XXVIII
Caden entró en Dùn Lorne reventando el caballo, con el brazo abierto chorreándole sangre por los dedos y el corazón hecho un puño, gritando que abrieran el portón antes de llegar a él.
A punto estuvo de no ver lo que le esperaba dentro, porque traía los ojos llenos de la imagen que llevaba clavada desde el acantilado: el filo vacío, la capa enredada en el arbusto, el mar saciado.
El camino de vuelta había sido el peor de su vida. Peor que ninguna batalla. Peor que la mañana en que enterró a su padre.
Había galopado dejando atrás a Boyd, a los heridos y a los muertos, sin escolta, sin sentido, repasando una y otra vez la misma cuenta imposible.
El mar había subido cien pies y se había llevado a diecinueve hombres.
¿Por qué no a ella, que estaba en el filo, gastada, sin fuerzas ni para sostenerse?
Se imaginó mil veces su cuerpo entre las rocas negras, mecido por la espuma junto a los de Cinaed. Se prometió mil veces que bajaría a buscarla, aunque le llevase un mes, que no la dejaría en el mar, que la enterraría en tierra como ella merecía.
Se odió mil veces por haber salido aquella mañana. Por no haberle hecho caso cuando le agarró el brazo y le dijo «no vayas». Por ser justo la clase de hombre terco al que su mujer avisa y que va igual.
Llegó al castillo con esas mil muertes encima. Hueco por dentro. Listo para encontrar una casa de luto.
Cruzó el patio sin desmontar del todo, medio cayéndose del caballo, y entró en el salón a trompicones, con la espada todavía en la mano, dispuesto a poner el castillo patas arriba, a bajar él mismo al mar si hacía falta, a no parar nunca.
Se detuvo en seco en mitad del salón.
¿Estaba delirando? ¿Le había robado el mar la razón junto con la sangre del brazo? Porque lo que tenía delante no podía ser…
Allí, junto al fuego, sentada muy recta en la silla buena, con una manta sobre las rodillas y un bastidor entre las manos, estaba su mujer.
Bordando.
Roselyn MacLeod, que en su vida había cogido una aguja de bordar. Que tenía las manos llenas de las callosidades de la zanja y los dedos manchados de tinta de tratado. Que despreciaba la labor de aguja como «la forma que emplean las casas de mantener quietas a las mujeres listas».
Estaba sentada junto al fuego dando puntadas torcidas a un lienzo que ya tenía más sangre de pinchazos que hilo, con una serenidad de matrona perfecta, del color de la ceniza, con unas ojeras que le comían media cara y un temblor en las manos que el bastidor no lograba disimular del todo.
Alzó la vista hacia él. Y, con la cara más impávida del mundo, habló.
—Ah. Habéis vuelto, esposo. —Dio otra puntada. Falló. Se pinchó. No se inmutó—. ¿Qué tal el ganado? ¿Eran cuatreros, al final, o no era nada?
Caden se quedó mirándola.
Miró el bastidor. Aquellas puntadas espantosas. Las manos temblorosas, la cara blanca, el agotamiento que ni toda la calma del mundo conseguía esconderle del todo.
Comprendió lo que su mujer estaba haciendo.
El agua la había traído a casa medio muerta.
Alguien la había encontrado. Se había arrastrado hasta aquella silla, y en lugar de meterse en la cama, como le exigía el cuerpo, se había puesto a fingir que llevaba toda la tarde bordando tan tranquila junto al fuego, la buena esposa que no se ha movido del castillo, para que ni una sola alma —ni siquiera él— pudiera jurar haberla visto en aquel acantilado.
Los estaba protegiendo a los dos con la coartada más transparente, más absurda y valiente de la historia.
La mujer que jamás bordaría. Bordando.
¿Cómo se le agradece semejante cosa a una mujer? ¿Con qué palabras? ¿Y con qué derecho, si él era el idiota que había salido de casa aquella mañana pese a que ella se lo suplicó?
A Caden se le rompió algo dentro, y no fue de pena.
Soltó la espada. La tiró, sin más, al suelo del salón, donde cayó con un estrépito de hierro que hizo levantar la cabeza a medio servicio.
Cruzó la estancia en dos zancadas, le arrancó de las manos aquel bastidor maldito, lo lanzó a un lado, y la cogió en brazos, manta incluida, levantándola de la silla.
La besó.
La besó con todo lo que llevaba dentro desde el filo del acantilado.
Con el terror de haberla creído muerta, y el alivio de encontrarla viva, y la rabia de que se hubiera gastado así, y el amor.
Sobre todo, eso. Ese sentimiento enorme y desesperado que le había subido por el pecho mientras galopaba a casa convencido de que llegaba tarde.
La besó hasta quedarse sin aire. Delante de Boyd, que entraba cojeando en ese momento. Delante de Senga, que salía de las cocinas. Delante del salón entero. Sin recato ninguno.
Porque a un hombre que ha creído perder a su mujer en el mar no se le pide recato cuando la recupera.
Solo más tarde, cuando se calmó lo suficiente para preguntar, supo cómo había llegado ella al castillo.
Había sido Senga.
La vieja, que aquella tarde había bajado al lavadero pese a su edad, había visto algo imposible: un reguero de agua que subía cuesta arriba en lugar de descender, contra toda ley de Dios, y en mitad de aquel hilo, deslizándose sobre él como sobre una camilla líquida, el cuerpo de la milady .
Blanco. Inerte. Traído a casa por su propia agua.
Senga no gritó. Senga no se santiguó.
Senga, que ya había decidido hacía meses que en aquella casa ella no veía nada raro, recogió sin más a la milady en sus brazos viejos, la metió por la poterna de las cocinas sin que la viera nadie más, la sentó junto al fuego, la tapó con una manta…
y —porque Senga tenía la astucia de un zorro viejo y sabía lo que vale una coartada— le puso entre las manos lo primero que encontró que diera aspecto de mujer hacendosa: el bastidor de bordar de su difunta nuera, que llevaba veinte años cogiendo polvo en un arcón.
—Bordad, milady —le susurró al oído en cuanto la vio recuperar un hilo de conciencia—. No sé de dónde venís ni qué habéis hecho, y no quiero averiguarlo. Cuando entre por esa puerta vuestro marido, vos lleváis toda la tarde aquí sentada, conmigo. Bordando.
Por eso, cuando Caden entró, encontró a su mujer cosiendo.
Le había salvado la coartada una vieja que seis meses atrás se persignaba a su paso, y Caden, al saberlo, bajó él mismo a las cocinas aquella noche, le tomó a Senga las dos manos nudosas y no se lo agradeció con palabras, porque no había palabras.
Se lo agradeció con un beso en la frente que hizo refunfuñar a la vieja que un laird no anda besando a las cocineras y que se le iba a enfriar el caldo.
Aquella noche, ya en la cama, con Roselyn dormida por fin un sueño de verdad a su lado, Caden vigiló su respiración hora tras hora. Igual que ella había velado la suya en una cabaña, una vida atrás.
La rueda había dado la vuelta entera. La mujer que lo sacó del agua medio muerto yacía ahora medio muerta por haberlo rescatado otra vez, y él la velaba, y el agua de la jofaina del rincón temblaba apenas al ritmo de su respiración, latido a latido, como si también ella, el agua, estuviera contando los alientos de la mujer que la mandaba.
Rezando a su manera líquida porque no se parase ninguno.
—Estabais bordando —murmuró Caden contra su pelo, con la voz rota, medio riendo, medio llorando—. Toda la tarde. Aquí. Junto al fuego. Sin moveros.
—Sin moverme. —Roselyn se agarró a su cuello con las pocas fuerzas que le quedaban, y solo entonces, escondida en el hombro de su marido, donde nadie podía verla, dejó caer la máscara un instante y se permitió temblar de verdad—.
Preguntádselo a quien queráis. Llevo toda la tarde aquí. Soy una esposa muy hacendosa.
—Sois una mentirosa malísima. Esas puntadas son un crimen. No engañarían ni a un ciego.
—Por suerte para mí —susurró ella, y a Caden le pareció notar el fantasma de una sonrisa contra su cuello—, el único que tenía que creérselo ya sabe la verdad. Los demás solo necesitan poder jurar que me pillaron con la aguja, y me han visto coser. Fatal, pero les consta.
Boyd, apoyado en el quicio, había contemplado la escena entera —el laird abrazando a su mujer en mitad del salón, la espada tirada en las losas y el barro de tres jornadas todavía en las botas—, y no supo dónde meter los ojos.
Carraspeó. Se volvió hacia el servicio, que miraba boquiabierto.
—Ya lo habéis oído. La señora ha pasado la tarde bordando. Quien diga lo contrario, miente, y a los que mienten en Dùn Lorne los echo yo mismo a patadas.
Recogió la espada del laird del suelo, la limpió con un paño y salió refunfuñando, más para sí que para nadie:
—Bordando. Que Dios nos pille confesados. Bordando, dice.
Así quedó establecido, para todo Dùn Lorne y para la historia, que la tarde en que un puñado de cuatreros del norte tendió una emboscada al laird en el paso del acantilado y un golpe de mar providencial se los tragó a todos, la señora del castillo no se había movido de su silla junto al fuego, donde la habían visto, toda la tarde, dedicada a sus labores.
Era la mentira más grande que se contaría jamás en aquellas tierras.
El clan entero, que la quería, la repitió durante generaciones como si fuera el evangelio.