costado a su mujer años de la suya, ¿cuántas noches así les quedaban antes de que no hubiera Roselyn que salvar?
El mar no devuelve lo que se lleva. Lo de Roselyn no era una herida que cicatriza. Era una vela que se había quemado un palmo de golpe, y las velas no vuelven a crecer.
Senga, que subía cada día con caldos espesos y la obligaba a comérselos enteros bajo amenaza de quedarse allí plantada hasta verlo, fue quien le puso a Caden palabras a lo que sentía. Una tarde. En el corredor.
—Se le ha gastado mucha vela de golpe, a vuestra señora.
—La vieja ya no fingía no saber—. Lo he visto otras veces.
En mujeres de… de cierta clase. No se muere una de esto.
Tampoco se vuelve a ser del todo la de antes.
Cuidádmela, MacLorne. No de los enemigos, que de esos ya se cuida ella sola de sobra.
Cuidádmela de sí misma. Que las de su clase se gastan por los demás hasta que no queda nada, y alguien tiene que estar al lado para decirles «basta» cuando ellas no saben.
Tuvieron la pelea al cuarto día, cuando ella ya se sostenía en pie, y no fue de las que se cierran con un beso.
Empezó por algo pequeño, como todas.
Roselyn quiso bajar sola al pozo del patio a por agua fresca y se encontró con que no la dejaban.
Una de las mujeres del castillo le quitó el cántaro de las manos con una disculpa torpe y, al insistir, confesó colorada que el laird había dado orden de que a la milady no se la dejara acercarse sola a nada que tuviera más de un palmo de agua.
Por su bien.
Roselyn subió a la alcoba con una calma que Caden, de haberla conocido un poco mejor todavía, habría sabido temer.
—¿Has prohibido que me acerque al agua? —Se detuvo, muy quieta, en el umbral.
—He pedido que no te quedes sola junto a un pozo hasta que estés fuerte. —Y tuvo al menos la honradez de no negarlo—. Te desmayaste cruzando la habitación ayer. Si te desmayas junto a un pozo, te ahogas en cuatro dedos de agua. Maga o no maga.
—Y lo decides tú. Sin decírmelo. Das la orden a tus mujeres y yo me entero cuando voy a llenar un cántaro.
—Lo decido yo porque tú no te cuidas. —Se levantó, y la voz le subió, porque también él llevaba cuatro días con el miedo agarrado a la garganta—.
Te vi muerta en ese acantilado, Roselyn.
Subí esa pared convencido de que iba a recoger un cadáver, y nadie debería pasar dos veces en la vida por lo que sentí allí arriba.
Así que sí: mientras estés débil, decido yo dónde y cómo te gastas.
No vas a volver a llamar al mar, ni al lago, ni a un charco, mientras yo pueda evitarlo. Prométemelo.
Ahí, en esa palabra — prométemelo —, en ese «decido yo», se le rompió a Roselyn algo que no era el cansancio.
—Para. —Lo dijo en voz baja, y la voz baja en ella daba más miedo que cualquier grito—. Para ahí mismo, Caden, antes de añadir una palabra más. Porque te estás convirtiendo, delante de mí, en el único hombre del que de verdad huí en mi vida.
—Roselyn…
—No. Escúchame tú a mí, por una vez. —Le temblaban las manos, y no era por la vela gastada—.
Toda mi vida me criaron temiendo un día.
El día en que un hombre me mirase y viera el agua antes que a mí.
El día en que alguien decidiera que yo era demasiado valiosa, o demasiado peligrosa, para dejarme ser dueña de mí misma.
Mi madre me lo machacó hasta dormida: «no dejes que un hombre te conserve por el don, no dejes que decida por ti el día de la elección».
Crucé media Escocia huyendo de ese hombre.
Me casé contigo, entre todos los lairds del mundo, porque fuiste el único que me dijo en un claro que prefería su tierra seca y a mí libre, —se le quebró la voz—, y ahora, cuatro días después de que me dejara media vida en ti, estás ahí de pie diciéndome «decido yo dónde te gastas» y «prométeme que no vuelves a ser lo que eres».
—No es una jaula. —Ya sin fuerza—. Es miedo a perderte.
—Lo sé.
Eso era lo peor. Que lo sabía.
¿Cómo se pelea contra un hombre que te encarcela por amor? ¿Con qué armas? ¿Y quién gana esa guerra, si el que la pierde eres tú de todas formas?
—Sé que es amor. Pero el amor que me amputa la mitad de lo que soy para tenerme quieta no me sirve, Caden.
No me importa que la cárcel la levantes con miedo y con amor en vez de con codicia: una jaula es una jaula, y la tuya duele más que ninguna, porque te la abro yo misma cada vez que te miro.
—Levantó la barbilla—. Prefiero gastarme entera siendo yo que durar el doble siendo tu enferma.
Si lo que querías era una mujer que no llame nunca al mar, os casasteis con la equivocada.
Caden recibió aquello como se encaja un golpe que uno sabe merecido y que no por eso duele menos.
No se gritaron más. Fue peor.
Salió de la alcoba sin contestar, porque carecía de respuesta y porque las dos cosas que sentía —que ella llevaba razón, y que iba a perderla de todos modos, al mar o a aquella frialdad nueva— no le cabían juntas en la boca. Roselyn se quedó sola, temblando, odiándose por tener razón.
Porque hay razones que se ganan perdiendo…
Aquella noche, por primera vez desde la boda, durmieron de espaldas. Cada uno en su orilla de la cama, con un palmo de sábana fría en medio que pesaba más que el mar entero.
Ninguno de los dos, tan tercos, tan iguales, supo cómo cruzarlo.
En mitad de aquella frialdad nueva, sin tregua para arreglarla, Boyd les trajo al día siguiente la noticia que les recordó que la guerra no había terminado en el acantilado.
Solo había empezado.
—Faltaba un cuerpo. —Boyd venía sombrío—.
He mandado bajar a unos hombres a las rocas, con cuerdas, a contar a los del norte que devolvió el mar.
Conté diecinueve. Por los caballos que dejaron en las cuevas, eran veinte.
—Los miró a los dos—. Uno escapó. Uno los vio.
Uno va camino del norte ahora mismo, si no ha llegado ya, a contarle a quien lo mandó lo que presenció en ese acantilado.
El silencio que siguió fue frío. Roselyn cerró los ojos.
No hacía falta pronunciar el nombre. Los tres lo sabían.
En algún lugar del norte profundo, Ròric Cinaed estaba a punto de recibir, de boca de un superviviente aterrado, la única prueba que le había faltado durante toda la cena de los brindis.
Que la mujer del agua era real. Que era todo lo que su padre había soñado, y más, y que acababa de tragarse a diecinueve de sus hombres con el mar entero.
—No se ha terminado —murmuró Roselyn—. Hemos matado a sus hombres y le hemos confirmado lo que buscaba. Todo en la misma noche. Ahora sabe lo que soy. Conoce dónde estoy, y —abrió los ojos, y en ellos había un miedo nuevo que no era por ella— ha averiguado que tengo dos hermanas.
Caden la miró. Boyd la miró.
Roselyn dijo en voz alta lo que llevaba clavado desde que oyó hablar de las preguntas de Cinaed sobre la familia del sur.
—Tenemos que avisar a Dun Ailean. Hoy. Esta noche.
Porque si Ròric Cinaed ya sabe que la sangre se repartió en tres, no va a conformarse con el agua.
Va a ir a por el fuego y a por el viento también, y la del viento, Isla, mi hermana pequeña, está sola en casa de mi padre.
Sin un marido que pelee primero con el acero antes de que ella tenga que gastarse con el suyo.
—Pues iremos a Dun Ailean. —Caden no titubeó—.
Los dos. En cuanto puedas montar sin caerte.
Llevaré hombres, los que queden, y avisaremos a tu padre de cara, no por mensajero, porque esto ya no es cosa de mensajes.
Cinaed sabe que la sangre se repartió en tres; tu familia tiene que enterarse de ello.
Roselyn lo miró, y por un instante la mujer agotada de la cama volvió a ser la estratega de los canales. La que leía un problema y empezaba a resolverlo antes de terminar de oírlo.
—Llegaremos tarde para una cosa. —Bajó la voz—.
Llevamos meses pensando que el peligro se acercaba a mí, y ese hombre ha venido, sí, y ha visto, y se ha ido con lo que buscaba.
Piénsalo, Caden. Si tú fueras él, ¿a por cuál de las tres irías ahora?
¿A por mí, que tengo muros, clan, un marido que se mete en una zanja con sus hombres y un mar que me obedece?
¿A por Fiona, que cuenta con Ironhold y con Lachlan, que lo descubrió antes que nadie?
—Tragó saliva—. Irías a por la más fácil. A por la que está sola.
El nombre quedó flotando en la habitación como una sentencia.
—A por Isla.
La batalla del acantilado, que había estado a punto de costarle a su mujer la vida, no había sido el final de nada. Había sido, para Ròric Cinaed, apenas el primer paso. La confirmación de que la caza valía la pena.
Lo verdaderamente terrible aún no había empezado, y estallaría, si no se daban prisa, muy lejos de allí. En una casa del sur. Con una muchacha de pelo color de trigo que hablaba con los caballos y que todavía no sabía que el cazador de su sangre acababa de averiguar que existía.
Fuera, sobre Dùn Lorne, el cielo de otoño empezó a encapotarse de nubes de verdad. Nubes corrientes, traídas por el viento del norte.
A Roselyn, mirando por la ventana hacia el sur, hacia su hermana, le pareció que toda el agua del mundo se ponía de pronto del color del miedo.